El presbítero Velasco, en su Historia del Reino de Quito, opina que «esos gigantes fueron muy posteriores á todas las demás naciones americanas, no pudiendo exceder su antigüedad los principios de la Era Cristiana. Cuanto á la procedencia de esos gigantes, también es incierta: lo único que se infiere, es que arribaron á las playas del Pacífico en grandes embarcaciones de junco, sin traer consigo ninguna mujer de su raza, por cuya causa se colije que su estadía en estas comarcas fué de corta duración, extinguiéndose esa raza al cabo de algunos años, porque, según aseveran los historiadores Cieza de León en el cap. III de su Crónica del Perú, y el P. Acosta en el cap. XIX de su Historia Natural y Moral: «Pasados algunos años, no pudiendo tener otro desfogo de la naturaleza, se entregaron al vicio nefando mútuamente, en público y sin rubor alguno; finalmente, estando una vez muchos de ellos en ese enorme pecado, bajó fuego del cielo y fueron consumidos por ese elemento en castigo de sus horribles pecados.»

Condensando las opiniones de los diversos autores citados, el hecho positivo é incontestable es, que hay razones para creer que han existido en el Perú razas civilizadas antes de la época de los Incas; pero, cuáles eran esas razas y de dónde provinieron, son cuestiones que solo los anticuarios pueden solucionar con sus investigaciones, tanto mas cuanto que existe tal conflicto de contradicciones sobre este particular, que el criterio se pierde y se convierte en conjeturas. Lo único definitivo, y ello, ateniéndonos al resultado de las investigaciones antropológicas y paleontológicas, es que la raza genuinamente tiahuanacota ha sido dolicocéfala, opuesta esencialmente á los Aymarás braquiocéfalos.

VII
Continúa la materia antecedente

Pero, dejando á un lado lo que á esos gigantes se refiere, sigamos inquiriendo lo relativo á los constructores de los monumentos ciclópeos de Tiahuanaco, cuyo origen es aún problema no resuelto del todo.

El P. Anello Oliva, jesuita, en su Historia del Perú, pág. 38, trae á colación una tradición de los Collas de la altiplanicie del Titicaca, tocante á Tiahuanaco, según la cual este sitio sería el más antiguo en su fundación en la Tierra, y tanto por su nombre original «Chucara»,[133] ignorándose su primitiva historia, menos el que allí moraba el gran jefe Huyustus, que era el señor del Mundo, jefe de una raza de hombres blancos y barbudos, que al fin fueron exterminados por los indígenas.

El sabio enciclopédico Antonio de León Pinelo, en su Paraíso en el Nuevo Mundo (Madrid, 1658), afirma, á este respecto, lo siguiente: «De lo de Tiahuanaco dijeron los más antiguos á los primeros Españoles, que no sabían de sus autores y que eran obras que excedían la memoria de sus pasados; y para significarlo á su modo, añadían haberse levantado antes que hubiese Sol en el Cielo, que es la frase con que dan á entender que totalmente ignoran el principio.»

Otro autor, Felipe Pomanes, en su manuscrito inédito del siglo XVII titulado Los notables del Perú, dice, refiriéndose al mismo asunto: «No hay memoria en el Perú, quienes hayan sido los autores de esta obra, ni yo pude jamás hallar noticia de ellos, aunque lo pregunté en muchas partes; y más me hizo creer que todo esto hubiese sido reliquia antigua de alguna cosa memorable.»

A lo alegado por estos dos últimos autores, el sabio y erudito José Eusebio de Llano Zapata objeta diciendo: "Aunque Pinelo y Pomanes afirman que los indios ignoraban los autores de estas construcciones, no se prueba la falta de noticias de éstos, para atribuír á otras naciones imaginarias el origen de estas fábricas, fuera de que cuando el primero hizo sus investigaciones ya había pasado más de medio siglo de la conquista y habían perecido los quipocamayos, que eran los que guardaban en los quipos las historias del Imperio. Y cuando escribió el segundo, había corrido más de siglo y medio, en que precisamente había de ser mayor la confusión de las antigüedades en aquellos reinos. Esto supuesto, no hallo motivo para asentir á la vana presunción de los autores citados, y negar á los indios la construcción de las fábricas que poseían en sus mismas tierras y dominios, no habiéndose hasta ahora encontrado noticia que favorezca lo contrario, sino unas conjeturas de razón que más oscurecen la Historia que ilustran los hechos."

El Dr. Pablo Patrón opina en igual sentido, pues en el Congreso de Americanistas tenido en Stuttgart en el mes de agosto de 1904, sustentó el hecho de que "no ha habido en el Perú, en los tiempos primitivos, ninguna raza especial diversa de las actuales y constructora de obras ciclópeas; que todas las existentes en el Perú, han sido hechas por los mismos Aimaraes y Keshuas, en la época de su mayor cultura: las más notables de todas, las de Tiahuanako, así lo comprueban." Opina el Dr. Patrón, que "las ruinas que hoy contemplamos son las del templo levantado por los Aimaraes en honor de Huirakocha, en recuerdo de la creación del Mundo hecha por él, según sus creencias cosmogónicas, en el lago Titikaka;" y agrega que "no es necesario recurrir á argumentos indirectos para demostrarlo." Según su parecer, "en la portada monolítica de Akapana, aparece en medio Huirakocha con un pez de cara humana esculpido en su busto, por ser este supremo dios de los andinos el abismo de las aguas, como lo era Ea entre los Caldeos. Por último, repetidas veces está esculpido el nombre de Huirakocha en la misma portada, según el sistema iconofónico de la escritura general de América"[134].