No nos compite ni nos hallamos capacitado para juzgar las opiniones contradictorias que al respecto formulan los escritores á quienes hemos aludido, siendo ésta una cuestión que, quizá con el tiempo, pueda ser dilucidada por los antropólogos. Empero, expondremos una breve indicación al respecto. Es de suponer que los sabios Llano Zapata y Dr. Patrón están en un error al aseverar que ninguna raza especial fué la constructora de los colosales monumentos de Tiahuanaco.

No solamente los sabios Llano Zapata y Dr. Patrón, sino, con ellos, algunos otros autores, han supuesto que los Aymarás fueron los constructores de la misteriosa ciudad de Tiahuanaco; pero creemos que es también un lamentable error atribuirles tal preeminencia. Al contrario, celosos los Aymarás, de que antes hubiera habido una raza superior á la suya, de presumir es, que ellos mismos fueran los destructores de aquella ciudad, por el antagonismo de razas que existía, pues la dolicocéfala (primitiva), era opuesta esencialmente á la raza braquicéfala (aymará, posterior) del altiplano de los Andes.[135] ¿De qué medios se valdrían los Aymarás para conseguir la destrucción de esa portentosa ciudad? Es lo que vamos á tratar de dilucidar.

Se opina que Tiahuanaco estaba situado entonces en las riberas del lago Titicaca, elevado en esa misma época á 34 m. 75 c. sobre su nivel actual. Las aguas de este lago azotarían los muros de los diques y calzadas de esa ciudad. Á superior nivel que el lago Titicaca se hallaban las lagunas de Arapa y Silustani, Azángaro (Puno), Lagunillas (Lampa) y los torrentes Itapayuni (Puno), cuyas hoyadas y relieves de la Cordillera se habían rellenado en el último período glacial del hemisferio austral. Se presume que los Aymarás, previendo que en un tiempo no lejano podía desbordar de sus causes esas grandes masas de agua, desviaron el natural curso de éstas en dirección de la región Tiahuanacota, siendo natural que esa inmensa avalancha inundara y revolviera la mayor parte de los edificios. En efecto, parece que esta catástrofe sucedió así, quedando la ciudad sepultada entre el aluvión: Cuando se retiraron las aguas al gran depósito de Titicaca, Tiahuanaco quedó medio cubierto de pantanos, y, por fin, convertida en una llanura estéril, ostentando, de su pasada grandeza, sólo los restos de sus admirables monumentos que han podido resistir á los embates de tan enorme inundación, y son los que aún quedan en pié.

Otra prueba convincente de que los Aymarás no fueron los constructores de Tiahuanaco, es, que posteriormente se han sacado de allí objetos de una alfarería que no se asemeja absolutamente á la de ellos.

Entonces cabe preguntar: ¿Cuál fué la raza primitiva genuinamente Tíanahuanacota? Es pregunta difícil de absolver de un modo exacto y afirmativo. Unos autores suponen que fueron los primitivos Quechuas que formaron un imperio teocrático en la altiplanicie del Titicaca; otros, dicen que fueron los Antis, pueblo asiático que invadió la América Meridional antes del Diluvio universal; otros, afirman que fueron los Caldeos, antiguo pueblo de la Mesopotamia; otros, alegan que fueron los Uros, nación poderosa en otro tiempo y cuyos pocos descendientes constituyen hoy una raza dejenerada á tal extremo, que, apesar de los adelantos del siglo actual, permanecen aún en el estado más brutal y salvaje; por consiguiente, siendo inadmisible que esos Uros estuvieron ahora 10,000 años (según el ingeniero Posnausky) en un grado de civilización tal que les permitiera formar una ciudad de la magnitud é importancia de Tiahuanaco; y otros, en fin, presumen que fueron los mismos Aymarás ó Collas, los fundadores de esa portentosa ciudad.

Pero, sean los unos ó los otros los famosos constructores de las gigantescas obras de Tiahuanaco, es un hecho irrefutable que fueron hombres de una raza superior, de fuerzas hercúleas, y que tuvieron á su disposición recursos de grandes poderes mecánicos para haber trasportado, de canteras que distan hasta de 64 á 65 kilómetros, bloques enormes de piedra de granito, cuya medida era, para unos, de 7 m. 44 de largo por 4 m. 66 de ancho, y para otros, aún de 12 m. de largo por 2 m. 50 de ancho, y cuyo peso, algunos de ellos, ha sido calculado en 200 toneladas. Lo que no puede concebirse es, de que medios se valieron aquellos antiguos constructores para elevar á tan grandes alturas aquellas pesadas moles de granito; medios que hoy mismo, apesar de las poderosas maquinarias que se posean, los aparatos modernos serían insuficientes para elevarlas á alturas en que se encuentran las que se ven colocadas en los gigantescos monumentos de Tiahuanaco.

A juicio nuestro, esas ruinas son restos de una floreciente ciudad edificada por hombres de fuerza hercúlea, que se establecieron en el Perú en tiempos protohistóricos. Esos hombres han podido ser de dos razas distintas: ó de la de la Nueva Zelandia, del archipielago de la Polinesia, según algunos historiadores, ó de la de los Caldeos, antiguo pueblo de la embocadura del Tigris y del Eufrates.

Nuestra humilde opinión puede basarse en que, la raza de los primeros fueron los que vinieron á las playas del Perú por la ruta de la Polinesia, en el Océano Pacífico del Sur, y que al penetrar al interior del país, pudieron edificar la ciudad de Tiahuanaco, que guarda tanta semejanza, en la dimensión de sus monumentos ciclópeos, con los que existen en la Isla de Pascuas. Cuanto á los de la raza de los segundos, bien sabido es la influencia que su adelantada civilización tuvo entre los habitantes de la altiplanicie de los Andes peruanos, legándoles no solamente sus costumbres y su filología, sino también su arte arquitectónico, pues se asegura que los monumentos de Tiahuanaco guardan cierta analogía con los de la Caldea Babilónica. El hecho es, que en medio de todo, no es posible precisar con exactitud quienes fueron los edificadores de esos grandiosos monumentos, los más notables del Mundo, por las piedras colosales empleadas en su construcción; pero lo cierto es, también, que esos famosos monumentos son hechura de una raza especial, y si se quiere, hasta extraordinaria.

Los antropólogos niegan, en lo absoluto, la existencia en el Perú de una raza de gigantes constructora de portentosos monumentos monolíticos; pero el hecho es, que todos los antiguos historiadores están acordes en un punto: que en el Perú hubo, en tiempos remotísimos, una civilización bastante avanzada, que desapareció totalmente, al extremo de que, cuando aparecieron Manco-Ccapacc y Mama Oclla en la cumbre del Huanancauri á regenerar la sociedad, el país estaba habitado por tribus algo civilizadas, algunas, y salvajes las más, que no sabían siquiera explicar el origen de las importantes ruinas de Tiahuanaco. Sin embargo, no solamente es presumible, sino hecho que no tiene lugar á duda, que los hombres de esa civilización antiquísima debieron poseer algún medio mecánico de grandísimo poder, no tanto para arrastrar á largas distancias las pesadísimas moles de piedra de granito de esos soberbios edificios ciclópeos, sino, sobre todo, para colocarlas en los elevados sitios en que se hallan. Es posible que los hombres extraordinarios de esa civilización antiquísima se remonten á la época antediluviana, ó, á lo menos, á los principios de la post-diluviana.