Réstanos, para terminar este punto, manifestar la opinión de un viajero alemán, que, últimamente, ha hecho exploraciones científicas en Tiahuanaco, el que supone que este lugar, en la época de su mayor apogeo, fué una gran ciudad de más de un millón de habitantes, cuya extensión abrazaba un perímetro de ocho ó nueve millas, fundándose en ese cálculo, por haber encontrado en toda esa extensión grandes capas de ceniza.
VIII
Continúa la materia antecedente
Indudable es, que en el extenso territorio del Perú hay un vastísimo campo de investigaciones para los arqueólogos, los naturalistas, los anatómicos y aún los filólogos, cuyos estudios podrían arrojar importantes revelaciones. Los hombres científicos peruanos deberían interesarse, algo más, por las muchas y grandes curiosidades que ofrecen las tantas ruinas de monumentos antiquísimos diseminadas en todo el territorio, porque, estudiadas debidamente esas ruinas, se llegaría á obtener importantes conocimientos, relativos á las misteriosas condiciones que rodeaban á los hombres y pueblos de esas épocas lejanísimas. En vista de la casi desentendencia de los sabios peruanos modernos, á este respecto, un escritor contemporáneo exclamó: «¿Es posible que la ciencia peruana no se preocupe de estudiar estos anticuarios restos, en sus propios yacimientos, para que sean sometidos al análisis de la ciencia prehistórica?»
Esas investigaciones, que deberían ser practicadas, preferentemente, por peruanos, son más bien llevadas á cabo, generalmente, por extrangeros, que se interesan más por los estudios arqueológicos, que los mismos hijos del país, quienes permiten que los forasteros les arrebaten los triunfos que ellos podrían obtener con esos descubrimientos. Sin remontarse á época distante, últimamente el sabio arqueólogo norteamericano Mr. Hiram Bingham, director de la expedición científica enviada al Perú, en 1911, por la Universidad de Yale y repetida en 1912 (cuya segunda expedición fué costeada por la misma Universidad y la Sociedad Geográfica de Washington), ha hecho interesantes descubrimientos en los casi desconocidos distritos montañosos de Vilcabamba, situados al noreste del Cuzco. En el valle de Urubamba esa expedición ha descubierto numerosas ruinas importantísimas de ciudades y fortalezas preincáicas, de las que anteriores expediciones no habían tenido noticia, por existir solamente muy vagos y escasos informes sobre la existencia de monumentos históricos en las regiones apartadas en que se encuentran.
Mr. Bingham ha dado últimamente una conferencia científica, de alto interés, en la Sociedad Geográfica de Washington, ocupándose en dicha actuación, de los estudios que en su expedición practicara en las ruinas de esos monumentos, que datan de épocas sumamente lejanas. En dicha conferencia explanó, extensamente, la importancia de las siguientes ruinas:
Macchu-Picchu, que es una ciudad situada en la cima de un cerro casi inexpugnable, de dos mil pies de altura, sobre el río Urubamba, y que está completamente ocultada por la exhuberante y asombrosa vegetación que cubre los precipicios profundos que la circundan; por estas dificultades los Españoles jamás habrían podido encontrarla, á menos de ser guiados al lugar. Esa ciudad está llena de monumentos de alto valor histórico, muy superiores á los existentes en otros lugares del Perú. Su situación sobre peligrosos abismos, se debe que los antiguos y modernos exploradores no la hubieran encontrado, porque la falta de caminos los obligaba á evitar en su travesía, rodeándola, esta parte del Urubamba. Macchu-Picchu, según opina Mr. Bingham, fué fundada, probablemente, por la raza megalítica: sus ruinas son de gran belleza y magnificencia, con fortaleza, palacios, baños, templos y trescientas casas, todo construído con bloques de granito blanco hasta de doce pies de largo: el templo de Yuracraim contiene un monolito tallado de ciento ochenta pies de circunferencia.
La ciudad de Viteos, fué la capital donde se encuentra el palacio que el último Inca Manco II ocupó después de haber sido derrotado por el ejército de Francisco Pizarro.
Tipón, que es otro pueblo situado en la eminencia de un cerro, donde hay muchas ruinas preincáicas, llamando la atención su gran fortaleza, más inexpugnable que las de Ollantaytambo y Sacsahuaman; está rodeada de un alto muro de más de tres kilómetros de largo.
Existen, además, en aquellos solitarios parajes de Vilcabamba y Urubamba, otras ruinas de ciudades y pueblos que, se supone, deben también ser de época preincáica, como Ñustac-Hesppanan, donde se encontraba el santuario llamado Yurah-Rumi, lugar sagrado en que se hacían los sacrificios; Pucyura, donde existen los restos de una fundición de metales en grande escala; Uncapampa, donde subsisten las ruinas de una gran muralla, de una sola casa, que mide 1,665 pies de largo por 33 de ancho; Rosaspata, con ruinas de un soberbio palacio de 245 pies de largo y 43 de ancho, con quince puertas en su frente y otras quince en su espalda, todo de granito blanco; Chuquepalpa, que ostenta aún las ruinas de una casa del Sol, que en su tiempo ha debido ser de suma magnificencia; siendo también notables las ruinas de Rumicolca, Piquillacta, Choquepujio, Piteos, Paltaytambo, Llactapata y otras.
Todas estas ruinas, abandonadas, manifiestan, tácitamente, ser huellas de una civilización remotísima, que indudablemente perteneció á una raza anterior en mucho á la de los Incas; ruinas que deben excitar el celo patriótico de las autoridades para inducirlas á tomar todas las medidas que sean conducentes á su conservación, y que sugieren la necesidad de una comisión científica de peruanos para estudiarlas detenidamente, ya que la casualidad las ha deparado al Perú moderno. Desgraciadamente para el Perú, las autoridades muy poco se han preocupado de la conservación de sus reliquias antiquísimas, porque la malhadada política absorbió siempre la atención.