Del fondo surgirá del Océano.
[36] Tiflis fué el piloto de los Argonautas, que en número de cincuenta eran todos hijos de reyes: todas las familias reales de la Grecia tuvieron parte en la expedición de los Argonautas, y su título de origen y de gloria les viene de la primera nave construida por Minerva.
[37] Thule era una isla de la Islandia, que los antiguos consideraron como el límite del Mundo.
[38] Rogerio Bacón, fué uno de los sabios más ilustres de su tiempo. Él ha sido, se puede decir, el precursor de la aviación, cuestión que tanto preocupa hoy la atención del mundo, pues profetizó la navegación aerea con motor. Escribió, al respecto, en una de sus numerosas obras las siguientes líneas: «Se fabricarán instrumentos para volar, por medio de los cuales el hombre, sentado ó suspendido del centro, hará mover algún resorte ó manivela, para producir la agitación en las alas artificiales, como las aves.» El proyecto de máquina voladora que ideó, mediante sus especiales conocimientos de física y química, es hoy tenido como base del aparato que construyó otro inventor, Blanchard, cuyas experiencias se verificaron en 1782. Rogerio Bacón presentía juiciosamente que el piloto debía volar sentado, para actuar sobre el mecanismo, motor de las alas; su resorte se ha convertido en motor á vapor, gasolina, eléctrico, etc.
[39] El célebre domínico Alberto el Grande, vulgarizador incansable de las doctrinas aristotélicas, que estudió con igual lucidez la filosofía, la física, la metafísica y todas las lenguas y dialectos de su época, ha dejado, en sus obras, principios que hoy se aceptan como base de la aerostación.
[40] Juan Clopinel, poeta francés, que nació en 1279 ó 1280, cerca de Orleans, en el pequeño pueblo de Meung-Sur-Loire, de padres ricos y considerados, adquirió bastante celebridad á fines del siglo XIII. El poema «Roman de la Rose» obtuvo en aquel tiempo un éxito extraordinario, y posteriormente, descubierta la Imprenta, se hizo de él muchas ediciones: esta obra fué empezada por Guillermo de Lorris, y continuada, á instancias del rey de Francia, Felipe el Hermoso, por Juan Clopinel, que suprimió los ochentidos últimos versos del desenlace, para dar á esta producción un plan mucho más vasto, pues le agregó unos dieziocho mil versos. Este poema fué el primer libro que en Francia excitó un entusiasmo extraordinario durante más de doscientos años, ó sea, hasta el siglo XVI, siendo su reputación tal, que hasta hoy perdura, por ser considerado como uno de los monumentos más importantes y más antiguos de la literatura francesa: le mereció á Juan Clopinel de Meung el justo título de «padre é inventor de la elocuencia.» Esteban Pasquier iguala su autor al Dante, y Lenglet-Dufresnoy no trepidó en compararlo con Homero. El héroe del poema es Falso Semblante, símbolo de la Hipocresía y abuelo de Tartufo, y los demás personajes de la obra son Peligro, Felonía, Bajeza, Odio y Avaricia; su asunto se desarrolla en los siglos XIII y XIV (1226 á 1314), con su ciencia, su corrupción, sus prácticas supersticiosas y sus prejuzgadas preocupaciones.
Juan Clopinel murió hacia 1318, á la temprana edad de 38 años. Es autor de un «Testamento» y «Lettres d'Éloïse et Abélard,» y de una traducción de «Boecio.» Méon, en 1814, ha dado una buena edición del poema «Román de la Rose,» en cuatro tomos en 8o, impresa en París.
[41] Los autores españoles que han escrito extensamente sobre la materia á que nos contraemos, son: el domínico Fr. Gregorio García y el Oidor de la Real Audiencia de Lima Dr. D. Diego Andrés Rocha. El primero tituló su obra «Origen de los Indios del Nuevo Mundo é Indias Occidentales, averiguado en discursos de opiniones,» impresa en Valencia, en 1607. La obra del segundo se intitula «Tratado único y singular del origen de los Indios Occidentales del Perú, México, Santafé y Chile,» impresa en Lima, en 1681. Ambas obras, á nuestro humilde juicio, no llenan del todo el objeto que se propusieron sus autores. La del P. García está escrita en estilo antiguo y es un hacinamiento de apreciaciones confusas y sin hilación alguna. El Dr. Rocha se empeña en probar que los indios americanos descienden de la raza ibérica del tiempo de Osiris, Tubal, Hespero y otros reyes, cuyos súbditos, dice, fueron los primeros habitantes del Continente americano. Cerca de dos y media centurias han trascurrido hasta la fecha, en cuyo lapso de tiempo algunos escritores se han ocupado incidentalmente de este tópico; pero ninguno lo ha hecho con extensión: por eso nos hemos decidido á emprender esa árdua tarea, bajo un plan muy distinto de aquel que siguieron el P. García y el Dr. Rocha, como podrán observar los lectores.
[42] El Dr. Morse divide estos indianos en tres grandes familias: 1a la del Este del Mississipí, que contaba con 120,625 individuos; 2a la que vivía entre el Mississipí y las Montañas Rocallosas, y que se componía de 179,592; y la 3a la del Oeste de las Montañas Rocallosas, que ascendían á 171,200; formando un total de 471,417 indigenas.
[43] El nombre de América dado al Continente descubierto por Colón, trae, se dice, su origen del navegante florentino de aquella época, Amérigo ó Américo Vespucio, que entonces se encontraba al servicio de España, como proveedor de los buques destinados al descubrimiento de nuevas tierras en el Nuevo Mundo. Vespucio no pudo resistir al deseo de participar de los peligros y glorias del célebre genovés, y, al efecto, solicitó acompañar á Alonso Ojeda en una expedición, en calidad de piloto y cosmógrafo; expedición que, compuesta de cuatro naves, se dió á la vela, en 1494. De regreso á España, Américo publicó algunas cartas marítimas á las que puso al pie su nombre, como autor de ellas; razón por la cual esas cartas fueron llamadas Américas por los pilotos de ese tiempo; y extendiéndose este calificativo al Continente á que se referían, lo denominaron América, costumbre que ha autorizado el tiempo, privando así de esta gloria á Colón, que es el único merecedor de haber dado su nombre al Continente descubierto por él. Por este hecho se infiere que Vespucio arrebató á Colón la gloria de su descubrimiento, suplantando el nombre de este célebre navegante con el suyo. Y resulta tanto más injusta y temeraria esta usurpación, si se considera que Colón, para lograr la realización de sus proyectos, tuvo que combatir las preocupaciones de sus contemporáneos y sostener sus teorías contra los rechazos de varios monarcas. Su país natal, Génova, le trató de visionario; Enrique VII, rey de Inglaterra, no dió oídos á su solicitud; Juan II, rey de Portugal, desechó sus proposiciones; Carlos VIII, rey de Francia, no prestó atención á sus proyectos; el emperador Maximiliano, de Alemania, rechazó también sus pretensiones: sólo le quedó á Colón la esperanza de ser acogido en España, por los reyes Fernando é Isabel. En efecto, después de ocho meses de esperas, se resolvió, al fin, armarle á Colón una expedición, en 1492, la que salió del puerto de Palos, en tres pequeñas carabelas.