[105] Haremos una descripción sucinta de sólo dos principales ruinas ciclópeas de la América Septentrional, á fin de que se tenga una pequeña idea de lo que fueron esos antiquísimos monumentos prehistóricos. Cuanto á las ruinas que se hallan aún diseminadas en la América Meridional, nos ocuparemos de ellas en la segunda parte de esta obra.
Los arqueólogos que han visitado las ruinas de Mitla, cerca del pueblo de San Pablo. Mitla, en la provincia de Oaxaca, al extremo meridional de México, dicen que son de las más grandiosas que se conocen, y calculan que los cuatro palacios que existen allí fueron edificados en los siglos VII á XIII de la era actual, midiendo en conjunto una área superficial de 500 metros de Norte á Sur y 300 de Este á Oeste, superficie que equivale á 150,000 metros cuadrados: la ornamentación es uniforme y el material empleado, de piedra traquita, ó sea, roca volcánica, unida con cemento, ó mezcla de cal y arena, cuyo trabajo de albañilería es calificado como muy superior. Las columnas de esos palacios son monolíticas, cónicas, del diámetro de 80 á 90 centímetros en la base y 3 metros y 30 centímetros de altura: el adorno consiste en pinturas, mosáicas y esculturas, que causan la admiración de los viajeros. Al occidente de Mitla se encuentra, sobre la cima de un peñasco escarpado, una fortaleza que mide media legua de extensión, con varios ángulos salientes y entrantes y cortinas intermedias; en su frente, considerado accesible, hay doble muralla, de las que la una es curva elíptica y la otra, más elevada, en forma de tenaza: varios ingenieros que han visitado esta fortaleza, declaran no ser inferior á las europeas del siglo XII.
En el No 16 del tom. I del Magasin Universel, impreso en París y correspondiente al 6 de Febrero de 1834, encontramos los siguientes datos sobre el descubrimiento de las ruinas de Palenque: «En 1786 Carlos III, rey de España, mandó una expedición á México con el objeto de hacer investigaciones de las antigüedades mexicanas anteriores al descubrimiento de la América, principalmente de las de Palenque, investigaciones que entonces fueron infructuosas. Algunos años más tarde, una segunda expedición salió de España con el propósito de reconocer, con exactitud, los lugares explorados anteriormente; expedición que fué dirigida por el coronel Dupaix, secundado por Castañeda, encargado de la ejecución de los dibujos. Al llegar á la provincia de Tzendales, constataron la existencia de una ciudad desierta y en ruinas, de seis leguas de extensión, con edificios sólidos de una magnificencia sorprendente, con antiguos ídolos de granito y pérfido, pirámides, sepulcros subterráneos, hiladas de piedras labradas de seis pies de espesor, bajo-relieves colosales escultados sobre granito ó modelados en estuque, zodiacos, y, en fin, geroglíficos diferentes á los de Egipto, apesar de su similitud original; todo lo que atestigua la remota antigüedad de Palenque. Esta metrópoli, oculta durante siglos en medio de un extenso desierto, ha quedado desconocida hasta 1750, época en que el Gobierno español concibió la primera idea de la expedición científica que fué llevada á cabo en 1786, y luego seguida de otras dos. Estas tres expediciones costaron al Gobierno español la suma de 100,000 pesos fuertes, gasto que, empero, no ha resultado estéril para la ciencia. Ante la vista de tan maravillosas obras, salidas de las manos de los hombres, cabe preguntar: ¿de dónde vinieron esos hombres y quiénes fueron los que ejecutaron esas obras? La contestación es obvia, porque existen numerosísimas pruebas que manifiestan, evidentemente, que el Nuevo Mundo fué visitado por habitantes del Antiguo, algunos siglos antes de la expedición de Colón.» En 1750, cuando los Españoles descubrieron Palenque, quedaron asombrados al ver las ruinas de una ciudad, en otro tiempo tan extensa y magnífica, que tenía templos, altares, divinidades, esculturas y piedras monumentales que atestiguaban su alta antigüedad: los geroglíficos, los símbolos y los emblemas descubiertos en los templos, ofrecían tal semejanza con los de los Egipcios, que se supone que una colonia de esta nación fué la que fundó la ciudad de Palenque ó Culhuacan.
Empero, según varios historiadores, unos de los primeros habitadores del país de Anahuac ó México, fueron los Olmecos, que dejaron allí algunos monumentos ciclópeos, entre los cuales se citan los de Mitla y los de Palenque. Después, cuando estos Olmecos emigraron al Sud hasta el lago de Nicaragua, llegaron, en el año 544 de nuestra era, los Toltecos, que fundaron allí las pirámides, dieron al año solar una división más perfecta que la de los Romanos é imaginaron los signos geroglíficos. En 1051 emigraron los Toltecos á la parte meridional de América. En 1070 llegaron los Chichimecos, y en 1091 los Aztecas, que edificaron el Teocallí ó Casa de Dios y fundaron la ciudad de México, bajo el gobierno de nuevos reyes que fueron sucesivamente gobernando.
[106] En efecto, según tradición de los antiguos indígenas, el origen de las primitivas razas del Perú, aparece mezclada con la fábula.—"Al secarse las aguas del Diluvio, cuatro hermanos, llamados Aiarmanco, Ariarcachi, Ariarcucho y Ariarsanca, salieron de Pacaritambo (posada que amanece). Envidiosos de Ariarcucho, sus hermanos lo encerraron en una cueva; pero, los Andes se estremecieron, y el prisionero, hundida su cárcel, echó á volar con alas de brillantes colores; perdonó á los fratricidas y les ordenó proseguir en la fundación de una ciudad."
La tradición de los Kechuas también está fundada con la fábula, "Huirakocha, después de crear los Cielos y la Tierra, formó los primeros hombres, que en castigo de sus maldádes, fueron convertidos en piedras; como en todo el Universo apenas había algo de luz, Huirakocha hizo el sol y las estrellas, modeló unas estátuas en las que inspiró la vida, y comenzaron á caminar hacia el Perú, cuyo país se repartieron."
[107] El primitivo nombre de Tiahuanaco, al parecer de algunos historiadores antiguos (Betanzos y P.P. Cobo y Oliva), sería «Chucará», «Taipikalá» y «Huañaymarca», respectivamente. Pero el verdadero nombre de este lugar, tal como lo pronuncian los aborígenes, sería «Titihuahuanacu». El hecho cierto es, que la denominación primitiva, la verdadera denominación que tuvo la ciudad prehistórica, há quedado perdida por siempre.
[108] Lás ruinas de Quelap, que se suponen una fortaleza, deben haber sido un monumento grandioso, á juzgar por su extraordinaria extensión: situádas en el departamento de Amázonas, á 2699 metros sobre el nivel del már y á 6°25′ de latitud Sud y 8°8′ de longitud Oeste de París, esas ruinas constan de una extensa muralla de gránito de 1008 metros de largo, 156 de ancho y 142 de alto, sobre lá que hay otra muralla de 168 metros de largo, 140 de ancho y 42 de álto: ambas murallas son de piedra labrada y tienen varias puertas.
[109] Hoy sobreviven aún algunos fragmentos de esa raza, que permanecen en la mayor ignorancia y embrutecimiento, completamente indiferentes á los adelantos de la civilización actual.
[110] Oklla y no Okllo, como escribe la mayoría de los autores, porque Mama-Oklla, en quechua, significa «madre cariñosa, que abraza en su seno» ó «regazo de madre.»