[125] El vasto Imperio Incáico se extendía, por la costa, desde el 2° grado de latitud Norte hasta el 37° de latitud Sud, es decir, desde el río Angusmayu, que separa la provincia de Quito de la de Pasto, hasta el río Maule, que forma el límite de Chile, ó sea una extensión de 1300 leguas de longitud; y por el interior, se dilataba al otro lado de la Cordillera de los Andes, hasta los confines de las tribus salvajes, teniendo en su parte más ancha, 120 leguas, desde el río Juanambica hasta el Pilcomayo, y contando, así con regiones dilatadas y muy ricas, que abrazaban todos los territorios de las actuales repúblicas del Ecuador, Perú, Bolivia y la parte Norte de Chile, hasta el Tucumán.

Estaba dividido el Imperio Incáico en cuatro partes ó regiones, y se denominaba Tahuantinsuya, designación que los Españoles suplantaron por la del Perú, quizá por el nombre de un pequeño río del Norte. Las cuatro regiones del Imperio eran: Antisuyu, al Este; Continsuyu, al Oeste; Collasuyu, al Sud; y Chinchasuyu, al Norte. Cada una de estas regiones tenía un camino estenso que partía desde la capital, Cuzco, y atravesaba los cuatro puntos cardinales. Estas regiones se dividían en provincias, y éstas, á su vez, se subdividían en porciones de á 10,000 habitantes, bajo el mando de un jefe ó gobernador.

[126] Las famosas ruinas de Tiahuanaco están situadas á 12,200 piés de elevación sobre el nivel del mar, ó sea, á 36 piés más elevados que la laguna de Titicaca, que es considerada la más alta del Globo, con la particularidad de que nunca se congela apesar de su extraordinaria altura. Tanto la ciudad emplazada á tan gran altura, y que ofrece al mismo tiempo las construcciones antiguas más imponentes de toda la América, cuanto la laguna de Titicaca, que igualmente se halla á tan gran altura, son hechos que llaman mucho la atención de los arqueólogos y geólogos. El nombre primitivo que tuvo esta ciudad misteriosa de Tiahuanaco, ha quedado perdido. Los Aymarás, después, le han puesto el nombre de Tiahuanaco, cuya etimología sería Titihuahuanacu, que significa «los hijos del jaguar ó Titi».

[127] Varios historiadores y algunos otros autores hablan de la traslacion de esas piedras desde las canteras hasta Tiahuanaco. Cieza de León, en el cap. CV. de su «Crónica del Perú», dice que «esas piedras debían haber sido traídas de grandes distancias y con muchas dificultades;» sin especificar esas circunstancias.—El Licenciado Polo de Ondegardo, en la pág. 171 de sus «Relaciones de Antigüedades Peruanas,» afirma que «esas piedras se encontraban á distancia de cien leguas.» Alcides D'Orbigny, en el tom. III, cap. 1, pág. 346 de su Voyage á l'Amérique du Sud, infiere que «los grandes bloques antecíticos dispersos entre las ruinas y la orilla del lago Titicaca, demuestran el camino por el que fueron traídas como material de construcción de Tiahuanaco.»—Jorge Squier, en su obra Incidents, travels and explorations in the land of the Incas, participa de la misma opinión de D'Orbigny.—Juan Diego Tschudi, en la pág. 65 de su obra Raisen in Sud America, asienta que «esas piedras han sido extraídas del volcán Kaijappia y que fueron trasportadas por tierra por la vía de Zepita y el Desaguadero.»—Posteriormente, el señor Arturo Posnausky, en su interesante trabajo «Petrografía de Tiahuanaco,» publicado en el tom. V de la «Revista de la Sociedad Geográfica de la Paz», cree haber comprobado que esas piedras proceden efectivamente del volcán apagado Kaijappia, situado en el istmo de Yunguyo, á 1648 metros de elevación sobre el nivel del lago Titicaca, volcan cuyas cumbres están hoy cubiertas de nieve perpétua y que hacen muchos siglos formaban dos cráteres que arrojaban desde las entrañas de la tierra cenizas, lavas y grandes bloques antecíticos.» El señor Posnausky dice que en las cumbres de dicho volcán, cuyo cráter principal tiene un diámetro de trescientos metros, se ven aún las señales del trabajo plutónico que ejecutaron los antiguos Tiahuanaquenses para extraer dichas piedras; que hoy este cráter está convertido en una laguna profunda que recibe las aguas de las nieves derretidas de las alturas; que en dicho cráter se encuentra una boca-mina abandonada cuya entrada fué trabajada sólidamente, en ese tiempo, por esos mismos Tiahuanaquenses; y que ese cerro contiene casi todo el material de que se han servido éstos para sus construcciones ciclópeas. Después de ocuparse el señor Posnausky de la procedencia de esas piedras, describe la manerá como se han trasportado desde el volcán Kaijappia hasta Tiahuanaco, opinando que indudablemente, en aquella época, se estendía un brazo de agua en todo el trayecto que media entre el lago Titicaca y Tiahuanaco; que aún se encuentran en este último lugar el muelle y desembarcadero, y á cincuenta pasos de éste, las piedras desembarcadas que los constructores referidos comenzaron á labrar. Se han trasportado dichas piedras, según asevera el señor Posnausky, mediante grandes balsas de totora construídas con ochroma picatoria (palo de balsa) que se encuentra en los Yungus, necesitándose, para la construcción de ellas, más de tres mil kilos de ese palo ó sean setenta troncos de diez metros de largo y veinte de espesor. El trayecto de Kaijappia á Tiahuanaco, dice, es de cuarentaicinco kilómetros, que se pudo haber recorrido en veinticuatro horas. Cuanto á las moles de que hablan D'Orbigny y Squier, le parece al señor Posnausky, que procedían de balsas que naufragaron, hundiéndose con su pesada carga, «Las piedras desparramadas entre la orilla del lago y las minas, no son, en ningún caso, piedras cansadas, cual las califica Garcilaso, porque su peso es comparativamente muy pequeño para que fueran abandonadas por no tener como trasportarlas.»

[128] La existencia de estos gigantes, en tiempos remotos, es también testificada por las tradiciones indígenas

[129] Estos gigantes eran de talla tan extraordinaria, que, según Cieza de León en la primera parte de su «Crónica del Perú», cap. III, «los indíanos de talle común les llegaban á las rodillas.»—El P. Acosta en su «Historia Natural», cap. XIX, dice: «aquellos gigantes eran tres tantos mayores que los indianos de ahora.»—Gomara en su «Historia general de América», cap. CXCIV dice también: «que las estátuas de piedra hechas por ellos, halladas por Francisco Pizarro en Puerto-Viejo, tenían la medida de algo más de ocho varas, que es la que corresponde á todos los esqueletos hallados en los sepulcros de la provincia de Guayaquil, y los esqueletos que se hallaron más tarde en las cercanías de Trujillo, correspondían al mismo tamaño, siendo cada diente tres dedos de grueso y cuatro de largo.»

[130] El presbítero Velasco, en su «Historiá del Reino de Quito», lib IV, párraf. VI, pág. 159, refiere el hecho, que él mismo presenció, del desentierro de un esqueleto gigante, en Ríobamba, aseverando que «al fabricar uná casa, en 1735, los albañiles encontraron un grandísimo sepulcro de muy remota antigüedad, tardando todos los trabajadores algunos días en ir sacando las osamentas, que se reputó de más de 4000 cuerpos de los gentiles indianos que debieron morir en alguna guerra de las que mantenía siempre la nación de los Pirhuayos con las de las costas del mar. Entre aquellos esqueletos se descubrió uno todo entero, cuyas canillas tenían dos varas cumplidas y cuyo cuerpo todo fué reputado en más de treintidos palmos ó más de ocho varas.»

Últimamente, haciendo unas excavaciones para descubrir una antigua ciudad azteca, en México, se han encontrado en el distrito de Tlaplum, el esqueleto de un gigante prehistórico, al que los sabios mexicanos le asignan doce piés de alto. Se cree que el esqueleto de este gigante corresponde al legendario Quetzacoallto, uno de los progenitores de la raza Azteca; pero esta creencia no pasa de ser una hipótesis ó mera suposición, algo aventurada, porque ningún dato histórico la comprueba.

[131] El célebre navegante Cook, que ha visitado la Isla de Pascuas ó Vai-Hu, también llamada Rapanui ó de Davis, que se halla á 27° grados de latitud meridional, y 112° de longitud Este, distante como cien leguas de las costás del Perú, dice:

«Esta isla tiene apenas cuatro leguas de largo y tenía en otro tiempo una población de tres mil habitantes, encontrándose en ella huellas de una civilización prehistórica casi grandiosa. Hay en ella, agrega, innumerables estátuas gigantescas de piedra perfectamente labrada, de veintisiete piés de altura, colocadas sobre sus respectivos pedestales, é idénticas á las que se hallaron en Manta, en el Ecuador, suponiéndose que fueron obras de los gigantes que vivieron allí, y que han dejado otros monumentos y estátuas aún más sorprendentes y soberbias que se encuentran en Tiahuanaco, que indudablemente fueron también obras de esos mismos gigantes.» Dicha isla fué descubierta por el célebre navegante inglés Juan Davis, en 1686, reconocido por el almirante holandés Roggewein el día de Pascuas, en 1722, y visitada por Cook en 1774 y por La Pérouse en 1785.