Posteriormente, el Dr. Amend, en su obra Los Fenicios descubridores de América, para sostener su opinión de ser éstos originarios de los Indios Americanos, dice, también, que las creencias religiosas de los Aztecas guardan una extraordinaria semejanza con las de los Fenicios, pues adoraban un ídolo medio hombre, medio animal, al que ofrecían en abundancia sacrificios humanos, y era análogo al Baal ó Moloch de los Fenicios." Además, agrega este autor, por las tradiciones de los Aztecas sobre su origen y los monumentos pictóricos que han escapado del furor de destrucción de los Españoles, se colije que la civilización primitiva de la América Central procede del Yucatán y de los distritos vecinos. Al efecto, dice, es tradición que mil años antes de la era cristiana, Votán y su pueblo vinieron del oeste en siete embarcaciones; que en la costa americana, desde el Estrecho de Darién hasta California, encontraron habitantes sumidos en la mayor abyección; que Votán hizo cuatro viajes á su país y que en uno de ellos visitó la ciudad de las tres serpientes (Benares, sobre el Ganges) y las ruinas de la Torre de Babel; que después de estos cuatro viajes se estableció en la América Central, fundando allí la ciudad de Palenque, que es la más antigua de América, siendo por consiguiente Votán el primer legislador americano. El Dr. Amend deduce de allí la conformidad entre el arte arquitectónico de los Aztecas y de los Fenicios ó sea el arte egipcio (siendo los Fenicios el único pueblo que en aquellos tiempos pudo residir en Egipto). Empero, los ornamentos arquitectónicos de los monumentos de Centro América y México guardan cierta analogía con los de los Asirios, Persas, Griegos y Egipcios, debido, según opinión del Dr. Amend, á que los Fenicios por su comercio entraron en relaciones con estos pueblos, apropiándose de un gran número de estilos para su arte y arquitectura, y por eso, dice, se hallan, sobre todo en México, donde más claramente se presentan las señales de la civilización fenicia: esas combinaciones de ornamentos empleados por los Fenicios, proceden del arte de aquellos diversos pueblos. Después de estas conjeturas, concluye el Dr. Amend diciendo que los Aztecas (con cuyo nombre designa en general á los habitantes de la América Central y México), son productos de la civilización fenicia, pues cree que los buques de éstos, tanto por su tamaño y construcción, cuanto por su tripulación, eran capaces de emprender tales expediciones, y que las familias transportadas en esos buques eran bastante numerosas para poblar las islas del mar del Sur, así como una parte del Continente americano, para ejercer una influencia entre los abyectos aborígenes del país.
Sobre este mismo punto, el Dr. Pablo Félix Cabrera, de Guatemala, publicó en Londres, en 1822, un Examen Crítico de la Historia de América, en el que afirma que todos los que desde principios del siglo XIX han escrito sobre el origen de los Americanos, deben acusarse de negligentes, por haber pasado en silencio la «Constitución Diocesana del Obispo de Chiapa,» Dr. Francisco de Vega, impresa en Roma, en 1702, en la que este prelado hace referencia á un pequeño tratado histórico escrito en lengua índica por Votán, señor de Tapanahuasec, el que vió la gran casa (probablemente la Torre de Babel), que se elevaba desde la Tierra hasta el Cielo. Según tradición de los Indios, los preciosos documentos de su historia fueron colocados por el mismo Votán en la Casa Lóbrega ó subterránea construida por él, confiando su custodia á una mujer distinguida y á cierto número de indios plebeyos que debían ser designados anualmente á este efecto: sus órdenes fueron respetuosamente observadas durante varios siglos por los habitantes de Tacoaloya, en la provincia de Soconuzco; documentos que fueron destruídos por el Obispo Vega, cuando este prelado hizo su visita episcopal á Tacoaloya, en 1691[48].
En fin, parece haber evidencia que los Fenicios visitaron el Continente del Nuevo Mundo en tiempos remotos, pues el sabio Humboldt refiere que un misionero franciscano encontró en una caverna de la orilla occidental del Cauca, cerca de Uruana, una roca de granito que tenía esculpidos caracteres semejantes al alfabeto fenicio, caracteres que han confirmado, en parte, la probabilidad de que los Fenicios hayan sido unos de los primeros pobladores de esta sección de América.
También en la embocadura del río Tantón, en Massachussetts, se encontró otra roca con caracteres fenicios. En 1873, se halló en el Brasil otra piedra con una inscripción fenicia en ocho renglones, que, según su traducción, inducen á creer que en el reinado de Hiram, una expedición de Fenicios de Sidonia salió del puerto de Aziongabar (hoy Akaba), en el Mar Rojo, la que navegó durante doce meses lunares á lo largo de la costa de Egipto, y que, extraviada de su derrotero por un fuerte temporal, aportó á las costas del Nuevo Continente. Esa piedra con esa inscripción fenicia, es, se dice, una de las más antiguas y la más notable constancia de que los Fenicios ocuparon, primero, las regiones orientales, y pasaron de allí á las regiones occidentales de América.
No han faltado autores entre ellos Kircher, en su Œdipus Ægiptiacus que hayan alegado que los Egipcios sacaron de su tierra numerosas colonias con las que poblaron la China, el Japón y las Indias Occidentales, pues, dicen, eran muy diestros en la navegación y hábiles en las guerras navales: agregan que los indios mexicanos no solamente heredaron sus costumbres, sino que se asemejaban en sus prácticas, observando que la división del tiempo era semejante en unos y otros, pues partían el año en dieziocho meses, cada uno de veinte días ó sean trescientos setenta al año, dejando cinco días fuera de él, que los Mexicanos denominaban Nemontemi y los Egipcios Nisi ó Epagomenos. En las pirámides de ambas razas, dicen también, se reconoce igualmente semejanza, porque si los reyes de Egipto las fabricaban con tanto gusto y solidez, en Teotihuacan de México, existen también algunas que tienen más de sesenta varas de ancho y ciento cincuenta de alto, en cuyas cimas colocaban los Indios las imágenes del Sol y la Luna, junto á las cuales hay otras pequeñas en que se enterraban los caciques; pirámides que, según opinión del insigne cosmógrafo mexicano Carlos de Sigüenza[49], en su obra Mercurius volans et novum Mexicam restauratum præ se ferens, deben haber sido hechas algunos siglos después del Diluvio Universal. Igual semejanza, dicen los mismos autores, se nota entre los laberintos de Tezcuco en México y el de Heracleópolis en Egipto; y también traen á colación la similitud en la superstición é idolatría de unos y otros, pues que ambos adoraban el Sol, la Luna, las estrellas y los animales; como asimismo los dos pueblos usaban la poligamía y creían en la trasmigración de las almas.
Por otro lado, el abate Brasseur de Bourbourg y últimamente Mr. Jorge Meikleyson, afirman que las ruinas de los antiguos monumentos de Yucatán tienen mucha semejanza en su arquitectura con los antiguos monumentos de Egipto, á excepción de los geroglíficos, que en ambos países no guardan ninguna analogía. También, según estos últimos autores, en los idiomas egipcio y mexicano existen ciertas analogías lingüísticas. Empero, nada se puede confirmar al respecto, mientras un futuro Champillión no descubra la llave de los geroglíficos que se ostentaban en las antiquísimas murallas de los monumentos de México y de la América Central. Otros autores opinan, que tanto en los geroglíficos de los monumentos egipcios, cuanto en el antiguo idioma griego, se hallan muchas voces quechuas, como lo confirma el egiptólogo Bunsen en su obra Misión del Egipto en la historia del Mundo, y con él otros sabios, lo que induciría á creer que los Mexicanos fueron descendientes de los Egipcios.
Otra versión es, que los Troyanos, por los años 2806 de la Creación del Mundo, ó sea 2164 años antes de la era de Cristo, navegaron á las Indias Occidentales y poblaron aquellas comarcas, pues así lo asevera el P. Simón de Vasconcelos en su Noticia del Brasil, libro X, No 90, diciendo: "Otros dijeron que estos primeros pobladores fueron de naciones Troyanas y compañeros de Eneas, que, después de derrotados por los Griegos, en la famosa destrucción de Troya, se dividieron, buscando tierras en que habitasen, como hombres avergonzados del mundo y del suceso de las armas, algunos de los cuales se engolfaron en el largo Océano y pasaron á las partes de América." Vasconcelos, para sostener ese fundamento, se apoya en un pasaje del lib. III, de la Eneida de Virgilio, que al referirse al sitio de Troya, dice que después de la destrucción de esa antigua ciudad, "los Troyanos se dispersaron, peregrinando por varias tierras lejanas y desiertas."