Los Chinos, por su parte, conservan tradición de ser progenitores de los Indios Orientales y Occidentales, y que ellos, en unión de los Tártaros, Japoneses y Coreanos, atravesaron el estrecho marítimo de Annián, vinieron en seguida por tierra al reino de Quivirá y poblaron México, Panamá, Perú y las demás provincias y reinos de las Indias Occidentales. A este respecto, Bartolomé Leonardo de Argensola en su Historia de la Conquista de las Molucas, lib. I, fols. 11 y 12, asevera lo mismo y se funda para ello en la coincidencia de tener los Chinos é Indios el mismo color, flojedad, superstición y poca caridad. En conformidad con lo referido, se citan nombres de pueblos del Perú, México y otras partes de América, iguales á los de poblaciones de la China, del Japón y de Corea. Otras razones alegan algunos escritores para suponer que los Indios de América descienden de los Chinos y Tártaros, y es, á más de la conformidad de color, la semejanza de las facciones y disposición del cuerpo, el usar las trenzas del pelo, el aplastarse la cabeza los Conibos y los pies los Chinos, el canto de los Campas idéntico en el tono al de los Chinos; los dibujos de los Indios representando letras chinas; los muchos vocablos idénticos en el idioma de los aborígenes á los de los Chinos y que expresan la misma idea; como también ciertas costumbres y creencias, como adorar al Sol por Dios, reconocer un Dios superior á las otras divinidades, contar los meses por lunaciones, sepultarse con sus criados y riquezas, juzgando que hacían un viaje á la otra vida, y algunos otros usos y costumbres, semejantes entre ambas razas.

Autorizados autores sostienen, también, el hecho de ser los Chinos los progenitores de los Indios de América. Mr. Alejandro Darley, sacerdote que ha pasado muchos años realizando investigaciones históricas en Oriente, dice que el Continente de la América del Norte lo descubrió (diezisiete siglos antes de emprender Colón su descubrimiento) un marino de la China, llamado Hi-Li, el que desembarcó en la costa del Pacífico, el día 10 de Junio del año 207, antes de Cristo, cerca del punto donde hoy se alza la ciudad de Monterrey en California. Es tradición que el capitán Hi-Li volvió á su país con la noticia del descubrimiento que había efectuado, y, durante más de cien años, los barcos hicieron innumerables expediciones á la costa del Pacífico, sin intentar siquiera colonizar el nuevo país, y al fin suspendieron sus expediciones.

En apoyo del tiempo remotísimo en que los Chinos abordaron las playas de América, es notable el hecho del hallazgo que, últimamente, se ha hecho en las costas de Alasca, de una moneda acuñada hace más de mil años en el Celeste Imperio, la que posee, junto con otras monedas orientales, el que fué cónsul chino en Washington[50]. En la misma región hallaron los indios una antiquísima tumba en la que se lee en caracteres chinos, el nombre de Li-Lei-Lau. Además, se han encontrado otras reliquias que demuestran, de un modo evidente, que los Chinos vivieron en Alasca, muchos años antes de la Era Cristiana.

Cerca de San Miguel Amantla, en México, se descubrió recientemente una figura ó estatuita de tierra cocida, de unas siete pulgadas de alto, representando un chino, con ojos oblícuos, pantalón bombado y vestidos amplios, con grandes aros en las orejas, y en la cabeza el casquete con un botón en el medio, tal como lo llevan los mandarines. Junto á esa estatuita, que se calcula tenía ya más de 1500 años de enterrada allí, se halló el esqueleto de un hombre que representaba el tipo mongol, y que conservaba aún, al rededor del cuello, un collar de bolitas de una masa verde que jamás se encontró en México. Estos y otros hallazgos parecen comprobar que la antigua civilización de la América del Norte fué de origen chino ó mongol.

Algunos sabios del Celeste Imperio suponen, también, que los Indios de Norte América descienden de los tripulantes de algún barco chino, que hace más de veinte siglos fué arrojado por los temporales á las costas norte-americanas, y que, no pudiendo regresar á su país, se establecieron en aquella región, donde fueron extendiéndose.

Y, para corroborar aún más la existencia de Chinos en el suelo americano, en tiempos remotísimos, el Encargado de Negocios de China en México, Tun-Pul-Shun, hombre erudito y de vastos conocimientos en materia de antigüedades, ha manifestado, con pruebas abrumadoras, ante los miembros del Congreso de Americanistas, reunido en México, en 1910, que en las ruinas de San Juan Teotahuacan observó, con gran sorpresa, en uno de los artefactos desenterrados, una inscripción de uso corriente en su patria; artefacto que enseñó á los mismos miembros de ese Congreso, opinando que México fué en parte descubierto por sus paisanos. Y para afirmar más la veracidad de su dicho, Tun-Pul-Shun explicó que, efectivamente, es tradición en China, que en tiempo del reinado de Chun-Shi-Woo, una expedición compuesta de tres mil personas, entre las que iban bellísimas mujeres, salió á órdenes de un eminente sabio, de Pekin, á descubrir é invadir el Japón. Dicha expedición se hizo á la mar en pequeños bajeles, de los que nunca se volvío á tener noticias. Trascurrido algún tiempo, se descubrió la tumba del caudillo expedicionario en tierras japonesas, pero no se encontró indicios del resto de los tripulantes, creyéndose que algunos barcos hayan sido arrastrados á costas mexicanas, en donde desembarcaron, mezclándose con indios Toltecos, á quienes legaron sus costumbres y creencias.

El sabio barón Alejandro de Humboldt, en su obra titulada Monumentos de América, dice: "Por poco que se reflexione sobre la época de las primeras emigraciones Toltecas, sobre las instituciones monásticas, los ritos del culto, el calendario, la forma de los monumentos de Cholula, Sogomoso y Cuzco, se infiere que no fué del norte de Europa de donde los Quetzalcoath[51], Bochica[52] y Manco Capác[53] han sacado el código de sus leyes: todo parece conducirnos mas bien hacia el Asia y á los pueblos que han tenido contacto con los Tibetinos, Tártaros, Samnistas y Ainos barbudos de las islas de Fesso y Sachalin." El mismo Humboldt, agrega, que analogías en la conformación de la cabeza, como también analogías del idioma, hacen presumir que individuos de la raza china arribaron á la costa nordeste de América, y de allí al sud y al este de los ríos Gila y Missouri, no siendo extraño encontrar, entre los pueblos americanos, ídolos y monumentos arquitectónicos de un mismo carácter geroglífico, una noción exacta de la duración del año y algunas tradiciones referentes al primitivo estado del Mundo, que recuerdan los conocimientos, las artes y las opiniones religiosas de los pueblos asiáticos.

Juan Ranking, en su libro Conquistas del Perú, México, Bogotá, Natchez y Tolomeca por los Mongoles, para probar, á su juicio, que los Indios americanos descienden de raza asiática, dice: "Timoudgyn, hijo de Pikoutaï, jefe de una tribu de los Mongoles[54] residentes á las orillas del lago Baikal, en Siberia, fué proclamado Gran Khan, con el título de Genghis, el año 1205. Antes de la muerte de su nieto Kublai, el continente de Asia fué casi subyugado: la Europa se puso en consternación; el Japón fué invadido, y por los efectos de un temporal, el Perú y México fueron destinados para recibir á los generales y tropas que escaparon de esa poderosa expedición. Cuando estos Mongoles llegaron á América, la encontraron en un estado de completa ignorancia; pero, repentinamente, se fundaron dos imperios con la pompa, ceremonias y grandezas de los soberanos asiáticos: la arquitectura, que compite con los admirables trabajos de los Romanos; la elegancia de las obras de los plateros, que sorprenden aún á la vista de las más delicadas de los Europeos; el orden, la justicia, subordinación, leyes, instituciones civiles y militares, religión y costumbres, son tan idénticas á las de la familia Tschingis-Khan, que no puede dudarse por un momento su descendencia." El mismo autor, en un rapto de extravagante desvarío, agrega que "Manco-Capác[55] fué hijo del gran Khan-Kublai, que gobernó los Mongoles hasta el año 1257, y murió en el sitio de Hochen, en China, y por consiguiente nieto de Tschingis-Khan; que el abuelo de Montezuma fué un noble Mongol de Tangut." Ranking, pretende, además, fijar el origen de los Toltecos y Guatemaltecos, por las emigraciones tártaras que han tenido lugar hacia mediados del siglo vi, opinión que también es sostenida por Humboldt.

Mariano Eduardo de Rivero, en su Estudio general de América, y junto con él otros historiadores, opinan "que á consecuencia de las guerras entre los Brahmanes y Budhistas, que terminó con la expulsión de estos últimos al norte de Asia, una parte pasó el estrecho de Behring, y fueron esos los jefes que fundaron les imperios de América." Tchudi y Ribero, en sus Antigüedades Peruanas, dicen también "No admite duda que Quetzalcolt, Bochica, Manco-Capác y demás reformadores de la América Septentrional, Central y Meridional, eran sacerdotes budhistas que por su doctrina superior y civilizatriz, consiguieron señorear los ánimos de los indígenas y elevarse á la supremacia política." Al aceptar, á este respecto, la apreciación de Humboldt, Ranking, Tschudi y demás escritores, de presumir es, que el número de esos invasores haya sido muy considerable[56].

El anticuario inglés Mr. Brerewood pretende también que la América ha sido poblada originariamente por pueblos tártaros.