Mr. de Guignes, que ha compulsado los anales del Celeste Imperio, asegura que los Chinos comerciaban con América hacia el año 458 de la era actual, y que remontaron hasta la costa frente al Kamtchatka, siendo positivo que los Chinos poseían, en aquella época, flotas capaces de arribar á las Indias Occidentales.

Vásquez de Coronado, en su expedición (1539) vió en las costas de México, cuatro navíos con proas adornadas de oro y plata, cuyos capitanes le dijeron que acababan de navegar treinta días en viaje de la China.

Según Pedro Menéndez de Avilés, hallóse en las costas del Mar del Norte los cascos de varios bajeles chinos, y también se asegura que en el puerto de Guatusco, en México, se vió negociantes vestidos de seda, que se supone eran Chinos. Notable es, dice este último autor, que el hermoso monumento piramidal de los alrededores de Guatusco, llamado el «Castillo,» es uno de los que tiene más semejanza con la arquitectura china.

En fin, muchos autores creen que el Asia septentrional ha poblado el norte de la América.

Tocante á las lenguas, se asevera que el dialecto de los indios Mohawks es casi semejante en un todo al idioma tártaro.

Mr. Duponceau, en una disertación latina escrita por un sabio Mexicano sobre las lenguas indígenas de Anahuac, prueba la grande analogía de estas lenguas con el idioma chino, principalmente la Otomi, que no solamente tiene similitudes de palabras, sino similitudes gramaticales, cuyas formas de construcción son las mismas que el idioma chino; lo que prueba, dice este autor, la comunicación más ó menos directa que ha habido entre los Chinos y los Anahuacos.

En los tiempos más cercanos á nosotros, algunas otras relaciones entre la América y los Chinos ó Mongoles han sido señaladas.

No solamente los autores citados, sino la mayoría de los historiadores, atribuyen á los asiáticos el mérito de haber introducido la civilización primitiva en América, trazando, al efecto, muchos paralelos entre éstos y las primeras razas del Continente Americano, en sus tradiciones, costumbres, y, sobre todo, en la similitud de sus rasgos fisionómicos.

La opinión de algunos autores antiguos y modernos al origen de los Indios Americanos, es que éstos proceden del linaje de Ophir, nieto de Heber é hijo de Lactan, quien pobló á México y al Perú, á cuyo efecto, dicen, que Ophir, de la quinta generación de la rama de Noé, pobló las costas del Océano de la India Oriental, pasando, después, estos pobladores á las Indias Occidentales, para extenderse por México, Centro América y todo el Perú hasta el estrecho de Magallanes. Los autores que sostienen esta opinión, son Benito Arias Montano, en el tom. VI de su libro Phalesus, pág. 99; Gilberto Genebrardo, en el lib. I de su Chronologia, págs. 15 y 118; Hornio, en su obra De Origen Americanum, cap. II, fols. 16 y 17; Antonio Bosio, en el lib. II, cap. III de su Signis Ecclesiastes; Pomario, en su Lexicon; Posevino, en el libro II, cap. V de su Bibliotheca; el P. Manuel de Sá, jesuita, en el tom. III de su Regum; el P. Maluenda, en el lib. III, cap. XIX de su Anticristo; Joao de Pineda, en su obra De Rebus Salomonis; y Montesinos, en sus Memorias Antiguas del Perú; los que afirman que en tiempo de Salomón se designaba con el nombre de Ophir los dos reinos de México y el Perú, y que después de pasado algún tiempo se traspusieron las letras, y de Ophir se compuso Piro[57]. Además, Arias Montano, autor también de la Biblia Regia y hombre muy versado en idiomas, dice en su obra ya citada, que "ambas regiones (México y Perú) se llamaban Piruaim ó Peruaim, que en latín quiere decir Duplex Piru y en español región que es dos veces Perú, ó sea que ambas regiones tuvieron el mismo nombre Perú." En apoyo de lo aseverado por Montano, el P. Fr. Gregorio García en su obra Origen de los Indios, lib. IV, cap. VI, parágrafo 3, pág. 140, dice: "Hallamos en la Escritura Divina una grandísima conjetura para creer que el nombre de Piru fué muy antiguo apellido, no sólo del reino del Perú, sino también de la Nueva España, porque en el Paralipomenon lib. I, cap. 3, se dice que Salomón cubrió el templo con láminas de oro muy fino, el cual oro se dice en hebreo aurum peruaim, que quiere decir claramente oro de la Tierra llamada dos veces Piru, porque aquella terminación ain es número dual en la gramática hebrea, lo cual cuadra y conviene á las dos regiones de este Piru y México, y así donde la Vulgata dice, en el Libro del Paralipomenon: Porro autem aurum erat probatissimum, traslada San Spagnino Aurum autem erat ex locu Parvaim; Vatablo pone Aurum vero erat ex auru Parvaim; Arias Montano lee Et aurum erat ex locu Parvaim; Cayetano lee Et aurum, aurum Parvaim; por lo cual Vatablo, Arias Montano y Genebrardo convienen en que Parvaim es el Perú y Nueva España.