Además, retrocediendo á época anterior y según el lib. IV de Esdras, las diez tribus que se perdieron en el cautiverio de Salmanazar, rey de Asiria (721 años antes de la era cristiana), "pasaron á una región donde nunca habitó el Género Humano, para guardar siquiera allí su ley, la cual no habían guardado en su tierra; entraron por unas angosturas del río Eufrates y llegaron á la región llamada Arsareth." Gilberto Genebrardo, al interpretar lo dicho por Esdras, opina que Arsareth es la Tartaria y añade: "Como si dijera Esdras, que pasado el río Eufrates vinieron á los desiertos de Tartaria, y de allí hacia la isla de Groenlandia, territorio de América." El P. Maluenda, en su obra De Antiquitates, cap. XXVIII, cree que Arsareth, donde llegaron las diez tribus, es aquel promontorio que está en la última Escitia ó Tartaria, del cual está dividida la América por sólo el Estrecho de Annian. Esta afirmación es apoyada por varios autores antiguos, los que afirman que estas diez tribus vinieron á poblar el Continente americano. Posteriormente, el rabbí Manassés Ben Israel, en su obra La Esperanza de Israel (Amsterdam, 1650), trató también esta materia con alguna extensión, asegurando, que en las cordilleras de la América Meridional vivía un número considerable de indios descendientes de Israelitas. Adair, que vivió cuarenta años entre los indios, observa en su History of the American Nations, pág. 15, que el origen de los indios es israelita, fundándose, principalmente, en los ritos de éstos, que son casi semejantes á los del pueblo hebreo. También Heckewelder, Beltrani, Laet, Moraez, Bealty, Stanhop, Smith y otros autores, en sus respectivas obras, concuerdan en la opinión de ser los indios descendientes de Hebreos. El P. Fr. Juan de Torquemada, en su Monarquía Indiana, tom. I, lib. V, cap. II, y Jorge Jones en su voluminosa obra Identity of the aborigines of America with the people of Tyrus and Israel, se declaran también defensores de esta teoría. Lord Kingsborough, en su extensa obra, en nueve volúmenes, hace igualmente numerosas deducciones para probar la colonización de América por los Hebreos. Además, Gilberto Genebrardo, en el libro I de su Chronologia, pág. 162, refiere que en una de las islas del archipiélago de las Azores, se encontraron sepulcros debajo de tierra, con inscripciones hebreas muy antiguas.

Los autores citados que atribuyen una estirpe hebrea á las razas indianas de América, no están contextos siempre en lo tocante á la venida de los Israelitas al Nuevo Mundo, pues unos opinan que llegaron de Oriente á Occidente, estableciéndose en el centro y sud de este Continente; pero la mayoría es de parecer que atravesaron la Persia, la frontera de la China, y en seguida el estrecho de Annian, en el Continente occidental.

La opinión emitida á este respecto por los autores antiguos y modernos, nos induce á creer que, quizá, parte de los Americanos han procedido de los Hebreos de las diez tribus que se perdieron en el cautiverio de Salmanazar, las que probablemente se dirigirían á la Tartaria y de allí á la Mongolia, pasando en seguida por el reino de Annian, luego por el de Quivirá, poblando por fin México, y sucesivamente Panamá y el Perú.


Hay fundamento para creer que algunas colonias de los Romanos emigraron al Nuevo Mundo, en época anterior á la del Cristianismo. Los Romanos, desde la fundación de su capital (753 años antes de J. C.) hasta la decadencia y término total de su imperio (año 476 de la era cristiano), tuvieron que sostener numerosas sucesivas guerras externas y disturbios internos que diezmaron grandemente sus provincias.

Tanto durante la República, como durante el Imperio, las constantes luchas en que los Romanos estuvieron empeñados, dieron por resultado la conquista de casi todo el Mundo conocido por los antiguos: la España, la Galia, la Italia, la Bretaña, los países del Danubio y los situados sobre el mar Egeo y el mar Negro, como también la Asia Menor y la Siria, é igualmente el Egipto, la Libia, la Numidia y la Mauritania. Todas estas naciones cayeron sucesivamente bajo el dominio de los Romanos.

Durante la República, que abraza un período de cerca de cinco siglos, que puede calificarse de "época de las conquistas," los Romanos, cual ningún otro pueblo, lucharon temeraria y heróicamente en sinnúmero de guerras y batallas, obteniendo siempre la victoria sobre las huestes enemigas. Las principales de estas acciones militares fueron: las guerras contra los Tarquinos, Veyenses, Equos, Volscos, Samnitas y Latinos; la contra Pirro; las tres llamadas Púnicas; la contra los Cartagineses; las contra Filipo III de Macedonia y Antioco III, de Siria; las de Yugurta y Marsica; la contra Mario, Sila, Mitridates y Sertorio; las de los Esclavos y contra los Piratas; la conspiración de Catilina; la conquista de las Galias, por César, que duró diez años y en la que el vencedor tomó ochocientes ciudades, sometió trescientos pueblos, derrotó 3.000,000 de enemigos y mató 1.000,000 en los campos de batalla; las guerras contra Pompeyo y los Triumviros; las batallas de Regila, de Filipo y de Accio; las invasiones de los Galos, Cimbos y Teutones; la conquista de la Macedonia y Grecia; y, por fin, la sumisión de España. En todos estos hechos de armas los Romanos desplegaron un valor extraordinario.

Durante el Imperio, que abarca un espacio de tiempo de cerca de cuatro siglos, las legiones romanas se hicieron igualmente notables por su pericia y valor en los combates. Las principales acciones militares que tuvieron lugar en ese período, fueron: la invasión de los Partos, que terminó con la destrucción de Seleucia, donde fueron degollados 300,000 habitantes; la sublevación de España; la batalla de Vedriac y la de Cremona; la sublevación de los Batavos; la guerra de exterminio de la Judea, en la que fué destruida Jerusalem (cumpliéndose la profecía de Jesucristo) y en la que murieron 1.500,000 israelitas; las luchas contra los Bretones y los Dacios; las tomas de Babilonia, Seleucia y Ctesifonte; la reducción de Armenia, Asiria y Mesopotamia; el sometimiento de la Arabia; la guerra contra los Marcomanes; las acciones contra Cizico, Nizzea é Iso; la guerra contra los Persas y la contra los Francos; las batallas de Verona y contra los bárbaros Godos y Alemanes; las revueltas de los Treinta Tiranos; la batalla de Naiso y la de Edesa; las luchas repetidas contra los Batavos, Alemanes, Moros y Persas, vencidos por Dioclesiano; la batalla de Andrinópolis, la de Calcedonia, la de Mursa y la de Aquilea; la guerra contra los Visigodos; las invasiones de los Ostrogodos, Pictos, Ecotos, Vándalos, Borgoñones, Suecos y Alanos; la terrible invasión de los Hunos; la toma y saqueo de Roma; la nueva guerra civil, en la que Roma fué saqueada por tercera vez, y, por fin, la caída y disolución del gran Imperio Romano.

Reconociéndose en los Romanos arraigadas tendencias á las conquistas y un genio aguerrido, sacado de las luchas y los combates, quizá al tener conocimiento de la existencia del Continente americano, se aventurarían algunas colonias á atravesar los mares en busca de ese Nuevo Mundo. Y aunque algunos autores, entre ellos Lucas Marineo en su obra Rerum Hispanorum, lib. XIX, cap. XVI, afirma que los Romanos poblaron las Indias, fundándose en que los moradores de la Isla Atlántida les habían dado las noticias de este nuevo país, aquello debe considerarse como una quimera, porque dado el caso de que esa isla hubiera realmente existido, su desaparición habría tenido lugar muchos siglos antes de la época de los Romanos. Algunos otros historiadores, que alegan que los Romanos poblaron algunos territorios de América, dicen que en la época del mayor apogeo del Imperio Romano, tuvieron noticia de la existencia del Nuevo Mundo y que poblaron sucesivamente las islas de Barlovento, Tierra Firme, México, Perú y algunas otras comarcas.