No es nuestro ánimo el combatir las opiniones de los sabios que hemos citado, tocante al origen del Hombre; pero al profundizar los arcanos de la Creación, haremos, no obstante, la ligera observación que sigue:

Si esos sabios presentan al Hombre como un animal y lo designan con el epíteto de animal racional, creemos que ese epíteto no es justificado en un todo, porque el Hombre no raciocina en todas las épocas de su vida y sólo adquiere el raciocinio cultivando con esmero sus facultades intelectuales; por lo mismo, débesele dar el calificativo de animal susceptible de razón. Y para ser más precisos en esa definición, suponemos que el Hombre no es simplemente un animal racional, sino un ser mixto ó medio, colocado entre la materia y el espíritu, y que raciocina llegando á la edad en que se desarrollan todas sus facultades mentales. El Hombre, por la inteligencia que puede adquirir, es considerado «el rey de los animales y el agente de la Creación,» porque él domina á los animales más salvajes, sometiendo á su ley no solamente los seres más corpulentos como la ballena, el elefante, sino también los más fieros como el león, el tigre y todos los demás animales, haciéndolos servir para todas sus necesidades; la tierra igualmente le paga contribución, pues que la despoja de los productos de su seno; domina el aire y los mares; no escapando, en fin, nada á su penetración y perspicacia, cualidades que sólo dependen de su razón. Por consiguiente, nos parece que para estar en lo justo, debe calificarse al Hombre como un ser animal, mixto, susceptible de razón.

M. de Quatrefages, en su Phisiologie comparée: Metamorphoses de l'Homme et des Animaux, reconoce asímismo, que bajo el punto de vista de la organización física, el Hombre es un verdadero animal dotado de los mismos aparatos, órganos y elementos que los antropóides, estableciendo, definitivamente, que la raza originaria de la especie humana ha debido ser un hombre prognato, de piel amarilla y cabello rojo.

Huxley[2], Lubbock[3], Taylor[4], Vogt[5], Shaffhausen[6], Flourens[7], Cleuzion[8], Filippi[9] y todos los naturalistas que han estudiado los restos humanos de las Edades Terciaria y Cuaternaria, han concluído, unánimemente, que la raza más antigua de que se han encontrado restos, eran de seres repugnantes, prognatos y dolicocéfalos, que llevaban al rededor de las órbitas un reborde saliente semejante á los monos, y tenían los senos frontales muy desarrollados.

El aspecto grosero de sus circunvalaciones indica que esa raza era de inteligencia rudimentaria y obscura. La región posterior, sitio del centro visual, era de gran desarrollo; por el contrario, los lóbulos frontales, que no pueden atrofiarse en el hombre racional, sin que el resultado sea una alteración profunda de las facultades intelectuales, eran muy reducidas. La conformación de la circunvalación frontal, relacionada con el lenguaje articulado, era tan reducida que la facultad de la palabra tenía que ser muy restringida.

Los naturalistas opinan que desde los comienzos hubieron varias especies humanas derivadas de padres distintos. Desde el punto de las estructuras de los cuerpos, los lemurios, los cuadrumanos, los monos y los hombres reunieron caracteres análogos en gran número, defiriendo esencialmente por el volumen del cerebro.

Ch. Darwin, en su obra De l'Origine des Espèces, es de opinión que: "Las innumerables especies de animales, entre ellas el Hombre y plantas que pueblan la superficie del Globo, proceden todas de algunos tipos orgánicos ó de un solo tipo primordial creado en un principio para llegar á ser la estirpe común de todos los seres vivos. Los orígenes naturales de la Humanidad se pierden en el mundo indivisible de los vivientes."

Desde luego, según opinión de este notable naturalista, no existe entre el Hombre y el animal sino la diferencia de grado, pues el nacimiento y la muerte son iguales en el Hombre como en el animal; ambos tienen los mismos órganos y aparatos, las mismas funciones, los mismos elementos y los mismos fenómenos se suceden en la muerte del uno y del otro: el corazón cesa de latir, todos los órganos pierden sus propiedades y las materias componentes del Hombre son idénticas que las del animal. "Todo esto—dice Darwin—es una prueba palpable de que no existe un abismo infranqueable entre el Hombre y el animal."

Huxley, en su Doctrine de l'Évolution, ha probado que todos los huesos del esqueleto del Hombre son iguales á los huesos del mono, como también sus músculos, nervios, vasos sanguíneos y vísceras internas; que el cerebro, el más importante de todos los órganos, sigue la misma ley, pues que cada hendidura y cada repliegue del cerebro humano son iguales á los del orangután: empero, establece también, que el cerebro del Hombre y el del mono no concuerdan del todo en ningún período de su evolución, concordancia que no puede esperarse, porque de verificarse, serían iguales las facultades mentales del Hombre y del mono. "Los monos—añade Darwin—están sujetos á muchas de nuestras enfermedades no contagiosas: padecen catarros, con sus ordinarios síntomas, terminando, cuando con demasiada frecuencia se repiten, con la tisis; sufren también apoplegías, inflamaciones y cataratas. Los remedios producen en ellos los mismos efectos que en el Hombre...... Muchas especies de monos tienen muy pronunciado gusto por el té, el café y las bebidas espirituosas; fuman también el tabaco con placer." Aunque estos hechos son de poca importancia, prueban, empero, cuán semejantes son los nervios del gusto en el Hombre y los monos, y que, en ambos, puede ser afectado del mismo modo el sistema nervioso.

El naturalista Arturo Mangin, en su obra L'Homme et l'Animal, establece una diferencia entre el Hombre y el mono, diciendo: "Zoológicamente hablando, el Hombre se distingue de los grandes monos por caracteres anatómicos y fisiológicos, y se diferencia psicológicamente de todos los demás animales por facultades mentales, de las que varias le son exclusivamente propias, al paso que otras están sólo más desarrolladas en él que en el animal."