Debemos recordar, á este respecto, la debatida cuestión iniciada por algunos etnógrafos y antropólogos, tocante á que, según pretenden, los primitivos habitantes de América habían pertenecido á la raza blanca. Si frente á este supuesto presentamos la tradición que prevalece entre los Indios del sud de Colorado, de Nuevo México y Arizona, no hay duda que una raza antiquísima de hombres blancos, superiores á ellos, habrían sido sus antepasados[74]. Dicha tradición—para mejor explicarla—se relaciona con el hecho siguiente: Un cazador llamado John Teix, de Nuevo México, ha descubierto últimamente, en la cueva de un barranco de Río Grande del Norte, cerca de las llanuras de San Agustín, en el Condado de Socorro, la momia de un hombre de muchos siglos de existencia, perteneciente á la raza blanca: excabando el suelo de dicha cueva, encontró un lecho de cemento; perforando aquel, halló una capa de huesos humanos, trozos de armas y utensilios de una época remotísima; debajo de esta capa halló otro lecho de cemento; luego otro estrato de residuos heterogéneos; en fin, una tercera capa de cemento; debajo de ésta, protejida por una obra de alfarería, una momia sentada, de raza blanca, de más de seis pies de estatura, de pelo rojo y abundante, envuelta en tres mantas y con los brazos cruzados sobre el pecho. En vista de este hallazgo, ¿sería verdaderamente fundada la existencia de una raza blanca aborígene de las comarcas de América y probatoria de que los Españoles de los siglos XV y XVI encontraron éstas ya pobladas de habitantes de raza roja?

Pero esto, se objetará, es un caso aislado que si permite suponer que en tiempos remotos existiera en América una raza de hombres superiores en casta é inteligencia, ello no prueba plenamente que los primitivos pobladores de este Continente pertenecieran á la raza blanca.

Empero, el sabio barón Alejandro de Humboldt opina que, en tiempos lejanos, los pobladores de toda la América fueron de raza blanca, y á este respecto dice: "Hombres blancos, barbudos y de mejor complexión que los naturales de Anahuac, Cundinamarca y Cuzco, aparecidos sin ninguna indicación del lugar de su nacimiento, no pudieron menos de ser sacerdotes, legisladores, amigos de la paz y de las artes, y de operar un cambio repentino en la política del país, por cuyo poderoso motivo los recibieron con veneración. Así, Quetzaltoal, Bochica y Manco-Cápacc son los sagrados nombres de estos misteriosos sacerdotes."

Admitiendo ahora la opinión emitida por otros etnógrafos tocante á la raza roja originaria de América, habría que convenir en que ella fuera descendiente de alguna raza prehistórica perteneciente á una ó varias razas inferiores y diferentes de aquellas que existen ahora en las demás partes de la Tierra, cuyos tipos, á su vez, habrían tenido, también, gran tendencia á modificarse con el contacto de otras razas superiores.

Ambas hipótesis son admisibles, pero es lo cierto, que sólo descansan sobre conjeturas, como se ve, meramente probables y de ninguna manera evidentes ni efectivas, porque no existe fuente de información que acredite la realidad de esos hechos, los cuales, por lo demás, se pierden en la obscuridad de los tiempos lejanos en que se supone ocurrieron.

Cuanto á la dificultad de inquirir las épocas fijas en que las diversas inmigraciones llegaron al Continente americano, la generalidad de los etnógrafos juzgan, como se ha dicho, que fué habitado desde remota antigüedad. Si suponemos que los pueblos del Asia Menor, que es la cuna del Género Humano, fueron los primeros que las playas del Nuevo Mundo pisaron, su contacto con este Continente pudo haber tenido lugar durante la época Cuaternaria, porque la identidad de las hachas y otros utensilios de piedra tosca y pulimentada encontrados en ambos Mundos, induce á creer que la inmigración principal del Asia Menor se produjo en la época anterior al Período Neolítico. Y al atenernos á los historiadores antiguos, los pueblos del Asia Mayor ó del Extremo Oriente habían aportado á las playas americanas siete siglos después que los del Asia Menor. Ambas hipótesis, de suyo problemáticas, admiten únicamente que los aborígenes americanos fueron encastados con razas diversas, venidas, primero, de Asia, y después, de Europa y de África.

Respecto de la otra dificultad, de inquirir también por dónde pasaron los primeros pobladores de América, varios autores presumen que por dos grandes caminos. Si admitimos con Gomara y otros historiadores, que en tiempos remotos hubo comunicación por tierra unida entre la Africa ó la Europa y la América, mediante la Atlántida, sería indudable que por esa ruta vinieran al que es hoy el Nuevo Continente, en primer lugar, los Egipcios, Fenicios y Cartagineses (de Africa), y también los Griegos (de Europa).

Cuanto á los pueblos asiáticos, tales como los Hebreos, Chinos, Mongoles y demás, últimamente ha surgido una nueva hipótesis sobre la base de una expedición de sabios ingleses, que salió de Inglaterra á fines del año 1911, con el objeto de estudiar el problema de los gigantescos restos prehistóricos de la Isla de Pascuas; expedición que, á su vez, ha planteado la fórmula de ser esa Isla el último pináculo de un continente sumergido, que ocupaba la mayor parte del que es hoy Océano Pacífico, y que unía, talvez, la Asia con la América[75]. Admitiendo esa nueva hipótesis que no pasa de una presunción problemática, factible sería que por esa misma ruta, ó por la del corto estrecho de Annian, ó también por la cadena de las islas Aleutianas, hubieran podido esos pueblos asiáticos arribar á las playas de América.

Estas son las grandes rutas que se consideran más probables para haber servido de curso á aquellas primeras expediciones que el suelo americano poblaron. No obstante, para aclarar en lo posible este punto, vamos á exponer las opiniones que al respecto opinan algunos otros publicistas.