[343]. El Rey á Cerón y Díaz: “Sabéis que algunos caciques de San Juan, se rebelaron y mataron á traición á D. Cristóbal de Sotomayor, á D. Diego su sobrino y á algunos criados y amigos, y además á cuantos cristianos pillaron en sus estancias fuera de poblado; que luego se juntaron con otros de la comarca, y fueron al pueblo de Guaydía y peleando mataron algunos cristianos”, etc. Tordesillas, 25 de julio de 1511.—Biblioteca de Puerto-Rico.—Y dice Oviedo: “Y el caçique Agueybana, que también se decía D. Chripstóbal, como más principal de todos, mandó á otro caçique dicho Guarionex, que fuese por capitán é recogiese los caçiques todos é fuesen á quemar el pueblo nuevo llamado Sotomayor.”
[344]. Guaydía no es voz indo-antillana, ni significa jardín. Si gua y guay pueden ser raíces del lenguaje indígena, el sufijo día es castellano puro.
[345]. Nuestros indígenas se encontraban en el período social de la piedra pulimentada, ó hablando con más propiedad paleontológica en el período neolítico de la edad de la piedra. El instrumento cuneiforme característico de esa época es el hacha, que poseían en abundancia nuestros aborígenes. El boriqueño había abandonado la gruta y construido la choza; de cazador y pescador errabundo había pasado á agricultor; en la industria de vasos, además del mortero de sílex para triturar el grano, trabajaba la arcilla y hacía recipientes para la cocción de sus viandas; en escultura, había iniciado el grabado, y había avanzado á la ornamentación de gruta, de la cual se conservan muestras en algunas cuevas; y cincelaba sus collares y aprestos guerreros sin tener la pasión por la escultura decorativa sobre madera, tan desarrollada entre los Papúas de la Nueva Guinea, ni el gusto artístico del modelaje cerámico que tenían los indios mexicanos y peruanos; no tenían sepulturas, ni túmulos, de los cuales el dolmen constituye la última palabra en esa edad; de manera que podemos considerar, que nuestro indígena no había llegado en su civilización al último cuarto del período neolítico.—Ahora bien, encontrándose en este estado de rudimentaria sociedad nuestros aborígenes, los signos que ellos grabaron en sus esculturas humanas ó antroglifitas no pueden considerarse, en lingüística, más que como el albor de la escritura, y nada más.—Para que la idea pueda comunicarse de un individuo á otro, para que un sonido, un gesto, un signo visible pueda recordarle á otro el mismo pensamiento, es necesario desde luego una representación figurada tan perfecta como sea posible, y después, más tarde, una convención recíproca. El primer lenguaje convencional ha debido ser un gesto acompañado de un grito proporcionado al lugar, á la hora, á la distancia; la primera trasmisión, no inmediata, de un pensamiento ha debido ser una fogata en un punto determinado, una marca en una roca, un montón de pedruscos, la cortadura de un árbol ó un árbol caído, etc. A este género de escritura primitiva corresponden los quipos peruanos. Después apareció la escritura ideográfica, más precisa, más analítica, menos abstracta, menos general; y de ésta, como consecuencia natural, directa y lógica, la escritura alfabética. Nuestros aborígenes tenían, pues, que pasar por la escritura jeroglífica antes de llegar á la alfabética; de lo cual estaban muy lejos. Hemos oído la versión de que hay en el país quien tiene el alfabeto del lenguaje indo-antillano, y esto no es más que una ilusión. Los signos grabados en las esculturas de nuestros indígenas tienen un valor igual al de los salvajes de la edad de la piedra de otros países, y por eso consideramos esos signos como el alborear de una escritura, que tiene que llegar á ser ideográfica y por fin alfabética.
[346]. Oviedo.—Ob. cit. Libro XVI.
[347]. Biblioteca histórica de Puerto-Rico; pág. 142.
[348]. En el Archivo de Simancas se conservan cuadernos de fundiciones en San Juan hasta el año 1526.
[349]. En 12 de noviembre de 1509 escribía el Rey á Juan Ponce: “Ví vuestra letra de 16 de Agosto. Poned gran diligencia en buscar minas de oro en la isla de San Juan; sáquese cuanto pueda, y fundido en la Española venga al instante.”
[350]. La palabra indígena Guayana conservada aún por derivación en los vocablos: Guayanés, aplicado á un río de la banda sur de la Isla; Guayama, donde se ha sustituido la n por la m; y Guayanilla, diminutivo castellano de Guayana, no debe confundirse con la voz de orígen árabe Guadiana, de la cual procede la palabra Guadianilla aplicada, según los cronistas, á uno de los pueblos primitivos de San Juan. Indudablemente que el manchego don Miguel del Toro al poblar cerca de la aldehuela del cacique Guaybaná, y oír la palabra indo-antillana Guayana, no pudo menos de dedicar un grato recuerdo al hermoso río Guadiana y darle el nombre de Guadianilla á la población de cristianos que fundaba; encargándose el tiempo y el continuo fermento de los vocablos, de transformarla en la actual Guayanilla.—Guayana, ó Gua-í-ana, de gua, el; í, agua; y ana, flor, equivale á el agua-flor, ó la rica agua ó el agua buena; y Guadiana, ó Wad-al-jana, del árabe wad, agua; al, el; y jana, recreo, equivale á: río, el recreo; ó río del recreo. No deben, pues, confundirse, al estudiarlas, las palabras Guadianilla y Guayanilla, aunque la gente y el tiempo las hayan confundido al aplicárselas al actual pueblo de Guayanilla.
[351]. En el estudio de los gobernadores de la isla de Puerto-Rico hecho por el ilustrado don José Julián de Acosta—Obra de Fray Iñigo, pág. 132—no consta el nombre de don Francisco de Solís como gobernador en 1528, sino Pedro Moreno de 1524 á 1528, y de esta fecha á 1529 el licenciado Antonio de la Gama; pero la cita de Herrera, el cronista de Felipe II, que tuvo los Archivos del reino á su disposición, está terminante. El catálogo presentado por Iñigo Abbad—pág. 502—es completamente oscuro de 1520 á 1581.—Y más adelante está equivocado; por ejemplo, presenta al Teniente Coronel don Matías Abadía gobernando hasta 1731, y nosotros hemos visto un documento histórico en el cual, el mismo gobernador, en 20 de septiembre de 1736, concede permiso á Lorenzo González para fundar la Ermita de la Monserrate en Arecibo.
[352]. Dice Herrera—Ob. cit.—Década 4ª, libro 5°, cap. 3. Año de 1528: “Está en esta isla, San Germán el nuevo, que otro tiempo se llamó la nueva Salamanca; la fundó el gobernador Francisco de Solís, con el despojo de otro pueblo, que se llama Guadianilla, que estaba á la vanda del sur, y la robaron franceses, y la perseguían caribes; está San Germán cuatro leguas de la mar, adonde han llegado franceses, y la han robado; dista de la ciudad de San Juan 30 leguas; los indios tienen mal asiento en una sierra, sin cosa llana, con el agua lejos.”