Fray Iñigo Abbad comete el error de escribir, que el indio boriqueño era de color cobrizo y de narices chatas.[[130]] El benedictino escribía de referencia, como nosotros, y al terminar el párrafo de su capítulo, dedicado á este asunto, puso una llamada y anotó como cita, á Oviedo, libro 3º folio 25, con esta letra (f). Pues bien, he aquí la prueba de que hay que beber en fuentes puras para no caer en equivocaciones. Oviedo no dice tal cosa. Véase la edición de la Academia Española de la obra de Oviedo, publicada en Madrid en 1851, tomo 1º página 68, línea 23, y se verá, que el Cronista dice: “La color de esta gente es lora.” Este vocablo viene del adjetivo latino luridus, cetrino. En castellano es sinónimo de color amulatado, moreno, lo que concuerda con la nota de Las Casas. Algunos escritores puertorriqueños han caido en error, por seguir á Iñigo Abbad. Y respecto á la nariz, confundió nuestro primer historiador la nariz corta con ventanas dilatadas del indo-antillano con la nariz chata de la raza africana. En el lenguaje antropológico la nariz de nuestro indio era mesorrina y la del africano es platirrina.

Las facultades mentales del boriqueño correspondían á las del hombre natural en el período neolítico; con la inferioridad comprobada de la raza roja ante la raza blanca; más, la influencia deprimente de los trópicos sobre un organismo, que no tenía las ventajas positivas del cruzamiento étnico. El mestizaje es favorable á ciertas razas. El desarrollo intelectual del boriqueño era escaso, la voluntad tardía, pero la memoria feliz, porque la cultivaba para la recitación de sus historitos areytos.

Refiere Las Casas, que de veinte á treinta pliegos de papel, escritos sobre doctrina cristiana, el indígena los conservaba todos en la memoria y los repetía sin tropezones.[[131]]

En la numeración el boriqueño llegaba hasta 20. Se conservan los nombres de los cuatro primeros números. El indo-antillano tenía vocablos hasta diez. De once en adelante hasta veinte recurría á los dedos.[[132]] Entre los caribes la palabra usada para decir diez significa los dedos de ambas manos, y para decir veinte la voz equivale á los dedos de pies y manos. Según el padre Gumilla, los indios del Orinoco se servían también de los pies y de las manos juntos para indicar veinte.[[133]] Según Dobritzhofer, el guaraní no tenía palabras más que hasta cuatro, y de ese número en adelante decía incontable. Si ésto es cierto, el Caribe y el Aruaca habían adelantado á su progenitor, pues llegaban hasta 10 con palabras y hasta 20 con signos. No es de extrañar tan penosos avances en el cálculo, porque nada hay más abstracto que la idea del número.

El boriqueño no tenía ideas cronológicas. El tiempo corría para él impensadamente. Sólo procuraba retener en sus históricos areytos los sucesos más memorables de su pueblo, ó los que más herían su imaginación pueril. El tiempo para él se concretaba á la división patente del día y la noche. Estaba lejos de poder utilizar los cuartos de luna como los peruanos; y mucho menos la marcha del sol como los mejicanos.

Cuando los conquistadores pusieron el pie en Boriquén, los naturales vivían ya en clans ó tribus, diseminadas por varios puntos de la Isla.[[134]] El gobierno de estas agrupaciones era patriarcal, tratando los régulos á sus súbditos como si fueran sus propios hijos: palabras textuales del obispo de Chiapa.[[135]] Amor que fué correspondido fielmente por los indígenas, cuando el triste período para ellos de la Conquista, en el que procuraron ocultar cuidadosamente á sus jefes de la activa persecución de los invasores, que tendían siempre á apoderarse de los caudillos para sofocar las iniciativas guerreras en contra de la colonización española.

Lo que podríamos llamar la constitución política del boriqueño, era monárquica, con su soberano, el cacique; el gobierno paternal con los subjefes ó nitaynos, y la casta sacerdotal de bohiques. Naturalmente, con todos los defectos de una sociedad humana incipiente: como que era el hombre de la edad de la piedra. En Boriquén había un jefe principal, que en la época de Ponce de León (1508) era Agüeybana, á quien los otros caciques de la Isla veían como más potente. La Española, ó sea Haytí, estaba dividida en cinco cacicazgos principales, con sus correspondientes reyezuelos Guarionex, Guacanagarí, Bojekio[[136]], Caonabó é Higuanamá.

La división social de los indios de Boriquén era: el cacique, ó jefe de la tribu; el bohique, ó augur curandero, como si dijéramos médico-sacerdote; el nitayno, subjefe ó lugarteniente á las órdenes del cacique; y el naborí, ó miembre de la tribu. Esta sencilla agrupación tenía desde luego su plan administrativo y la división del trabajo con arreglo á su limitada civilización y reducidas necesidades. Correspondía al cacique, como jefe supremo de la aldehuela y su comarca, cuidar de los aprestos guerreros y de la defensa general del poblejo, mantener las buenas relaciones con los régulos vecinos y obedecer las órdenes del jefe más fuerte de la Isla, que vivía al Sur. El nitayno, ó sub-jefe, venía á ser el lugarteniente sustituto del cacique. Eran varios: uno cuidaba de los límites del cacicazgo; otro atendía á los cultivos y recolección de frutos; otro á la caza; otro á la pesca; otro á la confección del casabí; etc. Disponía cada nitayno de un pelotón de naborís, que trabajando en cuadrillas podían cumplir con sus faenas. Las mujeres no eran agenas á algunas de estas labores. Es indudable, por lo tanto, que las incipientes industrias de alfarería, tallado y pulimento de hachas y demás utensilios de piedra ó madera, tejido de algodón y cordelería de majagua y maguey para hamacas, redes de pescar, taparrabos y faldellines, construcción de arcos, flechas, azagayas y macanas, estaban regularizadas de algún modo; pero era una reglamentación al fin. Así estaría también el comercio de estos objetos entre las aldehuelas é islas vecinas.

Los jefes indo-antillanos tenían tres categorías, como si dijéramos las de capitán, teniente y alferez que venían á corresponder á los vocablos Matunjerí, Bajarí y Guaojerí.[[137]] No eran títulos de nobleza, ni mucho menos; pero, sí expresiones de aprecio y distinción para establecer cierta distinción social de personas entre ellos. La humanidad en sus procedimientos, se repite con frecuencia en distintas zonas, porque el hombre ha tenido que pasar por fases muy parecidas en todas las partes del planeta.

El bohique, curandero augur, cuidaba como agorero de los ritos y ceremonias religiosas; y como médico de la salud de los miembros de la tribu. Atendía también á la educación de los indiezuelos en lo correspondiente á enseñarles los areytos ó romances históricos, para que conservaran en sus memorias las hazañas de sus antepasados y la sucesión de las cosas. Era ayudado en esta labor, de la música, que siempre atrae sobremanera al hombre natural y sencillo. Un recitado monótono con alguna nota discordante y su obligado estribillo era la canción boríqueña. Acompañaba al areyto el ritmo cadencioso del tamboril de madera, llamado magüey, y el ruido acompasado de la sonajera hecha con una higüera pequeña y vacía, con pedrezuelas dentro, la maraca, que ha llegado hasta nosotros, conservada por tradición entre nuestros campesinos. A la recitación del aretyo se unía la danza ó araguaco. Estos espectáculos no sólo tenían carácter histórico, sino algunas veces religioso ó guerrero. También era costumbre del bohique preparar á los jóvenes indios, que habían de sustituirle en el ejercicio de la hechicería y curandería.