Y, finalmente, el último miembro de la tribu era el naborí, el hombre más inferior del clan, dedicado á labriego, sirviente, cazador, pescador ó guerrero, según las necesidades de la agrupación. El naborí venía á ser como el vasallo pechero de la antigüedad.
Este era el orden correlativo social de nuestro indígena, que atravesaba en la época del Descubrimiento, el tercer período de la edad de la piedra, ó sea el neolítico; no conociendo aún el uso de los metales útiles; pero si utilizando la madera y la roca pulimentada, y viviendo en pacífico consorcio, sujeto á un método civil patriarcal; rindiendo culto á sus ideas religiosas de pueblo primitivo, y desenvolviéndose en la agricultura, la industria y el comercio, en harmonía con su rudimentaria civilización.
Hemos dicho, que el aduar de Agüeybana, el régulo principal de Boriquén, demoraba al Sur de la Isla. Opinamos, que se llamaba Guaynía, vocablo indio, alterado en los cronicones con el cambio de la n en d (Guaydia). Era el mejor caserío indígena; y estaba junto al río de su mismo nombre, que naciendo en las alturas de Macaná, vierte sus aguas en el mar Caribe.[[138]] Fué visitado Guaynia por el conquistador Juan Ponce de León, en 1508, cuando practicó la primera exploración del Boriquén. En el repartimiento de indios, que hizo Juan Cerón, en Noviembre de 1509, adjudicó Agüeybana con su ranchería y trescientos súbditos á don Cristóbal de Sotomayor, hijo de la condesa de Caminar, que trajo á las Indias una Real Cédula, en la que se le hacía merced, como poblador, del mejor cacique de esta Isla.[[139]]
Las otras aldehuelas principales de Boriquén radicaban en valles apropiados: la del cacique Caguax junto al río Turabo; la del cacique Mabó en Guaynabo; la del cacique Majagua en Bayamón; la del cacique Guacabo junto al Sibuco, río de Vega Baja; la del cacique Guaraca junto al Guayaney, en Yabucoa; la del cacique Guamaní en los territorios de Guayama; la del cacique Canóbana junto al Cayniabón, en los campos de la actual Carolina; la del cacique Orocobix en las alturas del Jatibonicu, hoy Aybonito, Barranquitas y Barros; y la del cacique Aramaná en las márgenes costeras del río Toa. Cuando la conjura general de indígenas, contra los conquistadores, aparecieron otros caciques, no pacificados, que se pusieron al frente del alzamiento, y que también tenían sus correspondientes aldehuelas. La de Guaybana era la misma de su hermano Agüeybana, cuyo cacicazgo había heredado, no inclinándose á ser guaitiao de los españoles; y fué puesto este valiente indio, uno de los primeros jefes instigadores de la rebelión de 1511. La ranchería de Urayoán estaba junto al Guaorabo, en Yagüeca, comprendiendo los territorios de Añasco y Mayaguez; la de Aymamón en las riberas del Coalibina, por la Aguada; la de Mabodamaca, en el Guajataca, comprendiendo los llanos de Quebradillas é Isabela; y la del valiente Guarionex, destructor del fortín de Sotomayor, en el Otoao. Posteriores al alzamiento de 1511, aparecieron alzados en armas los caciques Jumacao, de Macao y Yuquibo del Daguao, siendo éste el último cacique que hizo frente á los españoles.
Indudablemente habría algunas otras aldehuelas en el Boriquén; así como las de segundo orden, correspondientes á los nitaynos ó sub-jefes; pero sus rastros no hemos podido encontrarlos con fijeza en los cronicones del Archivo de Indias.
La historia nos conserva detallada la descripción del poblejo, que creemos perteneciera al cacique Aymamón. Hé aquí como nos lo pinta el hijo de Colón, narrando el segundo viaje de su padre: “Después aportó (el Almirante) á la isla que llamó San Juan Bautista, que los indios llamaban Boriquén. Y surgió con la armada en una canal de ella á Occidente; donde pescaron muchos peces, algunos como los nuestros, y vieron halcones[[140]], y parras silvestres[[141]] y más hacia Levante fueron unos cristianos á ciertas casas de indios, que según su costumbre estaban bien fabricadas, las quales tenían la plaza[[142]] y la salida hasta el mar, y la calle muy larga, con torres[[143]] de caña á ambas partes, y lo alto estaba tejido con bellísimas labores de plantas y yerbas como están en Valencia los jardines, y lo último hacia el mar era un tablado en que cabían diez ó doce personas, alto y bien labrado.”[[144]]
En todas estas aldehuelas la casa del jefe se diferenciaba en construcción de la de sus súbditos. El bohío del régulo, llamado caney, tenía configuración cuadrilonga con un pequeño pórtico, frente al batey ó plazoleta; las de los demás indígenas eran circulares, y procuraban construirlas dejando un callejón entre ellas y dos calles principales. Cualquiera población se llamaba yucayeque y cada una tenía su nombre propio para diferenciarlas. Algunos nombres se conservan, adjudicados hoy á lugares ó ríos. Otros se han perdido. Hemos podido salvar del olvido diez y ocho: Guaynía, de Agüeybana; Aymaco, de Aymamón; Yagiieca, de Urayoán; Guajataca, de Mabodamaca; Abacoa, de Arasibo; Otoao, de Guarionex; Sibuco, de Guacabo; Toa, de Aramaná; Guaynabo, de Mabó; Bayamón, de Majagua; Haymanio, de la cacica Yuisa: Cayniabón, de Canóbana; Turabo, de Caguax; Guayaney, de Guaraca; Guayama, de Guamaní; Jatibonicu, de Orocobix; Macao, de Jumacao; y Daguao, de Yuquibo.
El descubrimiento del fuego y su uso en el hogar ha sido uno de los pases de avance de la humanidad. Antes de la invención de sacar chispas de un trozo de cuarzo y de las pajuelas de azufre, parece inverosímil creer las grandes dificultades del hombre antiguo, de todos los paises, para procurarse lumbre. De estos contratiempos se originó en algunos pueblos primitivos el dedicar ciertas personas á conservar el fuego; después se castigó con extremado rigor á sus guardadores, si dejaban que se apagara. Tal ha debido ser el origen de las vestales, que trajo la santidad y culto del fuego. El boriqueño, en la época colombina, contaba ya con este progreso humano. Lo obtenía por el frotamiento sostenido de maderas apropiadas. Sobre la juntura de dos troncos, muy secos, pareados y atados con un fuerte bejuco, hacía jirar perpendicularmente un recio palo, de punta, dándole el movimiento de vaivén, que se suele imprimir al molinillo de madera de una chocolatera. ¡Con qué regocijo vería el indígena brotar el ansiado guatú (el fuego) y con qué solicitud procuraría conservarlo! Refiere Pigafetta, en la relación del viaje de Magallanes, que en algunas de las islas Marianas no se conocía el fuego. Este viaje fué en 1521. De manera, que nuestro indígena, en 1493, estaba más adelantado que los naturales de algunas islas del Pacífico. En cambio, en otras le superaban en todo.[[145]]
La aptitud afectiva se desarrolla en el hombre al par de la inteligencia: primero imperan las necesidades animales; y satisfecho el incentivo del hambre y apagada la sed surge el deseo bestial. Estos han debido ser los primeros móviles del salvaje; y luego, al constituir familia y cultivar el suelo, pasando el hombre de la horda á la tribu, ha desenvuelto ya los sentimientos afectivos del amor. El boriqueño, en la relación de sexos y vida doméstica practicaba la poligamia, principalmente los caciques. Adquiría muchas veces su mujer mediante el dote de un collar de cuentas marmóreas, llamado colesibí, á cuya prenda daba extremado valor y estimación. Entre los jefes solía obtenerse la hija de un cacique ó de un nitayno mediante la dote de un guanín. Naturalmente, que no ocurriría esto con el infeliz naborí, que se procuraría su mujer á más bajo precio, ó aceptando los despojos de sus jefes. La compra de la mujer la encontramos en todos los pueblos. Entre los boriqueños el matrimonio no tenía carácter religioso. Lo mismo sucedía en la América del Norte.[[146]] Los Aruacas de la América meridional, de cuyo tronco procedían nuestros indígenas, no observaban ninguna ceremonia para el casamiento.[[147]] Igual costumbre tenían los Guaranís del Brasil[[148]], generadores de los Aruacas. El pueblo romano, en la noche de los tiempos, tenía la poligamia jurídicamente permitida[[149]], y tuvo el matrimonio por compra (coemptio), que llegó hasta la época de las Doce Tablas, donde fué elevado á una especie de matrimonio civil.[[150]] Los babilonios vendían las mujeres para el casamiento, en pública subasta, mediante un pregonero y al mejor postor; y con el dinero que producía la venta de las hermosas se dotaban las feas, para que pudieran colocarse maritalmente.[[151]]
Empero, el amor entre nuestros aborígenes era algo más que el deseo de posesión de la hembra; y aunque cada cacique retenía para sí dos, tres ó más mujeres, al capricho, siempre había una predilecta; conservando respecto á las herencias el matriarcado, por lo que los hijos de las hermanas sucedían á los caciques en el gobierno de los cacicazgos.[[152]] Los hijos de Agiieybana no heredaron de su padre el gobierno de Guaynía y la supremacía de Boriquén, sino su hermano Guaybana. Las delicadezas y sentimientos morales del verdadero amor era natural fueran desconocidos á nuestros indígenas, dado el estado de cultura inferior en que se encontraban; pero, á pesar de esta poligamia no había adulterio entre ellos, ni ningún indio forzaba á mujer alguna.[[153]]