El boriqueño, al levantarse por las mañanas solía bañarse en el río ó la quebrada; y después, ayudado de la india hacía su tatuaje correspondiente, el embijamiento de la piel. El indo-antillano era muy afecto á las abluciones y se lavaba con frecuencia noche y día.[[154]] Usaba el tatuaje para preservarse de las inclemencias del tiempo y de la molesta acción de los insectos, principalmente de las picaduras del mosquito grande, el corasí, y del mosquito pequeño, el jején. Preparaba sus adobes y cosméticos con el grano del achiote, la bija[[155]], el cual reducido á polvo en el pétreo morterillo y mezclado con aceite vegetal, quedaba hecho un ungüento para el embijamiento de todo el cuerpo, después del matutino baño. Cuando los jefes se preparaban para una guerrilla, ó cuando el bohique iba á impetrar los augurios de la divinidad, solían hacerse grandes fajas, alternas, con el teñido del negruzco jugo de la jagua.[[156]] La guerrilla, ó guasábara, era provocada generalmente porque el vecino invadía el territorio en busca de pesca ó caza, ó por haber hecho la petición de la hija de un cacique inmediato para casamiento y recibir una negativa de parte del otro régulo, ó dársela á otro cacique.
Respecto á la idea de la propiedad, Pedro Mártir de Anglería cayó en el error de anotar, que los indo-antillanos no conocían lo mío y lo tuyo. El célebre cronista escribía sobre este punto bajo la impresión de los informes del primer viaje del Almirante, limitado á las islas Lucayas y á una exigua parte de Cuba y Haytí. El boriqueño, en la época colombina, tenía ya idea rudimentaria de la propiedad y de la división del trabajo; y era leal á sus vecinos no practicando el hurto de los objetos particulares. Refiere Las Casas,[[157]] que en los primeros tiempos de la colonización de La Española, no usaban los pobladores llaves ni cerraduras en las arcas, y que jamás faltó un granillo de oro en las casas, ni una ropilla, ni objeto alguno.
El boriqueño era en sus comidas muy frugal. Su alimento común era la batata ó el boniato, asados, é impregnados del picante ají. Su pan, el casabí. Utilizaba las frutas silvestres, que no cultivaba. El maíz lo comía crudo ó tostado. Pescado, ave ó reptil era plato extraordinario, en cuyo guiso usaba el vinagre de yuca. No conocía el uso de la sal en confecciones culinarias. El indígena de Cuba y Santo Domingo tenía varios animalillos, como la jutía, que aprovechaba en su alimentación, el boriqueño carecía de ellos, ó si los tuvo fueron muy escasos. Por bebida común tenía el agua, aunque sabía sacar partido del casabe y del maíz, fermentados, para preparar una bebida excitante. Tomaba su alimento por la mañana y por la noche. Después de la cena fumaba su tabaco. Y como no todos eran fuertes á la acción de la nicotina, y habría también sus novicios, algunos solían vomitar la comida: lo que indujo á creer que el indio usaba la nicociana planta como vomitivo. Y el error fué más grande aún al anotar, que el curandero tomaba siempre de la misma medicina que su doliente clientela, cuando vieron los primeros invasores que el indígena enfermo y el bohique fumaban juntos los informes cigarros y quedaban envueltos en bocanadas de humo. No hubiera sido entonces muy socorrido el oficio de médico; ni, aceptada la disparada noticia, puede concebirse organismo humano que la resistiera. En este punto el ermitaño Pane y el cronista Oviedo cayeron en error craso.
Existen en determinados puntos de la Isla unos estadios ó palenques, que los actuales habitantes del país designan con el impropio nombre de juegos de bolas. Indudablemente el boriqueño trabajó y preparó estos sitios para congregarse en ellos con algún fin. Estos palenques están limitados por bloques pétreos de diversos tamaños. Las piedras mayores no exceden de una vara; y vienen á determinar un espacio de seiscientos á mil pies cuadrados, en forma rectangular.
Estas plazoletas servían para juegos de pelota, danzas y cantares (los areytos) y ejercicios guerreros. Pobres esbozos del estadio griego y del circo romano. En ellos tendrían también los caciques, bohiques y nitaynos sus asambleas para resolver sus algaradas bélicas, ó guasábaras, á fin de defenderse de las invasiones caribeñas y también para tomar consejo sobre sus luchas internas, por límites de cacicazgos. El doctor Stahl partió de ligera, al aceptar la leyenda de nuestros campesinos, de que esos sitios eran juegos de bolas.[[158]] He aquí como Las Casas describe estos estadios, que en Santo Domingo llaman corrales de indios y nuestros jíbaros les han dado el impropio nombre de juegos de bolas: “Tenían los indígenas una plaza, comunmente ante la puerta del señor, muy barrida, tres veces más longua que ancha, cercada de unos lomillos de un palmo ó dos de alto; y el salir de los quales la pelota era falta. Poníanse veynte ó treinta indios de cada parte, á lo largo de la plaza. Cada uno ponía lo que tenía... Echaba uno la pelota é rebatíala el que se hallaba más á mano. Si la pelota venía por alto, la rechazaba con el hombro; si venía por lo bajo, con la mano derecha. De la misma manera la tornaban hasta que alguno caía en falta. Era alegría verlos jugar cuando encendidos andaban, é mucho más cuando las mujeres unas con otras jugaban é rebatían la pelota con las rodillas é con los puños cerrados.”[[159]].
El boriqueño hacía la pelota con motas de algodón, fibras de palmera y la pez del fruto del árbol cupey. Cerca de algunos ríos y quebradas se encuentran los restos pétreos de estos palenques, llamados batey, y radicaban cerca de alguna corriente de agua, por la sencilla razón de que los boriqueños, después de sus agitados juegos, se bañaban con placer. El vocablo batey se ha conservado entre nosotros pasando á designar la plazoleta que hay frente á las casas de campo, y en los ingenios azucareros frente á la fábrica ó trapiche. En la aldehuela indígena no había batey más que frente á la casa del jefe.
Si aficionado era el boriqueño al juego de pelotas no lo era menos al baile. Al son de sus roncos atabales y tarareando una coplilla danzaban alegremente y bailaban su araguaco. Colocaban los brazos de unos sobre los hombros de otros, formando hileras. Las indias, por su parte, bailaban con el mismo compás, tono y orden que los hombres. La cancioncilla iba al tenor de sus sencillos instrumentos.[[160]] Todavía conservamos de ellos la alborotadora maraca, y el áspero güiro; y al seco tamboril ó magüey, se le ha agregado el retumbante cuero para hacerlo más sonoro.
El boriqueño tenía quien le atendiera en sus enfermedades. El hombre primitivo de todos los pueblos ha considerado las enfermedades como enviadas por un poder sobrenatural. Ha creido entonces que era su deber aplacar á la divinidad ofendida. Y de ese amalgama imaginario de espíritus maléficos y enfermedades nació la idea de hermanar y fundir en una sola las dos facultades, la del médico y la del sacerdote. Por eso el bohique era curandero augur. Cuando sus auxilios eran solicitados para un paciente, empezaba el bohique por sugestionar al enfermo, haciendo una invocación á los espíritus, como lo hacen hoy los mediums espiritistas, que se dedican al arte de curar. Hecha la invocación al zemí—algún muñeco de piedra, barro, madera ó algodón, que no faltaba como dios penate en la choza indo-antillana—empezaba el bohique á reconocer al enfermo. Entre las maneras que tenía de curar á los enfermos descollaba el masaje. Empezaba por los hombros y brazos, continuaba por todo el cuerpo y terminaba por las piernas, estregándolo siempre y soplando.[[161]] Si consideraban al enfermo muy malo daban orden á los parientes que lo sacaran del bohío y lo llevaran al monte. Allí lo acomodaban, le dejaban algunas vasijas con agua fresca y algunas cosas de comer. Y de cuando en cuando iban á lavarlo con agua fría, por lo adicto que eran á las abluciones corporales.[[162]] El bohique purgaba á sus enfermos con la semilla del tau-túa, ó ben purgativo; y probablemente también con la semilla del tártago, llamado hoy en Cuba y Santo Domingo piñón, y cuyo nombre primitivo hemos perdido. Estos arbolitos medicinales los cultivaba el indígena junto á su choza.[[163]]
El boriqueño enterraba sus muertos lejos de la casa, en simples sepulturas, colocando los cadáveres sentados. Al indo-antillano le acompañaba su amuleto, ó dios tutelar, hasta la fosa. Con el cacique difunto solía algunas veces enterrarse espontáneamente alguna de sus mujeres. Era el amor ciego y consecuente más allá de la tumba. Era la hembra fiel, siguiendo á su macho hacia lo desconocido. El amor violento y brutal arrostrando toda clase de peligros. Hoy pasa lo mismo con distinta morfología. La mujer, más sensible que el hombre, siempre está dispuesta al sacrificio.
Estrañará á algunos, que hayamos concedido civilización y un estado político-social-religioso al pueblo indio boriqueño, que vivía en completa desnudez, los hombres con un simple taparrabo, las mujeres casadas con un faldellín de algodón, la nagua[[164]], desde la cintura hasta los tobillos, y las doncellas como sus madres las parieron. Mas, esta sorpresa desaparece tan pronto tengamos en cuenta, que era un pueblo primitivo, morando en una zona tropical. El hombre de los países fríos, aunque sea salvaje, es el que procura satisfacer como una de sus principales necesidades el cubrir sus carnes, para resguardarlas de la inclemencia de las estaciones. El pueblo ario, que procedía de una zona cálida, al invadir la Europa, llevaba únicamente como vestido un mandil de cuero.[[165]]