Refiere Las Casas, que “cuando algún indio iba caminando é veía algún árbol que con el viento, más que otro, se movía, de lo cual el indio tenía miedo, llegaba á él é le preguntaba: Tú, ¿quién eres? é respondía el árbol: Llámate aquí á un bohique y él te dirá quien yo soy.”[[168]] Venía entonces el augur, practicaba unas cuantas ceremonias, cortaba el árbol, hacía fabricar á los artistas de la tribu una grotesca estatua del tronco y le consagraban una casa y sus ofrendas. La explicación de esto es bien sencilla: el pobre indio, sugestionado por el miedo, había oido todas esas voces, y era explotado por otro indio, el bohique, un embaucador, más listo que él. Generalmente el augur marchaba de acuerdo con el jefe de la tribu, el cacique. La historia de todos los tiempos. El culto de los árboles ha existido en Asiria, Grecia, Polonia, Francia, Vizcaya, Alemania, Inglaterra y otros muchos países, bajo otras formas, y hasta prestándole veneración profunda al mismo árbol.
En los ídolos mamiformes, de piedra, se encuentran muchos con la faz de múcaro, lagarto, ú otro reptil ó ave; y también algunos con pies humanos, los que comprueban el pase lento de la zoolatría al antropomorfismo. Luego vienen ídolos con cara y pies humanos, que confirman la completa transición mitológica. Había, pues, tres clases fundamentales de estas piedras cónicas. Describiendo el historiador Las Casas[[169]] los dioses de piedra de los indo antillanos dice, que unos eran para favorecer sus sementeras. Creemos nosotros, que estos serían los que tienen cara de lagarto, sabandija que anda siempre por los campos entre los sembrados. Otros ídolos eran para impetrar la lluvia y el buen tiempo. Opinamos, serían los que tienen faz de pájaro porque el ave cruza la atmósfera y se pierde á veces con su alto vuelo entre las nubes. Y los terceros eran para que las indias tuvieran buena dicha en parir. Estos ídolos corresponderían á los que tienen cara y pies humanos. Aunque el obispo de Chiapa no cita más que estas tres clases, nosotros, por inducción lógica, nos inclinamos á creer que los ídolos con figura de tortuga, ó de pez, serían para obtener buena pesca. Los de cara de múcaro para la buena caza. Y los que les recordaban sus valientes jefes los invocarían al emprender sus guerrillas.[[170]] Vése, empero, en toda esta morfología la variedad en la unidad religiosa.
Adelantemos más aún en nuestras apreciaciones. El indio de Boriquén creía desde luego en un espíritu benéfico, al tener en sus piedras cónicas determinadas aspiraciones religiosas á su favor: creencias que nos ha conservado el venerable Las Casas, observadas personalmente por él mismo y corroboradas con los informes precisos de sus cofrades, los otros tres religiosos citados. La cordillera central de la Isla, con su abrupto monte Luquillo, tuvo que impresionar vivamente la infantil imaginación de nuestros indígenas. En el totemismo, ó culto de la naturaleza, obsérvase la adoración de las montañas; pues bien, nosotros creemos que el artista boriqueño figuraba en sus ídolos mamiformes pétreos el monte Luquillo, donde moraba para ellos el espíritu benefactor de su país, representado en animal (zoolatría); en animal con pies humanos (período de transición mitológica); y en ídolo completo humano (antropomorfismo); llevando siempre á cuestas la Isla.
Una de las grandes preocupaciones de los pueblos primitivos ha sido idear cómo fué la creación de cielo y tierra. No hay que olvidar nunca, dice Lubbock[[171]], que la idea de los salvajes sobre la Divinidad es esencialmente diferente de la que profesan las razas superiores. Para ellos, el dios forma parte del cosmos. Así, pues, para nuestro boriqueño su benéfica divinidad formaba parte de la naturaleza de su Isla.
Ahondemos algo más en esta tesis religiosa. Fray Román Pane nos asevera, que los haytianos creían que su dios les daba y conservaba la yuca. Según Las Casas el dios de Hayti se llamaba Yucahú Bagua Maorocotí; manifestando el ingenuo cronista que no sabía lo que por este nombre los haytianos querían significar. Estudiemos filológicamente estas palabras. Yucajú (Las Casas escribe Yucahú) palabra compuesta de Yuca y jú. Ya sabemos que yuca ó yuka es el utilísimo tubérculo farináceo del cual hacían los indo-antillanos su pan casabí. El sufijo hú, jú ó yú significa blanco, según Rafinesque.[[172]] El segundo vocablo es Bagua, que en el habla indo-antillana equivale á la mar. En la palabra Maorocotí hay aglutinación de raices. Ya sabemos que las lenguas americanas son polisintéticas. (Duponceau, Lucien Adams, etc.) Descompongamos, pues, este vocablo, Ma-o-roco-tí. En esta palabra, es nuestro parecer, están condensados los atributos de la divinidad haytiana. Ma, grande; ti, alto, elevado, poderoso; o, montaña; roco, el verbo, que da á conocer (roco significa conocer) dichos atributos. Es decir, que Yucajú Bagua Maorocotí equivale á Yuca Blanca; grande y poderosa, como el mar y la montaña. Este era para los haytianos su dios bienhechor. Robertson[[173]] incurre en un error, al afirmar que los habitantes de estas islas admitían seres, á quienes llamaban Cemís, y que los tenían por autores de todos los males que aflijían á la especie humana.
Reflexionemos un poco sobre las dificultades primeras de los indo-antillanos para poder extraer de un tubérculo venenoso, como la yuca, su alimenticio pan; y no nos extrañará su adoración simbólica (Fitolatría) á la bienhechora y misteriosa planta que los sustentaba. ¡Qué sorpresa, cuando manipulándola bien, por vez primera obtuvieron la buena harina! ¡Qué terror, cuando los mataba rápidamente, sin saber extraerle el farináceo producto! ¡Terrible misterio para la infantil imaginación de aquellos hombres primitivos! ¡Cuántos tanteos debieron haber tenido para llegar á la realidad conveniente de separar el venenoso jugo de la útil harina! Así como el hombre primitivo, al ver hervir el agua y percibir el rumor que se desprendía de la vasija, el movimiento contínuo de las burbujas de aire, y la agitación creciente del hirviente líquido, creyó que allí, en el fondo de la marmita, había un espíritu supremo, que de repente se le manifestaba, de igual modo el indo-antillano creyó que en la misteriosa acción de vida y muerte que se encierra en la yuca, existía un poderoso espíritu, que le convenía acatar y venerar para tenerle propicio, á fin de que le favoreciera siempre con la parte bienhechora de la misteriosa planta.
Corrobora nuestro aserto el valor que le daban ciertos pueblos indios al vocablo yuca. En el lenguaje tupí-guaraní significa matar. De yuká, matar, derivaron los tupí-guaraní el vocablo tupá, dirigido á la Divinidad, y que equivale á quién es, significando qué espíritu residiría en aquella planta, la manioca ó yuca, que producía á veces la muerte, y también daba la vida, mediante su alimenticia harina. Y nosotros opinamos, que esta lengua, la tupí-guaraní, ha sido la madre de la caribe y de la aruaca. Todavía encontramos la palabra yuca, con igual significación, matar, entre los Oyampis del Brasil[[174]] y los Cumanagotos[[175]] y Tamanacos de Venezuela.[[176]]
Pasemos á Boriquén. La misma unidad religiosa tenían los boriqueños. Solamente que á nosotros no ha llegado más que el primer vocablo Yucahú, conservado en el nombre que se le asigna hoy al monte Luquillo, el más alto de la Isla. Los primeros españoles que vinieron al Boriquén oyeron á los indios decir Yuquiyú, y sin precisar la difícil fonética de una lengua desconocida, juzgaron que se trataba de algún cacique loco; adjudicándole desde luego, sin más reflexión, el diminutivo de esa palabra. Los indios de la isla Yucayú, de las Bahamas, han pasado á la historia con el nombre de Lucayos, trastocando los cronistas la Y en L, y la u final en o, para castellanizar la palabra. Lo mismo ha pasado, con otros muchos vocablos indo-antillanos, cambiando, suprimiendo ó agregando letras y sílabas.
De Luquillo tenemos, depurando la palabra filológicamente, Yuquiyu—Yukiyu—Yukayu—Yucajú. La aspiración fonética, que tenían los indo-antillanos como los árabes[[177]], la fijaban los cronistas en sus notas, indistintamente, con una h, una y griega ó una jota. De manera que los boriqueños y los haytianos veneraban el fruto que les producía su blanco pan, su casabí, bajo un simbólico dios, protector de sus sementeras. El culto de las plantas útiles, ó dañinas, forma parte de las mitologías. La palmera, el árbol del pan, la higuera, el trigo, la viña, etc., han sido adorados en la antigüedad. Es el efecto del animismo difuso. En la virtud íntima de las plantas el hombre primitivo creyó que residía un espíritu que le concedía aquel don. De ahí nos ha quedado el simbolismo litúrgico del trigo y de la uva, que de los misterios eleusianos ha pasado á la eucaristía de los católicos. De Brosses[[178]] dice: “Los primeros hombres consagraron las plantas que brotan de la tierra y las tuvieron por dioses y las adoraron, aunque vivían de ellas.” Una gran verdad, que vemos comprobada con el desenvolvimiento mitológico que hemos explicado en el indo-antillano.
En ese pedrusco cónico ó mamiforme, figurando una montaña, que descansa sobre un animal, pájaro ó ser humano, y que parece que la lleva á cuestas, hay toda una leyenda religiosa. Tras el totemismo de los boriquenses adorando la planta yuca (fitolatría) y venerando animales y pájaros (zoolatría) surge la figura humana de otros ídolos (antropomorfismo); pero en esta variedad de formas está la unidad fundamental de la Divinidad, radicando en el espíritu bienhechor Yucajú, que moraba en la alta montaña, formando parte de ella, y á quien los boriqueños invocaban para todas sus necesidades; siendo los zemís, ó dioses tutelares, unas irradiaciones del gran Yucajú, convertido en Yukiyu el dios protector de Boriquén.[[179]]