El espíritu maléfico de los indo-antillanos era Juracán, cuyo vocablo ha pasado á nosotros conservado en Huracán: palabra con que se designan esos violentos ciclones, que periódicamente visitan las islas de nuestro Archipiélago, produciendo grandes estragos y destruyendo vidas y haciendas. Natural era que estos terribles meteoros impresionaran hondamente las sencillas imaginaciones de nuestros indígenas; y á juzgar por el destrozo de sus sementeras, derrumbamiento de sus bohíos, caida de las corpulentas ceibas y demás árboles, arrancados de raíz, desbordamiento de los ríos, y daños por todas partes, concibieran la idea de un espíritu perverso, dirigiendo la trayectoria del ciclón y encarnado, por decirlo así, en el mismo dañífico meteoro. Y, como una prueba más fehaciente de lo que aseveramos, véase que para designar al espíritu maligno los Chaymas dicen Yorocián, los Tamanacos Yolokiamo, los Cumanagotos Yroklamo, los Galibis Yurakán, los Caribes Yoroko, los Apalay Yoloco, los Guayanenses Yoloc y los Ypurocotes Yucreca.[[180]] El mismo vocablo, designando al espíritu maléfico, en fermentación fonética, ha sufrido alteraciones de letras ó sílabas y ha cristalizado por fin con algunas variantes, más ó menos acentuadas, en todos estos dialectos indios.[[181]] Jurakán era, pues, el espíritu maligno de los indo-antillanos. Llamaban Maboyas á los fantasmas nocturnos, que creían ellos rondaban por sus sementeras, atribuyéndoles los pequeños daños ocurridos en sus labranzas, los perjuicios en sus casas y las enfermedades de sus hijos y mujeres. Los Maboyas eran irradiaciones de Jurakán. Como los indígenas tenían gran miedo á los fantasmas de noche, creían en las apariciones de las ánimas de los difuntos, las que llamaban jupias, y de lo cual daban cuenta inmediatamente al bohique, quien tenía buen cuidado de atemorizarlos por la tal aparición y les pronosticaba algún mal.[[182]]
El bohique tenía su puesto social en el pueblo boriqueño, completamente independiente del cacique. Este era el jefe de la tribu, aquel el curandero y el augur, intermediario con la divinidad indígena. En la época de la recolección de las mieses se llevaban ofrendas de casabe, boniatos, batatas y maíz al zemí, que estaba en la casa grande de los caciques, llamada caney; y también llevaban ofrendas á la choza del bohique. Los niños consumían estas viandas. No había templos públicos, pero sí alguno que otro adoratorio, llamado ku, que era una casa de pajas, como las otras comunes, algo apartada de las demás, según Las Casas. También solían utilizar algunas cavernas para adorar sus zemis.[[183]] Pasemos á la liturgia. Cuando el bohique iba á consultar al ídolo, antes hacía la ceremonia llamada cojoba, que era absorver por las narices el cojibá, tabaco en polvo, tomado de un plato redondo, hecho de madera negra, muy lisa y pulimentada. Esta ceremonia la hacía el bohique mediante un instrumento, también de madera negra, en forma de una Y griega mayúscula, según Oviedo, ó dos tubillos de cañas huecas, pareadas, según otros autores. Estimulado el augur por el narcotismo del tabaco, como un poseido, empezaba á profetizar. Igual ceremonia solían practicar juntos bohique, cacique y nitaynos cuando había que resolver, en consejo de jefes, alguna cuestión ardua, como sus guerrillas, que eran muy frecuentes por motivo de los límites de sus cacicazgos. Dato importantísimo, anotado por Las Casas, y que desvirtúa por completo el consignado por Mártir de Anglería, de que los indo-antillanos no conocían lo mío y lo tuyo, ó sea que no tenían los rudimentos principales del derecho de propiedad.
El fumar tabaco nunca fué una ceremonia religiosa entre los indígenas, sino un uso común, como se deduce claramente del libro de bitácora del Almirante y de la historia del Obispo de Chiapa. El tabaco entraba en la liturgia religiosa en forma de rapé. Son curiosos los detalles del ceremonial. El primero que tomaba polvos era el cacique, sentado en un dujo, reinando un gran silencio. Aspiraba el cobijá por las narices, se quedaba un rato con la cabeza vuelta á un lado y los brazos puestos encima de las rodillas. Después, alzaba el rostro hacia el cielo, hablaba ciertas palabras y daba, por fin, su opinión á la concurrencia de jefes.[[184]] Así procedían los demás concurrentes. El bohique, ó agorero, practicaba el ayuno para tener propicia á la divinidad, lo que prueba tenía alguna buena fe en sus actos religiosos, y obligaba á sus discípulos á practicarlo también.
El doctor Stahl niega que nuestros boriqueños tuvieran religión alguna.[[185]] Dice el estudioso etnólogo: “Todo inclina á creer, que los indios boriqueños carecían en absoluto de ideas religiosas”. Balmes, el profundo filósofo catalán, aconseja que jamás será exajerado el cuidado que pongamos en fijar con propiedad y exactitud el sentido de las palabras, especialmente de aquellas que sean el eje sobre que jira una cuestión. Fiel á este consejo precisemos el valor del vocablo religión. Para nosotros, religión es el culto que el hombre rinde á la Divinidad, en harmonía con su estado de civilización; es el culto á lo Desconocido: la aspiración á lo Infinito: la idea vaga del Ser Supremo: la sensación humana de que en la naturaleza palpita una Inteligencia Suprema. El indo-antillano pasó del fetichismo al totemismo y á la idolatría, manteniendo restos de cada uno de estos períodos mitológicos en su teogonía, como ha ocurrido con otros pueblos. A la llegada de Colón se hallaba el indígena en el dualismo de las ideas religiosas del bien y del mal, creyéndolas ligadas á la naturaleza é interpretándolas vagamente.[[186]]
El ilustrado historiador dominicano don José Gabriel García[[187]] opina, que los indígenas dominicanos “rendían también fervoroso culto á cuatro estrellas que consideraban como transformaciones de Racuno, Sabaco, Achinao y Coromo, hijos predilectos de Louquo, ser omnipotente, que había premiado sus buenas obras, colocándoles en el firmamento, revestidos de un poder celestial.” Esta es una leyenda religiosa, que no tiene base en que poderla cimentar el señor García. Ha cometido esta equivocación por seguir á Champlain, Laborde y Souvestre en la teogonía caribe de las Islas de Barlovento.
El Almirante, en la carta que dirigió á los Reyes Católicos, escrita en el mar cuando regresaba de su primer viaje, y enviada desde Lisboa á Barcelona, en Marzo de 1493, dice: “Y no conocían ninguna secta, ni idolatría, salvo que todos creen que las fuerzas y el bien están en el cielo.” De modo que Pedro Mártir de Anglería tomó sus informes de los papeles del primer viaje de Colón y de los relatos de los españoles vueltos á la Península, por aquellos tiempos, y aseveró “que no adoraban más que á las lumbreras visibles del cielo”. Esto decía en su carta al cardenal Luís de Aragón, escrita en Granada el 23 de Abril de 1494, añadiendo: “Sábete, que yo escogí estas pocas cosas de los originales del mismo Prefecto marítimo, Colón.” Después, al cotejar los trabajos de Fray Román Pane, que son de 1496 á 97, aceptó, que “observaban varias ceremonias y ritos.”[[188]]. Las Casas, que vivió entre los haytianos largo tiempo, nada dice respecto al culto del sol, la luna, ó las estrellas. Oviedo tampoco.
Sin embargo, las piedras figurando estos astros se han encontrado en Puerto Rico. En nuestra propia casa, cuando éramos niños, había una media luna de piedra, artísticamente trabajada. Fué extraída por el ancla de un buque del fondo del puerto de Arecibo. Creemos que estos ídolos no procedían de la industria pétrea indo-antillana, sino que eran del inmediato Continente, traídos á Boriquén, donde empezaba á iniciarse la astrolatría, en su forma primitiva, sin diferir esencialmente del culto natural de una montaña ó de un animal. (Totemismo). De manera que entre los indo-antillanos no había adoratorios al sol ó á la luna, como en el Perú y otros países de América, ni culto, ni ofrenda, ni sacrificio alguno; ni siquiera la danza de salutación de los Semínolas, al salir el sol. Según el doctor Crévaux, los indígenas de las Guayanas no adoraban los astros.[[189]]
Los indo-antillanos llamaban al cielo turey; pero sin rendirle culto alguno, ni á ninguno de sus luminares. Respecto á los astros, Pane dice á Colón, en su célebre informe: “Saben los indios de donde tuvo origen el sol y la luna.” Y más adelante trasmite la leyenda sobre la procedencia de los luminares celestes, manifestando, que los indígenas decían, “que el sol y la luna salieron de una cueva que está en la tierra del cacique Maosiá Siboex; y á la cueva llamaban Jobobaba, y la tenían en mucha estimación, pintada sin figuras, á su manera, adornada con follajes y cosas semejantes. En esta cueva había dos zemís, de piedra, del tamaño de medio brazo y los tenían en gran veneración y á los cuales pedían la lluvia y otras cosas. Uno de los ídolos se llamaba Boiníaex y el otro Marojú.” De modo que también los datos suministrados por el informador eremita benedictino son contrarios á la astrolatría de los indo-antillanos.
El boriqueño tenía una nebulosa idea de ultratumba. Para los indo-antillanos no todo terminaba con la muerte. No comprendían la inmortalidad del alma; y tenían una creencia esencialmente distinta de la nuestra sobre la vida futura. El ánima del difunto, la jupía, se replegaba á un sitio apartado de la Isla, el coaibay, donde de día estaba quieta y de noche salía á pasear, á comer de las frutas silvestres, hasta comunicarse con los demás seres vivientes. Estos espíritus, tenían para los indígenas envoltura mortal.
El hombre primitivo empieza por rendir adoración á aquello que le tiene miedo y se imagina que le hace mal; después venera lo que cree que le hace bien; y surge entonces el terrible dualismo mitológico, que tanto ha dado, y da que hacer, en todas las religiones. El bien y el mal físicos son innegables; y esta realidad subjetiva guía al hombre inculto. Ansioso mira en torno, levanta la cabeza al cielo y desea conocer el origen de las cosas, con el mismo anhelo que vemos estalla en el niño ese deseo tan pronto le ilumina la luz de la razón. Ve el día y la noche, la alborada y las tinieblas, el sol y la luna, el fuego y el agua, la tierra y el cielo, el abismo y la montaña, el río grato con sus claras linfas para apagar la sed, y el mar amargo con sus diáfanas ondas, el mismo líquido agrio y dulce, la vida y la muerte en torno suyo.... y piensa.... y reflexiona. ¡Cuán profundo misterio!.... La luz ahuyenta las tinieblas, que retornan para no darse por vencidas: el fuego consume el agua y ésta cae en benéfica lluvia para combatir el calor: el mar golpea la tierra de continuo y ruge y se encrespa, y los ríos desde la altura desaguan humildemente en el mar: las nubes ocultan el sol y el luminar del día rasga el tempestuoso nublado y resplandece de nuevo: el rayo quema el árbol, y el aniquilado tronco reverdece prontamente: el buen tiempo favorece sus labranzas y el huracán destroza su choza y su sementera. ¡Qué terrible dualismo! El hombre primitivo tuvo que quedar absorto y abrumado ante estos sublimes fenómenos de la naturaleza y caer en tierra, postrado por la emoción. Y ante el dolor, que lo aterra, y el miedo que se apodera de sus sentimientos, crea en su imaginación el mito del espíritu del mal; y procura aplacarlo, rindiéndole culto y sacrificio. Por el contrario, ante el placer que exalta sus sentidos, relampaguea su razón y se expande entonces el sentimiento de la gratitud; y el amor al espíritu del bien, que él cree que le proteje y ayuda, le hace rendirle adoración con ritos, ceremonias y ofrendas.