El tallar la piedra debe haber requerido su laborioso aprendizaje y el pulirla suma paciencia. Debieron haberse escogido canteras apropiadas y en las cercanías de ellas fijarse familias de obreros, dedicadas constantemente á esta industria. Mediante la permuta, que es el alborear del comercio, se aprovisionarían de bastimentos para vivir y realizarían á su vez los efectos pétreos. El boriqueño tenía canteras escogidas para fabricar sus utensilios de piedra. La gruta de Miraflores, en Arecibo, es una muestra patente de lo que decimos. Nosotros llamamos á esta cantera el taller indo-boriqueño. Examinada la caverna, lo primero que llama la atención del investigador es un stone-pillar, ó monolito, á medio concluir. El artista llegó á cincelar los ojos y la boca; y después empezó á formar el pilar y á separarlo de la roca. En el lado izquierdo de su labor alcanza hasta unos 40 centímetros, formando la columna: en el lado derecho hasta unos 25 centímetros. Las cuencas de los ojos de la figura están trabajadas ligeramente oblicuas; pero con una oblicuidad dirigida de abajo y fuera hacia arriba, de modo que si se prolongaran los ángulos internos de estas cuencas irían á encontrarse en el centro de la frente. Oblicuidad completamente distinta á la fig. 45 de la colección Látimer, del museo Smithsonian Institution, de Washington, que guarda relación con una carátula de piedra de nuestra Colección y con otra cara grabada en una de las paredes de la citada caverna. Este monolito, á medio concluir, está en la arcada principal de la gruta que mira al E. en el lado derecho del observador. En este mismo sitio están casi todos los trabajos. La segunda figura de importancia es una cara con los ojos oblícuos, á estilo mogol, pero muy acentuada la oblicuidad. Están delineados los ojos, la nariz y la boca: y habían empezado á fijar el óvalo de la cara. En este estado, el trabajo fué suspendido por el artista. A poca distancia hay otra cara también muy interesante. Tiene los ojos circulares y paralelos, las cejas unidas, la boca pequeña, el límite del rostro en forma triangular con la frente baja y el mentón pronunciado. Tenemos en nuestra Colección un ejemplar parecidísimo, que nos induce á creer que esta cara pétrea del taller indo-boriqueño estaba también en vías de fabricación. Más abajo, en la misma rocosa pared, hay grabados ojos y bocas, pero sin óvalos: trabajos incipientes en período de iniciación. En uno de los paredones del camino que conduce á la gruta, hay también una carita comenzada. Era, pues, indudablemente una cantera en explotación, un verdadero taller lítico para objetos pétreos y no un templo, como equivocadamente han anotado algunos viajeros. Es el primer taller de que se da cuenta, hallado en nuestra Isla. Razón tenía Ratzel[[205]] para afirmar que “las antiguas esculturas de piedras de Puerto Rico demuestran una habilidad especial en el labrado de la piedra, que no encontramos en ningún otro punto de las Indias Occidentales”. Los siboneyes, los yucayos y los jamaikinos desconocían el arte de trabajar la piedra. Los naturales de Boriquén estaban más adelantados que los de Haytí en esta industria. El obrero boriqueño, en los trabajos líticos, era el primero del Archipiélago antillano.
El objeto de piedra más necesario para el boriqueño era el hacha ó manaya. En nuestra Colección tenemos cuatro tamaños principales; pero el indígena tendría indudablemente una completa variedad de mayor á menor tamaño, según sus necesidades. Servíale la manaya para tumbar el árbol, el giié-giié; ahuecar el tronco corpulento de los cedros y ceibas y hacer la almadía, la canoa, cuyo vocablo ha tomado carta de naturaleza en nuestros idiomas. Tenía el boriqueño una pequeña canoa, en la que escasamente cabían dos personas, y otras de capacidad mayor, que podían conducir un pelotón de hombres. El Almirante vió esquifes de éstos, que él llamó almadías, que contenían de setenta á ochenta indios; Fernando Colón cita una de capacidad para 150 personas; y Las Casas dice, que vió canoas, que podían llevar de cincuenta á cien indígenas. Dedicaba la pequeña canoa el boriqueño á la pesca; y la grande al desarrollo paulatino de su incipiente comercio entre las islas, cuyo tráfico era principalmente con los terrícolas de la Mona y los naturales del Higiiey, de la inmediata Haytí.
Calculemos, por un momento, la actividad desplegada en la cantera, en el taller indo-boriqueño. Unos tallando hachas; otros, morterillos; aquí dujos; allí, collares; acá, cincelando monolitos para los límites de sus juegos de pelota; allá, ídolos mamiformes de Yukiyu, el dios bienhechor de Boriquén. Cada cual dedicado á su especialidad lítica. Habría manos privilegiadas para ciertas labores. El gusano roedor de la envidia profesional también en el taller indo-boriqueño hincaría su venenoso diente. Los trabajos más sencillos serían encomendados á los aprendices, como los guayos, que requerían solamente fijar pedacitos de sílex en una tabla de palma de yagua, para hacer el utilísimo rallo. También se les conferiría á los aprendices la penosa labor de pulir hachas, una vez talladas. En el cincelamiento y ornamentación entraría el maestro á dar los últimos toques. El colesibí ó collar de piedrezuelas marmóreas, la tatagua ó arracada, revelan ya el incipiente gusto artístico. ¡Con qué infantil orgullo contemplaría el artista de la edad de la piedra pulimentada su pétreo objeto ya terminado!
Igual actividad habría en la alfarería. Lo primero que se harían cuidadosamente serían los burén, para el cocido del pan casabí al fuego. Era necesario que estos lebrillos quedasen bien templados para que no se resquebrajasen á la fuerte lumbre á que tenían que someterlos. Otros se dedicarían á hacer cazuelas; otros, canaris para el agua, ó tinajones para el uikú y la xixá. El refinamiento de adornar las abrazaderas de las cazuelas y ollitas correspondería á los más expertos en el arte. El escogido de la arcilla y su manipulación para ponerla en condiciones de modelaje requiriría inteligente dirección. Las grotescas figurillas de barro cocido, que constituían los dioses penates del indígena, tendrían obreros especiales, para no separarse del modelo del zemí tutelar. ¡Con qué positiva seguridad puede nuestra mente retrotraerse á aquellos lejanos tiempos y darse cuenta exacta del desenvolvimiento de la época neolítica! ¡No en vano avanza la Paleontología, arrancándole al pasado sus secretos!
También trabajaba el boriqueño la madera con esmero. En la Isla de Guanabo[[206]] se hacían primorosamente dujos, bateas, cucharas y otros objetos de una madera negra, que suponemos fuera la caoba ó la maga, ó tal vez la negruzca raíz del mangle viejo. Refiere el cronista Pedro Mártir, que catorce de esos curiosos asientos, llamados dujos, labrados con arte maravillosa, fueron regalados por Bojekio, cacique de Jaragua, en Haytí, á don Bartolomé Colón, cuando el Adelantado visitó el cacicazgo del célebre hermano de Anacaona; y que, además, le obsequió con sesenta utensilios de arcilla, propios para el servicio de mesa.[[207]]
De varas de cupey[[208]] hacía el aborigen sus azagayas; y de corteza de palma de yagua[[209]] sus macanas, fuertes garrotes de combate, de cuatro palmos de largos. Como arma ofensiva, también tenía la flecha. Hacía el arco, el paira, de un grueso bejuco; y con cogollos de caña silvestre preparaba la flecha, en cuyo extremo colocaba una espina de pescado ó una punta de pedernal.[[210]] Aprovechaba el fruto maduro de la higiiera[[211]] para hacer cucharas y vasijas útiles para el uso doméstico. Las pequeñas vértebras de pescados sabía utilizarlas para sugetar plumas de colores en sus espesas cabelleras; y también de algunos huesos de peces hacían anzuelillos de pescar.
Buenos flecheros los boriqueños, más diestros que sus vecinos los quisqueyanos y siboneyes, cazaban en las costas la yaguasa y otras aves marinas; y en los montes y sabanas el guaraguao, el mukáru, la iguana, la sasabí (la cotorra) y las tórtolas, en abundancia. También eran hábiles pescadores, y con sus redes de algodón, anzuelos de hueso, y otros medios artificiosos, se proveían de dajaos, lisas, anguilas, biajacas, jureles, guabinas, pargos, mojarras, manatíes, cazones y otra multitud de peces, que tanto abundan en nuestros ríos y mares. Los ribereños del Abacoa (río Grande de Arecibo) y los de Camuy y Manatí tenían abundantemente el setí, en los plenilunios de Agosto, Septiembre y Octubre. Entre los crustáceos, disponían los indígenas del carey (tortuga de mar), la jicotea (tortuga de agua dulce), el juev (cangrejo de mangle), la jaiba (congrejo de agua dulce) y la buruquena (cangrejillo de río); y además, langostas y camarones.
Por lo tanto, el boriqueño, con su agricultura é industria incipientes, había avanzado en su rudimentaria civilización, guardando harmonía con el período de la edad de la piedra pulimentada, en que se encontraba, y en relación también con el medio ambiente de que disponía. Prisionero en una triste roca, en pleno mar, se adelantó á los siboneyes, yucayos y jamaikinos y rivalizó con los haytianos y quisqueyanos, al par que mantenía á raya á los audaces caribes, que invadían piraticamente de cuando en cuando el Boriquén.[[212]]
CAPITULO IX.
Lenguaje boriqueño.—Lengua general indo-antillana.—Dialectos.—Datos del Diario de Colón.—Su carta desde Lisboa á los Reyes Católicos.—El dialecto de Macorix.—Fray Román Pane.—Cristóbal Rodríguez.—Datos de Bernal Díaz del Castillo.—Informes del padre Raymond Breton.—Imposibilidad de los primeros misioneros para recoger el idioma indo-antillano.—Las reliquias de la lengua general de las Antillas en ríos, montañas, árboles, frutas, lugares, puertos, cabos, etc.—Lo mismo en aves, peces y objetos domésticos.—Alguna que otra palabra en los Cronistas.—Dos ó tres frases.—Error de Juan Ignacio de Armas y otros escritores en la manera de explicar las voces indo-antillanas.—El idioma indo-antillano se formó con el trascurso del tiempo, pues la separación de las tribus Aruacas, que invadieron el Archipiélago era muy remota, hasta el punto de haber perdido el recuerdo de ella.—Enlace del habla Aruaca continental y del idioma indo-antillano.—Datos á granel en los mapas.—Viajeros modernos.—Sagot.—Los hermanos Hernhutes de Zittau.—El misionero Schulz.—Enlace del habla boriqueña y del habla caribe insular.—Su origen continental.—El lenguaje boriqueño era rico en vocales y de muy dulce conversación.—El aborigen tenía una aspiración parecida á la del árabe.—La fijaron los Cronistas en las voces con una h.—Pruebas de la aglutinación y del polisintetismo.—El estudio de los restos del idioma indo-antillano nos ha dado una prueba fehaciente de que el orígen del indo-boriqueño está en el Aruaca de la América Meridional.