El boriqueño usaba un lenguaje en el período de aglutinación, con polisintetismo, sin escritura que fijase sus vocablos.[[213]] En todo el Archipiélago antillano ocurría lo mismo; y estando el idioma en perenne fermentación, habían de producirse necesariamente neologismos, en cada isla, que tenían que alterar en algo la común lengua.
Por el Diario del primer viaje del Almirante vemos, que los indios que tomó Colón en Guanahaní para que le sirvieran de intérpretes, cumplieron su cometido en todas las islas del grupo de las Lucayas á que arribara el Descubridor, y también en Cuba y Haytí. El Almirante, sagaz observador, anotó en su libro de bitácora, con fecha 16 de Octubre, las siguientes palabras, comprobatorias de la unidad de lenguaje: “Los habitantes de esta isla Fernandina[[214]] se parecen á los de las demás, hablan el mismo idioma y tienen las mismas costumbres.” Al llegar el gran Navegante á la isla de Cuba, los enviados, ó embajadores, Rodrigo de Jerez y el judío Luis de Torres, muy versado éste en idiomas, no pudieron entenderse con el cacique del Camagiiey. El políglota Torres, creyendo que ellos habían llegado al reino del Gran Kan en el Continente asiático, habló primero al régulo cubano en hebreo, después en caldeo y por último en árabe, teniendo que apelar al intérprete de Guanahaní, el cual hizo al cacique del Camagiiey y á sus asombrados súbditos una fogosa descripción del poder de los españoles.
Luego pasó el Almirante á la isla de Haytí, á la cual bautizó con el nombre de La Española, y prontamente entró en fáciles tratos y amistosa correspondencia con los aborígenes. Corrobora lo dicho la carta que escribió en el mar á los Reyes Católicos, remitida desde Lisboa, en Marzo de 1493, diciéndole entre otras cosas: “En todas estas islas no vide mucha diversidad en la fechura de la gente, ni en las costumbres, ni en la lengua, salvo que todos se entienden, que es cosa muy singular.”
Al regresar Colón á España se llevó diez indígenas, de los cuales algunos sirvieron de intérpretes en la segunda aventurada empresa; sabiéndose por ellos, en virtud de los diálogos tenidos con las mujeres boriqueñas, cautivas recogidas en la isla de Guadalupe, que los indios caribes eran belicosos y antropófagos.[[215]] Al llegar la expedición colombina al puerto de Navidad, las indias de Boriquén, recogidas á bordo, concertaron su fuga con el hermano del cacique Guacanagarí, lo que efectuaron por la noche. Estos datos prueban, que usaban una misma lengua yucayos, haytianos y boriqueños.
En el Memorial que dió el Almirante al piloto Antonio de Torres, en la Isabela, á 30 de Enero de 1494, para entregar á los Reyes Católicos, léese: “Como esta gente platican poco los de la una isla con los de la otra, en las lenguas hay alguna diferencia entre ellos, según como están más cerca ó más lejos.”[[216]]. De manera que, según confirmaba el mismo Colón, por experiencia propia, entre las lenguas no había más que alguna diferencia. En el Archipiélago existía, por lo tanto, un idioma general; y con motivo del aislamiento insular, y los neologismos, se iban formando los dialectos yucayo, siboney, haytiano, boriqueño y jamaiquino. En La Española, en el departamento de Macorix, se hablaba un dialecto que lo llegó á dominar Fray Román Pane. La lengua general, ó común, de la isla de Haytí, según Las Casas, únicamente la sabía bien un marinero de Palos de Moguer, llamado Cristóbal Rodríguez.
Hemos probado, con la tradición histórica, la más pura que poseemos, como los indios intérpretes de Colón se comunicaron muy bien con los indígenas de las islas Lucayas y con los de Cuba, Haytí y Boriquén. Respecto á Jamayca, concluyente será también la prueba. Refiere Bernal Diaz del Castillo[[217]], que al desembarcar con Juan de Grijalba en la isla de Cozumel “vino una india moza, de buen parecer, é comenzó á hablar la lengua de la isla de Jamayca... é como muchos de nuestros soldados é yo entendimos muy bien aquella lengua, que es la de Cuba, nos admiramos é la preguntamos cómo estaba allí.” Resultó, que el naufragio de una canoa de pescadores de Jamayca la había llevado á la isla de Cozumel. Queda, pues, plenamente comprobado nuestro aserto, de un idioma general en el Archipiélago antillano, con la excepción de las islas ocupadas por los Caribes. Y respecto á estas islas de Barlovento, refiere el padre Raymond Breton, en su Diccionario caribe-francés, contado á él por jefes indios de la isla Domínica, “que cuando la conquista de las islas, el jefe caribe había exterminado todos los naturales del país, reservando solamente las mujeres, las que siempre han guardado muchas cosas de su lenguaje.”[[218]]
Ahora bien, esta lengua común indo-antillana, así como sus derivados ó dialectos, se han perdido. Las órdenes religiosas, que dominaron en las Antillas mayores, no pudieron dedicarse á conservarlos, mediante vocabularios y léxicos, como tuvieron la gloria de hacerlo en otras partes de América. La brega del desarrollo de la conquista y el pugilato de las ideas, de si debía continuar el indio encomendado ó dársele absoluta libertad, entorpecía la acción cristiana de los misioneros, cuanto más la labor literaria de estudiar y conservar el idioma indo-antillano: máxime cuando los Domínicos se inclinaron á favor de los indígenas y los Franciscos en pro de los Encomenderos: rivalidad que les obligó á enviar sus representantes ante el Rey. No pasó así en el Continente, ni en las Antillas menores. Pasada la perturbación del choque de dos razas antitéticas, y sometidas casi todas las Indias, las misiones pudieron trabajar en paz y dedicar sus hombres inteligentes al estudio de las lenguas de los aborígenes.
Al padre Raymundo Breton, de la Orden de Predicadores, debemos poder estudiar la lengua Caribe. Al domínico Santo Thomás y al jesuita González Holguín el conocimiento de la Kechúa del Perú. A los manuscritos de los misioneros de Bogotá la lengua Chibcha, que hoy nos da á conocer Uricoechea[[219]], así como la de los Paos ó indios de tierra adentro de Colombia.[[220]] Al jesuita Bertonio[[221]] debemos la Aymara. A los misioneros Vega, Valdivia, y Santisteban y al jesuita Andrés Febres[[222]] somos deudores de tener el idioma Araucano, de Chile. A los padres Anchieta[[223]] y Figueira[[224]], y al limeño Ruiz de Montoya el Tupí-Guaraní.[[225]] A los misioneros de la Guayana francesa el Galibi, que hoy Celedon, Brinton, Coudreau y Crevaux nos han dado á conocer mejor. A los franciscanos y jesuitas de Méjico el Azteca ó Nahuatl.[[226]] Y así sucesivamente. Por todas partes las misiones recogieron el lenguaje de los indios. Tan sólo los indo-antillanos, por las razones anotadas, quedaron imposibilitados de legar á la posteridad su dulce idioma.
Quedan únicamente las reliquias de esta lengua general del Archipiélago. En Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico se conservan muchas palabras indo-antillanas en ríos, montañas, árboles, frutas, lugares, puertos, cabos, etc. Lo mismo en aves, peces y objetos de uso doméstico. En los mismos Cronistas hemos hallado algunos vocablos con su correspondencia en castellano y hasta alguna que otra frase. La mano del tiempo conserva estos despojos como margaritas perdidas de un rico joyel. Las hemos ido recogiendo pacientemente para que nos ayudaran á descubrir el origen del pueblo indo-antillano. Y efectivamente, gracias á ellas y á la Filología hemos podido ver claramente que el autóctono de las Antillas procedía del Continente meridional, esplicándonos perfectamente el proceso evolutivo de las tribus Aruacas en las isla, perdida ya la memoria de su inmigración.