Ibamos cada día retirando y estrechando tanto, que perdimos un pozo de agua amarga que estaba junto á las trincheas donde estábamos, no 30 pasos de ellas. Este pozo tenía agua en abundancia, y aunque amargaba, mataba la sed y no hacía el daño que la salada hizo. A haber sustentado este pozo, remediara mucho la necesidad que se pasaba, y no se nos morían los caballos de sed, por no querer nunca beber de la salada. Cincuenta ó sesenta pasos deste pozo estaban otros dos de la misma suerte de agua.
Un siciliano que llamaban el Capitán Sebastián se ofreció á sacar agua dulce para beber de la de la mar. D. Alvaro le prometió 500 ducados en dinero y 200 de renta. Hiciéronse muchos alambiques y henchíanlos de agua de la mar y les daban fuego, y destilaba agua dulce y muy buena, sana, sin ningún sabor de sal. Hacía 40 barriles della, que bastaban á dar ración á 700 hombres. Cada Oficial, sin esto, hizo su alambico para su casa, y muchos vivanderos hicieron los suyos, con que sacaban agua para vender. Vendíanla al principio á un real el cuartucho; después fué faltando leña, y vino á valer á dos reales el cuartucho, ques media azumbre de la medida de España.
Esta agua fué muy gran parte á que no muriese mucha más gente de la que murió. La cisterna que estaba fuera del castillo, tuvo muy poca. No se dió á un mes entero ración della. O se salía, ó por el mal recado que pusieron en ella, porque la hallamos rota. Una mañana que habían sacado agua della, temióse no la hobiesen abierto para atosigarla. Súpose que lo habían hecho soldados por robar el agua.
Viendo ya al cabo esta cisterna, en quien más confianza teníamos, se comenzó á hacer la mezcla de la salada. Á dos barriles de agua de la cisterna y uno de los alambiques, se echaba otro barril de salada. Esto hizo mucho daño á la gente, que con saber á la sal, no solamente no quitaba sed, pero daba más. Los calores eran tan grandes, y así padescían los soldados más de lo que se puede encarescer; puestos todo el día al sol, sin beber agua que les matara la sed, y esa miseria de ración que se daba, quitaban parte della algunos Capitanes á sus soldados, por lo que vino D. Álvaro á tratarlos muy mal y deshonrarlos. Otros vendían el agua. Hubo Capitán en prisión por esto. Por otra parte, se hurtaban tantas raciones, que fué hasta causa que nos perdiésemos, porque por ello vino á faltarnos el agua tan presto, de que estaba D. Álvaro desesperado en ver la bellaquería y poco miramiento de los Capitanes en un tiempo de tanta necesidad, habiéndoles tomado juramento que dijesen los soldados que tenían, aunque harto mejor fuera tomarles muestra.
Diciendo á Juan Daza que cómo era posible que viniese á faltar tan presto el agua, le mostró cómo se daban 4.000 y tantas raciones. Esto fué ya al cabo de la jornada. Probóse de hacer pozos en el fuerte, de que se sacó agua en abundancia, tan salada, que no se podía beber.
Tratándose de tomar lengua para saber cómo estaban los enemigos, se acordó que saliese un soldado por la parte de levante de las galeras y se fuese la vuelta de las trincheas de los enemigos, como que se pasaba á ellos, como lo hacían otros cada hora, para salir con los caballos y tomar alguno de los que saliesen á tomarlo, que estaban ya tan arregostados los turcos de los que se iban, que en viendo ir uno la vuelta de las trincheas, no salían 20 á tomarle. Como éste partió de las galeras antes que se diese aviso en el fuerte para que le tirasen, salieron unos á él y hobiéranle de matar si no se acogiera á una barca. Después salió otro y salieron á él siete ú ocho turcos; como fueran un poco en la mar, él se iba deteniendo por alargarlos más. En esto salieron seis caballos y cortáronles el paso; alancearon dos dellos que no se dejaban prender, y dieron con uno en tierra dos veces, hasta que llegaron soldados de pie y lo prendieron. Los otros se escaparon: uno dellos hirió un caballo y otro tomó la lanza á otro de caballo. Este prisionero dijo cómo habíamos perdido de haber vitoria aquella mañana que se salió á ellos; que todos iban desbaratados, y que á importunación de Dragut estaba allí el Bajá. Que eran pocos más de 6.000 hombres, y que para sacar éstos había sido menester desarmar las galeras. Que cada día iban turcos á ellas á hacerles guardia, temiéndose no fuesen sobre ellas los cristianos, y que estando como estaban, 40 ó 50 galeras que viniesen las tomaban todas, por estar con tan pocos turcos y tan llenas de cristianos.
Otras muchas veces se salió á tomar lengua y no se pudo, porque todos se dejaban matar por no venir en prisión. Por la parte de poniente salieron cuatro Capitanes italianos á caballo haciendo lo mismo que los primeros, y mataron algunos turcos y trajeron á uno vivo. Estos dos solos se prendieron en todo el tiempo que duró el asedio. Este último dió aviso cómo los enemigos tenían desino de tomar las galeras.
Otra vez se ordenó inviar un soldado que tuviese el primer moro que le llegase á tomar, hasta que llegasen soldados á socorrerle, porque en este tiempo no había caballos. Este soldado salió y lo había hecho tan bien, que dos turcos que llegaron á él juntos los detuvo asidos entrambos un gran rato, y fueron tan de poco los que habían de socorrerle, que no salieron y lo dejaron matar de los turcos.
Á los 6 comenzaron á batir con seis piezas de artillería el lienzo de la puerta del castillo, desde la misma puerta hasta el turrión de la mano derecha, donde teníamos las municiones, porque no pretendían hacer otro, sino quitárnoslas. Nosotros trabajamos en repararlas y mudarlas donde estuviesen en seguridad. Mudaban luego la batería donde sabían que las habíamos puesto. De los que se iban sabían todo lo que hacíamos; pero no hicieron daño en ellas con la artillería, ni cosa en el fuerte de pensar que estar por batería, más que derribar alguna marama del castillo y desencabalgar algunas piezas de artillería nuestras. Pasaron después la artillería adelante y batieron el turrión de la marina del castillo. En éste hicieron más batería que otro ninguno. Pusieron dos piezas á la marina con que batieron las galeras hasta meterlas en fondo, que no se podía estar soto cubierta, que de lo demás, ya ellas estaban en seco en pasando la cresciente.
En las galeras mató mucha gente la artillería, que de 3.000 balas que tiraron mientras duró el cerco, el mayor daño que hicieron fué en las galeras. Al Capitán D. Diego de la Cerda, estando de guarda en ella, le mataron una yegua en que iba y á él le cortaron una pierna, de que murió. Viendo los turcos que la guardia que metían de noche á las galeras salía el día en tierra, acordaron venir á tomárnoslas con desino de batir dellas el fuerte, porque lo más flaco dél era á la marina. Á los 22 de junio por la mañana aguardaron la menguante y salieron de sus trincheas por la parte de levante hasta 2.000 hombres, trayendo algunas escalas. Iban tres dellos delante con estandartes en las manos, corriendo hacia las galeras. Tocóse luego arma en el fuerte y comenzaron á salir soldados, á quien más presto podía, por la puerta de la marina, y por una escala que estaba al caballero de San Juan. La gente iba de muy buena gana, unos de meterse en las galeras para defenderlas y guardarlas; otros para pelear con los enemigos para estorbarles que no llegasen á ellas hasta que los nuestros estuviesen dentro, haciéndoles retirar por dos ó tres veces, hasta que unos turcos que andaban á caballo les daban de cuchilladas. Estos caballos pasaron dos veces por nuestra gente, entre el fuerte y las galeras, haciendo carrera entre los nuestros como si hobieran de jugar cañas, tanto que dieron lugar á que los turcos metiesen las banderas sobre dos galeras que estaban sin gente. La una había servido de hospital y habían sacado la gente y heridos della por la artillería que les hacía daño. La otra estaba medio deshecha.