Poco les duró estar en ellas; echáronlos desde las otras luego á arcabuzazos. Retiráronse los turcos con hartos heridos y muertos. De los nuestros murieron algunos, y los más dellos mató nuestra artillería por andar mezclados con los enemigos. Peleóse muy bien este día: era cosa de ver cuán reñida pelea fué. No dejaron salir mucha gente del fuerte, porque estaban los turcos con aparencia de querer arremeter, y creíase que aquella gente que era fuera, en venir como venían con escalas, diera en el fuerte por la parte de la marina.

Al retirar que se retiraban los que habían venido á las galeras, arremetieron otros por la parte de Levante, hasta llegar junto al fuerte. Pusieron banderetas junto al contraescarpe del foso. Retiráronse luego por el daño que hacía en ellos nuestra arcabucería. Salió herido este día el Gobernador Barahona de un arcabuzazo de que murió dende á pocos días, en público contento de todos, porque era mal criado y demasiadamente cruel: con todo esto era solícito y valiente. También murió el Capitán Diego de Aguayo desgraciadamente de una pieza de artillería nuestra que tomó fuego de un barril que se quemó.

Aquella noche se puso fuego en las dos galeras donde habían estado los turcos. Harto mejor fuera deshacerlas y aprovecharnos de la leña dellas. De ahí adelante se metió muy buena guarda en ellas, sin partir dellas de día ni noche.

En este medio se pasaba mucha gente á los turcos y morían muchos, así por la falta de medicinas como por el mal gobierno que había en el hospital, que aun para enterrar los muertos no nos supimos dar maña, sino echarlos de la muralla abajo, para que entendiesen los enemigos lo poco que podíamos durar, porque huyéndose y muriendo tantos, no podía faltar de verse presto el cabo de nosotros.

Algunos que se huyeron del armada de los enemigos dijeron á D. Alvaro les habían dicho unos renegados, que se espantaban de nosotros, cómo no salíamos á ellos á medio día, que eran idos todos por aquellos jardines á sestear. Lo mismo decían los cristianos esclavos que salían á trabajar á las trincheas, y nosotros los víamos ir cada día desde el castillo.

No aprovechaba nada con D. Alvaro que dejase salir á ellos, antes reñía con los que salían alguna vez á escaramuzar. Todo el día se le iba en decir mal de Capitanes y soldados; lo mismo hacían ellos dél. Uno que deseaba la enmienda desto, le echó una carta del tenor siguiente:

«Iltre. señor: Los que se desvelan y ponen toda su felicidad en ser tenidos y tratados de ilustres, debríanse preciar de serlo, así en obras de buenos cristianos, como de animosos caballeros.

»Digo esto, señor, porque se dice públicamente de vos que vivís como gentil y gobernáis como tirano, y que si hobiérades hecho la centena parte de lo que habéis dicho, pudiéramos caminar de aquí á Constantinopla sin topar con enemigos. Tratándose un día á la tabla del Maestre de Malta que había poca gente para jornada, por la mucha que había muerto, dejistes: que cuando se determinasen todos á no ir, vos solo iríades con la galeota de Estait á tomar á Trípol, y que os echasen con una fragata en Berbería, que con una espada y una rodela la conquistaríades toda, diciendo que eran cobardes y hombres nacidos en hora menguada los que ponían dificultad á la ida.

»Tratándose otro día delante el mismo Maestre que faltarían vituallas, porque había cuatro meses y más que se comía de las que habíamos embarcado, dejistes que no eran menester, que de las piernas de turcos comeríamos (paréceme que nos aliñamos mal á cortarlas, agora que fueran bien menester, teniendo la falta que tenemos de carne), y que respondió el Maestre, como sabio, diciendo que tenía por mejor llevar pan que no ir en aquella confianza.

»Antes que el armada metiese gente en tierra, publicábades que daríades á saco vuestro pabellón el día que viésedes que sacaban artillería, porque se la habíades de ganar y tomar en prisión á Dragut y otros turcos, para cambiar con D. Gastón y demás que allí tienen nuestros.