Viéndolos venir tan cerca con esta trinchea, fueron algunos á decir á D. Alvaro que era mal hecho dejar venir los enemigos tan adelante. Respondíales que los dejasen llegar. Por la marina de Levante vinieron también con otra trinchea hasta llegar al parapeto del foso, y arrimados á él levantaron un turrión con palmas y tierra. Lo más de entorno del fuerte, que era piedra, que á 200 ni 300 pasos no se podía hacer trinchea. Cuando llegaban á estas partes, la hacían de noche con tierra y fajina. Era cosa de admiración la solicitud y atrevimiento que tenían en arriscarse á trabajar donde tantos morían.

Este turrión que comenzaron á levantar descubría todo el caballero de Gonzaga. El Capitán Juan de Funes estaba de guardia en él; fué á Don Alvaro y díjoselo: respondióle que tenía miedo de los enemigos y por eso venía con ese mensaje. El Juan de Funes le dijo que ya él sabía cómo él peleaba, y salióse enojado diciendo que no entraría más en su casa ni le daría aviso de nada. D. Alvaro le mandó llamar; comenzóle á acariciar diciéndole: «Vos no sabéis que habemos de venir con los enemigos á las manos: dejadlos; lléguense cuanto quisieren.»

En pocos días levantaron otros tres turriones, que no aprovechó para que los dejasen de hacer tirarles mucha artillería y salir á quemárselos. Éstos descubrían los caballeros y todo el fuerte, de manera que no se podía andar por él ni estar en las tiendas, que por todo llovía balas y flechas. Mataron al Capitán D. Luis de Aguilar y á Tapia, y á Alvaro de Luna hirieron, de que murió.

Después del armada, éste se puede alabar que sirvió extremadamente bien, aunque no tenía allí su compañía. Daba cada día cinco ó seis vueltas al fuerte, lo que no hacía Capitán ni Oficial ninguno.

A los 19 acometieron dar asalto por todas partes y cargaron á la parte de la gruta y ganáronla. Perdióse en ella el Alférez Juan Pérez de Vargas con siete soldados. No llegaron por otra parte alguna á pelear. Ganada la gruta, caminaron por el foso hasta llegar al caballero Doria, y comenzaron á cavar y sacar palmas dél, y hobo turcos tan animosos que subieron arriba hasta el parapeto, donde los mataron. Los de abajo cavaban todavía en el caballero, por no haber través donde les hiciese mal.

De arriba les echaban trompas y ollas de fuego artificial y barriles de pólvora, con que quemaron muchos, mas no para que se les quitase de cavar.

No se podía descubrir nadie en nuestra muralla que no los asaeteasen desde sus torreones y desde el mismo parapeto de nuestro foso, donde se había puesto su escopetería, porque había días que lo había mandado desamparar D. Alvaro por los muchos que se iban de allí á los turcos, que desde el día del gran calor hasta que nos perdimos, siempre se fueron, pocos ó muchos. Todos los que se fueron eran italianos y españoles, que de los tudescos y franceses hubo muy pocos ó ningunos que se fuesen, y esos que se iban no eran de su nación, sino que andaban entre ellos por saber la lengua. Fuéronse algunas mujeres tudescas, y así se pueden loar estas dos naciones no haber caído en una tan gran maldad.

Viendo los enemigos que tan á su salud los dejaban cavar en el caballero, sin salir á estorbárselo, se llegaron aquella noche á los demás, y hicieron lo mismo, y en tres días los pusieron de manera que se podía subir á caballo por ellos. Cuando los enemigos vinieron á esto, teníamos muy poca artillería de que servirnos, que mucha había reventado y otra por encabalgar, y para las piezas pequeñas no se hallaban ya balas. Esto fué por la mala orden que tuvo al principio el Gobernador Barahona, que antes que nos sitiasen no se descubría el turco una milla que no le hacía tirar 20 piezas, y así sin provecho gastó los cañones y vino á faltarnos cuando más lo hobimos menester.

Como los enemigos iban trabajando en cavar y derribar los caballeros, íbamos por la parte de dentro cortándolos y fortificándonos lo mejor que podíamos. No se entendía en otro todas las noches, porque de día no se podía trabajar por estar, como estábamos, descubiertos. Del campo de los enemigos se echaron flechas escritas y otras con pólizas de avisos para que estuviésemos apercibidos que querían dar asalto.

Un renegado entró muchas veces á hablar con D. Alvaro; no se supo lo que trataba con él: algunos quieren decir que era echadizo, y así los renegados que hablaban cada noche desde sus trincheas con los nuestros decían que nos guardásemos, que nos engañaba aquel renegado, que estuviésemos avisados que quería huirse D. Alvaro del fuerte, que nos rindiésemos con tiempo, que nos harían todo buen partido. En esto se huyó un cristiano del armada: dijo la falta que tenían de vituallas, por lo que tenía por cierto que se irían muy presto.