A los 23, ya tarde, arremetieron por la parte de Levante al caballero de Gonzaga y á la cortina que estaba hasta el de La Cerda, y teniendo tan buena entrada, no tardaron de subir arriba. Menos tardaron los nuestros en echarlos abajo, peleando animosamente, hiriendo y matando en los enemigos, haciendo lo mismo todas las veces que porfiaron á subir. D. Alvaro anduvo este día como muy buen caballero, haciendo lo que debía, así á buen General como á buen soldado, con un crucifijo en las manos, animando á todos, mostrándole el Capitán en cuyo nombre combatían.

El combate este día fué bien reñido y duró más que ninguno de los pasados, y durara mucho más si el día diera lugar á ello, porque los turcos que mandaban daban palos y cuchilladas á los que se retiraban de la batería, y reforzaban cada hora el combate. Estos días hobo muchos heridos y muertos de los turcos. De los nuestros muy pocos. Murió el Capitán D. Jerónimo de Sande, sobrino de D. Alvaro, peleando como buen caballero. Dió luego su compañía D. Alvaro al Sargento della, que se llamaba Francisco Ortiz, un muy valiente soldado. Matáronle dende á dos días en el mismo lugar. Al Alférez Salazar mataron nuestros soldados por tirar á unos turcos con quien peleaba. Desta manera murieron muchos esta jornada por la poca plática de nuestra arcabucería. Los enemigos mataron desde su campo, dentro en el fuerte, el tiempo que duró el asedio muy mucha gente, y entre ellos Capitanes y Oficiales de todas naciones muy valientes y animosos, que por no saber sus nombres los dejo de nombrar. Al Coronel de tudescos hirieron de un arcabuzazo en la cabeza en el caballero de la Cerda, de que murió dende á pocos días. Pesó á todas naciones la muerte deste Coronel, que era muy valiente y muy bien quisto. Tomó D. Alvaro la Coronelía para sí y puso un Teniente en ella. A Piantanido, Maestre de campo de los italianos, mataron el día de la gruta en el caballero de San Juan de un arcabuzazo: murió luego en cayendo. Era un muy valiente soldado y solícito y muy bien entendido en cosas de fortificación. El mismo día mataron al Capitán Juan Ortiz de Leyva, muy buen soldado. Al Capitán Escolar habían muerto dos días había.

La noche que se había dado el asalto al turrión de San Juan, llegó una fragata de Sicilia con cuerda, que era bien menester, y medicinas, de que había tanta necesidad, que hobiera dado la vida á muchos á venir antes. Dende á dos días estaba despedida para irse. Impidióla D. Alvaro, y mandó al Capitán Pedro y á su hermano que pusiesen en orden otra fragata de un trapanés que estaba allí por la corte desde que el Duque se fué.

Viendo los turcos lo poco que ganaban en venir á las manos con los del fuerte ni galeras, acordaron de esperar á que acabásemos el agua, porque de los que se huían tenían cada hora aviso de la poca agua que teníamos, y los que se iban, por cubrir su bellaquería y por complacer los turcos, publicaban más necesidad que la que había. Muerto el gobernador Barahona, que tenía cuenta con el agua, se dió el gobierno del fuerte y el cargo de la cisterna al Capitán Antonio de Olivera; y estando herido de un arcabuzazo, se dió cargo del agua á Juan de Alarcón, Secretario de D. Alvaro, que servía de Contador en la fuerza. Éste engañó á D. Alvaro dándole á entender á los 28 de Julio que no había agua para más de tres ó cuatro días. D. Alvaro, sin ir á ver la cisterna, llamó algunos Capitanes y particulares amigos suyos y les dijo la necesidad que había de agua, y que se determinaba salir aquella noche á los enemigos á ganarles los pozos.

Publicando esta determinación, invió los Sargentos mayores á todos los Capitanes, mandándoles que diesen la gente que tenían para pelear, dándoles á entender que por estar el fuerte tan abierto por todas partes y haber poca gente para guardarle, por los muchos que se habían ido y iban á los enemigos, y por la falta de agua, quería salir á la campaña con los que quedaban. Asimismo lo hizo entender á todos los particulares. Mandó que se diese aquella tarde á cada soldado un cuartucho de agua sin mezcla y medio de vino.

D. Alvaro fué aquella noche á la tienda de Olivera y á la del Capitán Piantanigo, que por la muerte de su hermano le había hecho á él Maestre de campo, que también estaba herido. Á éstos dijo la determinación que tenía; que se entrasen en el castillo por si no sucediese bien la salida y viniesen los enemigos á entrarse por las baterías, que ellos hiciesen desde allí sus partidas.

Estando ya todos recogidos, dos horas antes del día, se fué D. Alvaro con ellos á la puerta de la marina y la mandó desabestionar, que estaba cerrada con piedra y tierra. D. Alvaro iba armado de un peto fuerte y una celada, con una rodela acerada, á prueba de arcabuz, y una espada desnuda en la mano; y en llegando á la puerta, dijo que le hacía mal el peto y quitósele. Tomóle Don Bernardino de Mendoza y dióle á guardar á Francisco Ortiz Zapata, sargento de Rodrigo Zapata, que estaba herido en la tienda, y díjole que no lo diese á otro que á él ó á quien le asiese el dedo pulgar.

La puerta estaba tan abestionada, que tardó un rato en abrirse, y con tanta dificultad, que no podía salir más de uno en uno por ella. Comenzando á salir, se dió por nombre Jesús, dando á entender á todos que no había agua y que era menester romper los enemigos y ganar los pozos. Dende á poco que comenzaron á salir, preguntó D. Alvaro, que estaba sentado á la puerta, si serían fuera 200 hombres. Algunos dijeron que sí: uno que los había contado le dijo que fueran pocos más de 100. Á éste dijo D. Alvaro que contase hasta 250 ó 300 hombres y le avisase.

Viendo que eran ya fuera hasta este número, mandó que le llamasen al Capitán Pedro Nicardo, de su tienda, que estaba allí junto, y diciéndole que era fuera á la marina, dijo que le dijesen á él y á un hermano suyo que no se apartasen dél un paso. Estos dos hermanos tenían á cargo las barcas y fragatas del fuerte como guardianes del puerto, y el Pedro había poco que entendía en la artillería. Llamábanle Capitán porque había ido en corso con una galeota. En saliendo los 300, salió D. Alvaro de la puerta y tornó á llamar los dos hermanos.

Entre los que iban con D. Alvaro, había caballeros y Oficiales de más calidad que ellos. Pesábales ver que se tuviese tanta cuenta con el Pedro y su hermano, pareciéndoles que fiaba más en ellos que en los demás. La segunda vez que los llamó, le dijo un caballero sardo, que se decía D. Guillén Barbarán, que iba á su lado: «Aquí imos Corrales y yo con vuestra señoría.» D. Alvaro le respondió, medio enojado, que le dejase y volviese á los soldados que eran fuera, para ir de vanguardia, questaban de rodillas arrimados al caballero de San Juan, y mandólos arremeter, que ya eran descubiertos de los enemigos, y así comenzaron luego á caminar adelante. En pasando el foso, volvieron sobre la mano derecha, por fuera del parapeto, haciéndole desamparar á los enemigos que le tenían. Los cuatro Capitanes que iban de vanguardia, con hasta 20 particulares que fueron con ellos y algunos soldados que les siguieron, pelearon valerosamente, diciendo á grandes voces:—«¡Vitoria, vitoria!» que hicieron desamparar las trincheas á los turcos y llevaron reculándolos hasta pasar el torreón que estaba sobre el turrión de San Juan, de donde tiraban los enemigos artillería y fuegos artificiales. En alargándose un poco los que habían salido de vanguardia, comenzó D. Alvaro á caminar con los suyos que tenía delante, con unos pocos que tenía consigo, marina á marina, hacia la parte donde batían las galeras.