Sin aguardar á que saliesen los que quedaban en el fuerte, D. Guillén y otros tres, con hasta 20 soldados, llegaron á la primera trinchea, que estaba delante de la en que tenían la batería, que la habían dejado los turcos antes que ellos llegasen, y recogiendo gente de la que salía del fuerte para ir adelante, vieron que los que habían salido de vanguardia se retiraban al fuerte con harta más priesa y poca orden que era menester, porque los enemigos los seguían, ni tiraban tanta escopetería como solían y flechas, como otras veces.
Viendo esto los que habían ido por la mar, se retiraron, porque no los tomasen en medio los turcos, si cargaban sobre los nuestros. Llegados á ellos, trabajaron por hacerlos tornar: no fueron parte para ello por ir la gente de arrancada.
A todo esto no eran fuera del fuerte las dos partes de los que estaban recogidos para el efeto, por salir uno á uno por la puerta, pudiendo salir por los caballeros todos juntos y dar sobre los enemigos antes que se apercibiesen. Estando debajo de los caballeros, como estaba toda la gente, se tornó á entrar dentro en el fuerte, quién por la puerta, quién por la muralla, con dos moros que se vinieron entre ellos, sin saber cómo se habían entrado entre los cristianos. Esta priesa se hizo aquella mañana. Murió el Capitán Bravo, que había dos días que lo era. De aquesta compañía mataron tres Capitanes en cinco días. Mataron al Capitán Golfín y algunos soldados; á Moroto, Sargento mayor del tercio de Nápoles, tomaron en prisión.
Antes que la gente acabase de entrar en el fuerte era ya día claro, y yendo á ver si había entrado por algún caballero ó si estaría en su tienda Don Alvaro, llegó el Capitán Pedro Nicardo y dijo que lo dejaba en las galeras. Luego llegó un soldado de la compañía de D. Gastón, que se llamaba Varón, con una carta. Estando este soldado para echarse al agua, le dijo D. Alvaro: «Decí á los Capitanes del fuerte que se tengan por todo hoy, si fuere posible.» Y aún no era la gente que se había salido á pelear de dentro del fuerte, cuando algunos Capitanes y otros particulares se recogieron al castillo.
El Capitán Joan de Funes, Juan Pérez de Vargas, Collazos, Jerónimo de la Cerda, Diego de Vera, el Sargento mayor de Sicilia, Antonio Dávila, D. Bernaldino de Mendoza, Pacheco, Comisario de la Religión (estos dos no tenían cargo). El castellano Fuentes, recogidos éstos y otros amigos suyos, rompió la escala y comenzó á bestionar la puerta del castillo.
Viendo esto el Alférez Sedeño y el Alférez Herrera, y Beltrán, Maestresala del Virrey, comenzaron de abajo á darles voces, llamándoles de traidores, que desamparaban el fuerte y se alzaban con las vituallas.
El encerramiento destos Capitanes y el ausencia de D. Alvaro desanimó mucho la gente, viendo que los enemigos podían entrar por las baterías, y dijo el Alférez Serrano, que tenía cargo del artillería á estos Capitanes, que por qué no se iban á la batería con sus soldados. Respondióle Juan Pérez de Vargas que fuese él. Dende á poco salieron fuera y anduvieron en concilios de una á otra sobre lo que harían, sin resolverse en nada. Antonio de Avila fué á D. Juan de Castilla de parte de algunos Capitanes, diciendo que le habían estado esperando para que dijiese su parecer, para darle el cargo del gobierno de aquel fuerte. D. Juan le respondió que por no dejar la batería sola no había ido. El Antonio de Avila prosiguió diciendo que todos holgarían que acetase el gobierno, que por estar el fuerte de manera que no se podría defender, ni había gente para ello ni agua que beber, que alzase una bandera para tratar partidos con el Bajá. D. Juan respondió que si él acetase el gobierno, había de ser para defender el fuerte y no para rendirle: que si para esto querían, que él tomaría el cargo. El Antonio Dávila se fué con esta respuesta.
Juntáronse esta mañana en la tienda del Capitán Zapata, que estaba en la cama herido de una flecha, y acordóse entre los que allí se hallaban de escribir una carta á D. Alvaro dándole á entender cómo su ida había alborotado toda la gente; que viniese á dar orden de lo que había de hacer; donde no, que ellos harían lo que viesen que cumplía. Hecha esta carta y firmada de muchos, no la enviaron por parecer á algunos que tardaría en venir respuesta para sus disinios, que era rendir el fuerte, temiendo que los enemigos diesen asalto.
Tratándose en la misma tienda que era bien ver el agua que había en la cisterna para gobernarse por ella, dijo Juan de Funes que en lo del agua no había que tratar, que no había para más de aquel día. Corrales les dijo que no era posible porque él había tenido cuenta del agua que se había echado en la cisterna y con los días que se bebía della; que había agua para más de quince días. Acordóse que los dos, con D. Guillén de Barbarán y el Sargento Hidalgo, fuesen á verlo en presencia de muchos soldados, y hicieron entrar en la cisterna un moro que se llamaba Xama, que era de los que les pesaba de ver que se tratase de rendir el fuerte, porque era muy valiente y había mucho que servía en nuestra caballería, en la Goleta y Sicilia, y habiendo salido de la isla á acompañar al Infante de Túnez, le dejó en tierra firme y se volvió á meter en el fuerte, diciendo que, pues en tiempo de paz había llevado el sueldo del Rey, quería venir á servirle en la guerra.
El agua que tenía la cisterna daba á este moro, con ser alto, cerca de la horcajadura. Después entró otro y lo midió con una cana de la medida italiana, y halló tres palmos y medio de agua, ques una vara de España, y más la cisterna tenía cuatro canas de hueco. Cada cana verná á ser dos varas y una tercia de la medida de España.