Como el Joan de Funes vido el agua que había, comenzóse á santiguar diciendo: «Buena casquetada han hecho hacer á D. Alvaro.»

Los mismos que fueron á ver la agua llamaron á Pedro Ginovés, que repartía las raciones por la lista que tenía, y demandáronle que menguaba cada día la cisterna, y dijo que no llegaban á tres dedos; de manera que, dando las raciones que se daban, había agua para quince días; y si se tomara reseña de la gente que había, para que no se diesen raciones demasiadas, como se daban, había agua para mucho más; y sin nada desto, los alambiques solos de la munición y los de particulares bastaban á sustentar 800 hombres y más cada día, dándoles ración sin mezcla de agua salada y darles un tercio más de agua que se les daba.

En esto iba por el fuerte un capellán de Don Alvaro, que se decía Carnero, animando los soldados, diciendo que los que se habían ido lo habían hecho de cobardes y ruínes. Iba muy alborotado porque le habían dicho que se juntaban en la iglesia muchos Oficiales y soldados, donde él tenía las conservas quél había retirado del hospital porque no hicieran mal á los enfermos, y los dineros que habían dejado los muertos á quien él era amigo. De cuán flojamente se pasó con los enfermos, porque se dió mejor maña á ser albacea que á hacerles curar, que si los que morían dejaban algunos dineros á los clérigos y frailes que allí les servían, se lo tomaba. Hallando en la iglesia muchos Capitanes que se habían recogido para tratar lo que habían de hacer, les dijo mirasen que estaban en la casa de Dios, donde se había de tratar verdad y lo que cumpliese á su servicio y al de Su Majestad, y á la honra y provecho de todos, que era morir por la fe de Jesucristo. Después vino al castillo á reñir con el Gobernador Olivera y el Castellano, exhortándoles lo mismo. Si los Oficiales tuvieran el ánimo y determinación deste clérigo, no viniéramos á lo que hemos venido.

El Capitán Pedro y el Secretario Alarcón fueron en una barca á las galeras, donde llevaron agua y bizcocho y los remos y velas de una fragata. Fueron en esta barca el Coronel Mas y Mos de Indón, diciendo que iban á traer á D. Alvaro, pero no volvieron más al fuerte. A medio día se tornaron á juntar los Capitanes y hicieron Gobernador del fuerte al Capitán Rodrigo Zapata, que se había levantado de la cama. Después de haberle elegido le dijeron los mismos Capitanes que por estar el fuerte como estaba no se podía defender; sería bien alzar una bandera para tratar partidos con el Bajá. Respondió que no había acetado el cargo para rendir la fuerza, sino para morir en ella defendiéndola; por lo demás, acudieran á Olivera, Gobernador, y ansí fué el Capitán Collazos á hablar á Olivera de parte de todos. Respondióles que hiciesen una carta quél la firmaría, y daría por bien todo lo que hiciesen.

La carta se escribió en la misma tienda y llevóla á firmar el sargento de Francisco Henríquez. No la pudo firmar Olivera por la herida que tenía en la mano. Envióles á decir que la firmase uno por él, que daría por bueno todo lo que los Capitanes hiciesen; con todo esto, el Zapata salió de allí y fué dando orden por toda la muralla que todos tomasen sus armas, porque los enemigos estaban de manera de querer dar el asalto. Los tudescos estuvieron todo aquel día en orden sin partirse del cuartel que tenían á cargo, diciendo que harían lo que los españoles y italianos y franceses. Ansí Oficiales como soldados se fueron con las armas á sus postas, ofreciéndose de guardarlas ó morir en ellas: muy buenos soldados.

Andando en esto, encontró con el Sargento mayor Antonio Dávila, que venía hacia el castillo, y díjole que se fuese por 30 soldados y los llevase al caballero de la Cerda. Respondióle que, pues había Gobernador nuevo, hiciesen Sargento mayor también. Mientras el Zapata andaba por la muralla, se juntaron en la tienda de Juan Osorio de Ulloa, que estaba en la cama malato, cuatro Capitanes: Joan de Funes, Joan del Aguila, Zayas y Borja. Estos trataron que se rindiese el fuerte y enviaron al Zayas á hablar á Zapata de parte de todos para que hiciese alzar bandera. El Zapata le dió por respuesta lo mismo que había dicho en la tienda de Joan Pérez de Vargas. Viniendo todos juntos á persuadírselo, porfiándole que lo hiciese, respondió que nunca Dios quisiese quél acabase de perder lo que otros habían comenzado. Joan de Funes respondió que ya no era tiempo de aguardar más; que los enemigos estaban para dar el asalto; quél tenía orden de D. Alvaro de lo que se había de hacer; que D. Alvaro no había salido del fuerte con disinio de volver más á él.

Dende á poco fueron Zayas y Joan de Funes y hicieron á un soldado, llamado Villacis, que arbolase una bandera en una pica. Éste lo hizo luego. Viendo esto los turcos, arbolaron una toca, y ansí se fué el Villacis y los dos Capitanes tras él. Joan del Aguila se echó por otra parte, y ansí se fueron todos al Bajá, de su propia autoridad.

Mientras ellos hablaban con el Bajá, se llegaron muchos turcos junto al fuerte. Los soldados estaban con sus armas á la muralla diciéndoles que se alargasen. Dragut envió á llamar á Zapata, questaba en el caballero de San Joan, y no quiso ir, diciendo que no tenía licencia de sus compañeros.

El Bajá tuvo nueva aquella mañana, de un italiano que se huyó, cómo D. Alvaro estaba en las galeras, y mandó volver dos piezas de artillería que les tirasen. Primero había sabido que faltaba D. Alvaro del fuerte, del Sargento mayor Moroto, que era de los que iban con él á las galeras. Acertáronle á prender. Desta manera, estando un turco que escapó de la galera de Joan Andrea, llamado Uzaín, á quien hizo Alí Portu Capitán de fanal, su Lugarteniente, por ser turco principal y buen marinero, cavando en el caballero de San Joan y sacando palmas dél con otros turcos, oyendo las voces y arcabucería de la otra parte del fuerte, salieron á la mar por descubrir lo que era, y vieron la vuelta de las galeras cuatro ó cinco hombres. Creyendo que eran de los que solían llevar provisión, los siguieron hasta pasar de un barcón questaba junto á las galeras, y llegaron cerca del reparo que las galeras tenían en torno. De allí se retiraron porque la guardia de las galeras comenzó á tirarles. Este Uzaín prendió al Moroto, que venía un poco atrás. Como vió que los demás seguían á D. Alvaro, no supo decir si era vivo ó muerto, y ansí le hizo el Bajá mostrar algunas cabezas para que viese si era alguna la de Don Alvaro.

A él y al Capitán Pedro recogió el Capitán Clemente y metió en su galera. Aunque oían voces junto al barcón que decían: «Ríndete á buena guerra,» como no veían los que eran con la obscuridad que hacía, no se atrevían á salir de las galeras, creyendo que los turcos lo hacían aposta por hacerles salir.