Estando los Capitanes fuera del fuerte, llegaron muchos esquifes que venían del armada, y tomando la vuelta de las galeras, el Capitán Clemente, que estaba por cabeza de la gente que allí estaba, mandó que tomasen todos las armas. Viendo esto D. Alvaro le preguntó qué quería hacer. El Clemente respondió que pelear y defender las galeras. D. Alvaro le dijo que no haría nada, estando como estaban los del fuerte. Que tratase él también partidos. Clemente le respondió que no acostumbraba á tratar partidos, sino pelear, y pues él era de aquel parecer y era su General, que tratase lo que quisiese, que él le tenía como la persona del Rey, y así acordó que el Coronel Mas tratase partidos con los enemigos; y tardaron tanto en ello, que dieron lugar á que los esquifes llegasen y rompiesen la palizada y saqueasen las galeras, donde tomaron á todos en prisión.
Darmux Arráez, Cómitre real, llevó á D. Alvaro en su esquife al Bajá. Joán de Funes volvió al fuerte, dando á entender que había tratado con el Bajá que dejase ir libres á los Capitanes con 25 soldados por compañía. Entrando en el castillo le dijo Diego de Vera: «¿No habemos de saber en qué ley vivimos ó cómo nos rendimos?» Respondióle no quisiese saber más de que él y sus amigos iban libres. Después fué el castellano Fuentes á rendir el castillo y el municionero Joan Daza á ofrescer el dinero, que tenía á cargo, del Rey, pues no faltaba otra cosa, que la sangre y libertad nuestra ya la habían rendido.
Los primeros, Joan del Aguila, se fué de armada; Zayas volvió con Villacis y un renegado que se decía Mamy, diciendo que el Bajá y D. Alvaro mandaban que toda la gente se entrase á puesta de sol en el castillo; que les diesen un moro que se llamaba Sayte y el hijo del jeque que habíamos traído de Sicilia para hacerle señor de la isla, con otros tres rehenes que habían dejado los alarbes que habían venido á servir. Á todos quebró el corazón ver llevar éstos en prisión, porque se tenía entendido las crueldades que los turcos harían con ellos. Por sólo esto habíamos de morir primero todos, que darlos, pues habían dejado de irse con los de su ley, por el amor y afición que tenían con nosotros.
El mandar entrar la gente en el castillo fué por dar lugar á que los jenízaros y turcos saqueasen el fuerte, aunque ellos se dieron tanta priesa á entrar, que mataron y prendieron muchos fuera del castillo. Todos los enfermos y heridos que hubo por las tiendas degollaron, que era gran compasión. Aquí prendieron al Capitán D. Joan de Castilla; ni fué nunca de parescer que se rindiese el fuerte: siempre dijo que quería morir peleando y defendiendo la parte que le tocaba con sus soldados, y ansí le mataron muchos dellos.
Los del castillo, viendo lo que pasaba fuera, se abestionaron y pusieron sus guardias porque no entrasen los turcos. Aquella noche llamaron dos turcos á la puerta; la guardia les preguntó qué querían: dijéronles que les llamasen un Capitán cojo y otro que tenía las narices rajadas, que los llamaba el mayordomo del Bajá. Entendiendo que lo decían por Joan de Funes y Zayas, se los llamaron. Vino con ellos Diego de Vera. El mayordomo les dijo que se los encomendaba el Bajá; que estuviesen de buen ánimo, quél cumpliría con ellos lo que les había prometido, y quellos cumpliesen con él lo que le habían mandado. Los Capitanes fueron á Joan Daza á pedir dineros para el mayordomo, diciendo que era su libertad. Dióselos en plata y con firma de todos 250 escudos: llevóselos el castellano Fuentes.
Otro día por la mañana se sentaron el Bajá y Dragut en el muro de la marina con muchos jenízaros y espayes, con sus arcos y escopetas en las manos en torno dellos; mandaron salir primero los Capitanes, después todos los soldados. Embarcábanlos como iban saliendo; lleváronlos todos á escribir á la galera del Bajá; de allí los repartieron por las otras galeras. Toda la gente que se recogió al castillo serían hasta 1.000 hombres; los demás se perdieron fuera dél.
Aquí hizo fin la mal fortunada jornada que se comenzó para Trípol, que de haber tenido ruín principio y peor medio, vino á acabar tan vergonzosa y vilmente como acabó. Si ruinmente lo hicieron los de las galeras, muy peor lo hicimos los del fuerte, como si anduviéramos á porfía unos de otros sobre quién haría mayor error, y ansí fué desde el principio de la empresa, que parece que estudiábamos para no acertar en nada. Es salir de juicio pensar los desvaríos y mal gobierno nuestro, y ansí no hay que decir sino que quiso Dios castigar nuestra soberbia para darnos á entender que Él es el que guarda las tierras y el que vence las batallas, y que no hay poder que pueda sino el suyo.
Rustán Bajá, yerno del gran Turco y Vicario general suyo, dice una cosa muy acertada, como hombre sabio y valeroso: que los cristianos nos veníamos á perder por querernos sacar los ojos unos á los otros, por rencor y odio particular que tenemos, como hombres de poca fe, y por fiar más en nosotros que en Dios.
Plegue á Él, por S. M., que cese aquí el flajelo de su pueblo, y sirva esta desgracia para despertador de los Reyes y Príncipes cristianos, para que unánimes, con el amor y hermandad que se debe á nuestra fe y religión, miren con tiempo por el beneficio y aumento de la cristiandad. Los turcos mismos que se han hallado en esta empresa están espantados de lo que han hecho, diciendo que no saben á quién atribuirlo sino á la buena fortuna del gran Señor. No se les quite al Bajá y á los que se hallaban con él de haber hecho la más principal y más señalada cosa que han hecho mahometanos después que comenzó su imperio.
Como el Bajá se entregó en la fuerza, tardó ocho días allí hasta que llegaron cinco galeras que habían ido á Túnez por bizcocho. Fuese luego á hacer agua y tomó el camino de Trípol, donde entró con gran gazara y grita, colgados nuestros estandartes y banderas, lo de abajo arriba, en las popas y entenas de las galeras. Disparóse mucha artillería dellas y del castillo, y de las galeras de la presa no disparó ninguna. Entraron demostrando el descontento que todos traíamos en vernos llevar á Trípol tan al contrario de como pensábamos ir á él.