8. El Duque.—Si no hubiesen pasado por D. Álvaro de Sande tantos trabajos, maravillarme hía de que se le olvidase que su parecer no fué tan ambiguo, pues no obstante que lo que allí se resolvió fué lo más acertado, conforme á los tiempos y á la poca salud que el ejército tenía, y á la gente que nos había faltado, y de manera que yo me resolviera en ello, aunque no tuviera el Consejo y parescer de las personas que llevaba; pero no dudo de que cuando D. Álvaro vea estos apunctamientos le volverá á la memoria que especificada y abiertamente fué del parescer de todos, y que en público y en secreto lo trató diversas veces conmigo, inclinándose á la ida de los Gelves luego que se supo de las galeras que quedaron atrás que dejábamos á Dragut en los Gelves, de la gente de las cuales supo de nosotros, porque de la escaramuza no había tomado lengua, como asimesmo tampoco la tomamos nosotros; y fué más de esta opinión cuando supo que era ido á Trípol, en que yo me conformé por ver la falta que de la gente que sacamos de Sicilia había, y la que de cada día iba faltando, porque lo de Trípol se ponía en peligro y lo de los Gelves era cosa segura y hacía muy cierta la empresa de Trípol, por ser el principal sustento de aquella plaza y de los turcos que la guardan, como se podría discurrir largo y se ve por el gran esfuerzo que Dragut hizo en cobrarlos y el peligro en que se puso toda la armada del turco, quedando sin gente y sola, como quedó; dejado aparte que el tiempo no estaba para ir allá, y el temporal que nos trujo á los Gelves era viento por proa para Trípol, y de más de diez millas por hora, y duró tanto que se pudiera ir bien tarde á Trípol si se esperara en el Seco del Palo, y aun nunca á tierra de cristianos, pasando adelante la mortandad de la gente que cada día iba cresciendo, lo cual cesó en los Gelves, por ser la tierra muy sana y haber salido la gente de la mar; así que lo sobredicho no lo digo porque lo hice por parescer de D. Álvaro, pues yo lo hiciera y no se podía hacer otra cosa, sino por decir lo que á él se le olvida, pues lo que se hizo con deseo de servir al Rey nuestro señor y con toda la razón de guerra del mundo, y no sin pelear y peligro, como es ordinario en tales jornadas no me paresce que es razón, porque la fortuna haya querido ser contraria, y que fuese adverso el fin, que quede por olvidado lo que fué bueno; y para tornar mejor á la memoria su parescer á D. Álvaro, no dudo de que se acordará que queriendo junctar otra vez el Consejo, como se hizo para tratar de nuestra ida y desembarcación y conquista de aquella isla, le dije que conociendo yo en D. Sancho de Leyva que todo lo que se proponía, paresciéndole que salía de él, lo contradecía, que me parescía que aquel día no se conformase conmigo, y que vería cómo tiraba á D. Sancho á todo lo que al servicio de S. M. convenía, y entonces fué cuando votó que él haría lo que yo le ordenase, cierto diferentemente de lo que concertamos, pues en lugar de dar desvío para traer á D. Sancho á lo que convenía y había tratado con él, se quiso poner en seguro de que yo huelgo mucho que lo esté; y digo que sea así, que yo lo determiné sin él, y que salió bien, y saliera mejor si las galeras no se perdieran al fin de la jornada, con que se perdió todo.
9. Prosigue D. Álvaro de Sande.—Quiso Dios que el día siguiente, que fué á 2 de marzo, no solamente se mejoró el tiempo para ir á nuestro viaje; pero refrescó tanto al contrario, que partiendo con él para los Gelves, conforme á la determinación que se había tomado, que en menos de diez días fuimos surtos al cabo que llaman de Valguarnera, que es lo último de la isla á la parte de poniente, y donde es la parcialidad más enemiga de turcos, y era la obstinación de los tiempos malos tanta, que estuvimos sin poder desembarcar cinco días; y contra la opinión que llevábamos, no solamente á los moros les pesó de nuestra ida allí, pero nos negaron las vituallas, y el día siguiente, que nos desembarcamos, que fué á los 8 de marzo, por defendernos los pozos, dieron la batalla; y acampándose juncto con nosotros, estuvieron cinco días, hasta que visto que el Duque quería volver á pelear con ellos, se rindieron y sometieron á la devoción de V. M., echando los turcos del castillo é entregándole, é con las demás condiciones que V. M. habrá visto.
10. Y paresciendo que pues aquella isla se habia subjetado y atraído á la devoción de V. M., era bien de procurar de conservarla, y convenía hacerlo por lo mucho que importaba á la quietud de los reinos de Sicilia y Nápoles y navegación de ellos, por ser aquella isla tan vecina á ellos, donde se recogían muchos cosarios, así á vituallarse como á repararse é hacer navíos y invernar en ella y vender las presas que en los dichos reinos y costa de Italia hacían, que para esto era bien hacer un fuerte competente donde se pudiese meter guarnición de gente y artillería, porque habiéndole se quitaría la frecuentación de los cosarios y disturbaría mucho la contratación y paso de los turcos que pasan á Argel é poniente y se ponía la isla en perpetua subjeción, y podría servir de escala y de casa de munición para las empresas que en África se quisieran hacer, é para los navíos que quisiesen andar en corso contra turcos, y que el mejor sitio y parte donde se podía hacer era donde estaba el castillo, incorporándole en él, porque no se quería comenzar obra que pudiese disturbar á que, con el primer tiempo y llegado de Sicilia las vituallas y gente que se esperaba, no se pudiese partir el armada á Trípol, sino dejase la obra imperfecta; y porque la comodidad del castillo y haber en él lugar para poder meter vituallas y municiones y dos cisternas, y cerca tierra, leinmo, fajina y arena para poder edificar, hacían fácil é breve el edificarse el fuerte, é también parescía más conveniente hacerle allí que en otra parte, por ser el medio de la isla y donde los moros hacen sus mercados, contractaciones y ferias, é porque de más desto, en cualquier otra parte que se quisiera hacer era menester mucho tiempo, por no tener tan á mano los materiales, é por ser necesario hacer, allende de la fortificación, magacenes para las vituallas y municiones; y si se quisiera hacer en la Cántara, donde algunos dicen que se había de hacer, por haber agua, había en ello la dilación de tiempo que era contra lo que se tenia determinado, y quedaba subjeta la plaza á ser batida por mar, por haber en aquella parte mucho fondo, lo que aseguraba el castillo, que por ser secanos no se puede acostar armada á tiro de cañón, aunque por una canal estrecha pueden llegar fustas y galeotas é otros navíos mercantiles; ansí que, movidos destas cosas, se determinó que se hiciese allí el fuerte, y D. Sancho de Leyva tomó á su cargo el ir con Antonio Conde, ingeniero, y el Capitán general de la artillería Bernaldo de Aldana á designiar el fuerte, y ansí lo hizo, y por su disiño se comenzó á fortificar, tomando Juan Andrea Doria á cargo fortificar él un bestión con la gente de Quiroco Espínola, y de levantar otro se encargó el gran Comendador Jegieres con la gente de la Religión, y el Duque con la infantería española de otro, y el cuarto tomó á cargo Andrea Gonzaga con la infantería italiana de Lombardía, é yo le tuve de solicitar é ayudar á los unos y á los otros; y estando la fortificación en buen término, fué nueva que el turco enviaba armada para socorrer á Trípol, por la instancia que Luchaly había hecho, el cual le había ido á pedir, según dicen, en los dos navíos que arriba digo que se dejaron en la Cántara; y como de muchas partes se confirmase la venida de la dicha armada y el Duque, desesperando el poder hacer la empresa de Trípol é por desembarazarse de allí hizo dar gran prisa á la fortificación del fuerte, el cual fué en defensa el día de San Marcos, y de aquel día en adelante no se ocupó en trabajar más gente de la que allí había el Duque determinado que quedase. Habíase encargado D. Sancho de Leyva de hinchir la cisterna del fuerte, y dejóse de echar agua en ella estando llena no más que la mitad, y la cisterna que estaba dentro del castillo, que era pequeña, se hinchó con los forzados de dos galeras de Sicilia: había buen número de botas y tinajas para hinchirlas de agua, y no se hizo.
10. El Duque.—La isla quedó no sólo á devoción de S. M., pero por suya, y el jeque por su vasallo, con pagarle lo que pagaban al turco, y el aduana rentará poco menos que hiciera de costa la guarnición. Y como comencé á fortificar, no esperé más poder ir á Trípol aquel verano.
Hubo otra calidad de importancia para fundar allí el fuerte, que fué que por razón de los secaños no se podía poner armada sobre él, porque habiendo de echar la gente en tierra seis millas de donde había de quedar, era entregalla á la de S. M. si viniera á salvamento, como se esperó, aunque por otro cabo parescía inconviniente para avituallarlo con una nave, lo cual se remediaba proveyéndole con carabelas armadas ó otros bajeles pequeños y de poco fondo.
D. Sancho pretendió que se hiciese en la Cántara el fuerte, y no convenía porque no había agua ni cisternas, como en el castillo, y se vió cuando Dragut estuvo allí encerrado de Andrea Doria, que enviaba á veinte millas á hacerla, como el veedor Hierónimo Sedeño lo vió por vista de ojos, habiéndole enviado entonces Andrea Doria á la isla y á su casa á negociar con el jeque. Yo ví los cordeles para designiar el fuerte en la mano á D. Sancho de Leyva. Verdad es que el designio estaba hecho por quien lo entendía mejor, y se había estrechado casi dos tantos de lo que D. Alvaro había platicado. D. Sancho nunca ayudó á poner una piedra, ni con una espuerta de tierra ni un haz de fajina, teniendo muchos buenos esclavos y forzados, aunque yo se lo pedí y hice pedir con toda la instancia del mundo, y es cierto que hiciera más la chusma de una galera que cuatro banderas de infantería, porque se tardó el doble en partir. Antes ocupó la gente en cargar las galeras de lana y aceite para llevar á Sicilia y á Nápoles, y de vacas á Pysciota, y esto es verdad, y la causa porque perdió todas las de su cargo sin poder huir, y así las tomaron sin pelear.
También Juan Andrea, habiendo tomado á su cargo un baluarte y hecha maravillosa obra en él, pretendiendo ir con las galeras á Sicilia y dejarnos á todos allí, no paresciéndole al Consejo, sin faltar ninguno sino D. Alvaro, que no declaró su voto, sino dijo que lo que se había de hacer que fuese luego, con que D. Juan de Cardona se conformó, habiéndole contradicho siempre, alzó el dicho Juan Andrea la mano del bestión, en que se perdió más de diez días de tiempo.
No sé si D. Sancho se encargó de hinchir las cisternas, porque á Juan Andrea pedí que lo mandase á los de su cargo de la mar, y él lo mandó, creo, á D. Sancho y D. Berenguel; pero sé que, como cosa que tanto importaba, estuve muchas y diversas veces todas las horas del día á verlas hinchir, y que venían muchos barriles con la mitad del agua, que fué causa de dilatarse la estada allí, y la verdad es que se hincheron, aunque de espacio, y que la de fuera del castillo se vació dos palmos y cerca de tres, y con todo esto, si nuestra armada no se perdiera, que quedaba demasiada agua para la gente que dejaba, hasta las primeras del invierno, demás que no osara la armada desembarcar su gente, como dicho es, y si lo hiciera se perdiera, lo cual lo confiesan los mismos turcos.
11. D. Álvaro de Sande.—Estaba en este tiempo muy malo Juan Andrea Doria, y envió algunas veces con Plinio de Bolonia á decir al Duque que mandase que se embarcase la gente y las otras cosas que habían de ir en cristiandad, y si también que el Duque mandó dar 200 escudos de su casa á Agustín Febo, alguacil real del armada, porque solicitase la embarcación de la manera que Juan Andrea pedía que le embarcasen y el Duque que lo embarcasen: las causas que hubo para lo que quería el uno y el otro no se hiciese, se pueden bien saber y á mí no toca decirlas.
11. El Duque.—Las causas que yo me puedo acordar que hubo para dilatarse la embarcación fueron: la primera, mucho embarazo que nos dieron los soldados que habían de quedar en el fuerte, con esconderse y irse á los navíos y con las quejas de sus capitanes. La otra por la flojedad que hubo en enviar esquifes para embarcar la gente, ocupándolos en llevar mercadurías á las galeras, especialmente á las de D. Sancho de Leyva, porque esto yo lo ví. Tanto que los camellos que iban y venían á la marina llevándolos á embarcar, me acuerdo que nos desasosegaban vellos pasar por muy cerca del altar donde oíamos misa en el campo. Y hubo persona de crédito que me ha dicho que llegando esquifes de D. Sancho de Leyva á la marina y pidiendo á los hombres que venían en ellos que tomasen soldados para llevar á las galeras, no lo quisieron hacer, diciendo que habían de llevar primero un caballo. También nos embarazó que paresciéndole al Maestre de campo Barahona que el foso del castillo en la parte de Levante no quedaba tan bien como él quisiera, lo desbarató un día para dejallo más ancho, de manera que lo puso llano, y se hubo de andar tratando con los tudescos que lo aderezasen; y demás de todo esto, lo más principal fué el ruido que se tuvo en el zoco de los moros entre ellos y los cristianos sobre un albarcoque que tomó un cristiano á un moro sin pagárselo, de que hubo hartos muertos y presos de los moros y de algunos cristianos, á cuya causa, y por dejar el castillo en paz con la isla y que quedase por subjecta como lo era, se hubo de dilatar la embarcación dos ó tres días; y es verdad que D. Alvaro de Sande me dijo que nos embarcásemos luego, y poco después de sucedido este ruido, y yo le dije que parescería que nos embarcábamos de miedo de los moros, de que no ganaría nada el castillo ó fuerte embarcarnos de aquella manera sin asosegar la isla primero y capitular con el jeque, demás de la reputación, y no tener por tan cierta la venida tan presta del armada, antes estar en opinión de hombre de experiencia y marinero, que no vernía por todo mayo, el cual había muy poco que llegó de Sicilia.