12. D. Álvaro de Sande.—Había el Duque acordado de dejar al Maestre de campo Miguel de Barahona por gobernador del fuerte hasta que V. M. proveyese otra cosa, y que por aquel verano quedase en él 2.000 hombres, incluyéndose en este número los soldados y la demás gente necesaria, así para el servicio de la artillería y municiones, como para el de todas las cosas necesarias, y hobiese embarcado á los 10 de mayo toda la gente que había de venir en cristiandad, excepto alguna parte de los alemanes y muy italianos, que entre todos no habían 400 hombres, que con facilidad con dos barcadas con los esquifes de galera se embarcaron todos.
13. Llegó este propio día, tres ó cuatro horas antes que anocheciese, una fragata con dos despachos del Gran Maestre, el uno para el Duque y el otro para Juan Andrea, en que les avisaba que el armada turquesca había hecho agua en el Gozo. Fué el Duque á verse con Juan Andrea y halló que estaba en Consejo con los capitanes de la mar tratando de lo que se debía hacer, é yo quedé en el fuerte, y no sé lo que pasó en el Consejo; mas de decirme el Duque que había determinado y se habían resuelto de no pelear, sino salvarse, y que dos ó tres habían sido de parescer que peleasen, junctándose con las naves, é que aquella noche saldrían de los Secos, y que como fuesen fuera, eran seguros, y que dejarían la galera Condesa en aquél, é los que con él estábamos nos pudiésemos ir, y que enviarían á tierra los esquifes de las galeras, porque no viniendo el armada ni paresciendo á la mañana, embarcarían la gente que faltaba de embarcar, é que con esta determinación salieron del Consejo.
13. El Duque.—La fragata vino, como dice D. Alvaro, antes una hora más tarde que más temprano, la cual vimos él y yo llegar á tierra y en ella el Comendador Guimarán y otro gentil-hombre que en el vestir y la manera me paresció que venía de fuera, y luego lo dije á D. Alvaro, y que me parescía que debía de haber alguna nueva, y en esto caminé hacia los dos, y Guimarán se adelantó á mí y me dijo suso: «Vamos de aquí, que el armada es con nosotros;» y yo le dije: «¡Cómo!» Respondióme: «Este caballero que viene conmigo, que se llama Copones, es de mi tierra: viene con la nueva de parte del gran Maestre y avisa cómo el armada tocó en el Gozo y fué vista de todos, y se pasó un renegado español y dijo cómo venía á Trípol derecha, y que á la cuenta de la navegación que ella había hecho, llegaría aquella noche y otra podría venir á los Gelves.» Yo le respondí que cómo nos habíamos de ir; él me respondió que nos embarcásemos en aquella fragata D. Alvaro y él y yo, y que nos fuésemos á las galeras con Juan Andrea y los demás, los cuales estaban determinados de irse luego. Yo le dije que cómo era posible que pudiese hacer aquello dejándome en tierra los alemanes y otros soldados y gentes, que era casi en número de otra tanta como la que quedaba en el fuerte, y que para el agua que había era grandísimo inconveniente. En esto dije á D. Alvaro y á Guimarán y á Copones que fuésemos á mi tienda, y que no se dijese nada por no alterar el campo, y así se hizo, mostrando Don Alvaro que tenía gran esfuerzo y que no vendría allí el armada en dos ó tres días, diciendo que se repararían en Trípol y tratarían con Dragut, y otras cosas, y quiso que nos sentásemos á cenar; y yo, porque mi diligencia no paresciese menos ánimo que el suyo, hice lo que quiso y enviamos á Guimarán á que procurase con Juan Andrea que me enviase los esquifes, pues parescía que no convenía que yo me embarcase y dejase la gente que había de ir, especialmente siendo tanto daño quedando el agua limitada, y á la verdad, como no me puse á cenar con gana ni con sosiego, no lo pude sufrir y dije á D. Alvaro: «Dejemos esto, señor; entendamos en lo que hemos de hacer; no es tiempo de cenar con reposo;» y así, hice llamar á mi secretario, entre tanto que Guimarán volvía, y firmé y despaché algunas cosas necesarias, y hice embarcar en los pocos barcos que había á mi hijo y á la mayor parte de mi casa, y ordené á la gente que había de embarcarse que estuviese á puncto á la marina, esperando los esquifes, pudiendo venir todos como vino él en uno, siendo tan necesario desembarazar aquella plaza de la gente sobrada por razón del agua, y dijo cómo Juan Andrea y los otros caballeros y capitanes de galeras se habían juntado en Consejo, y resuéltose que las naves se levasen y se fuesen, y partirse ellos aquella noche, porque cuando el armada viniese el día siguiente de Trípol, donde presumían que estaría, no les hallase allí; y que no había para qué enviar los esquifes, sino que yo y Don Alvaro nos metiésemos en el que él venía y que nos fuésemos, porque no esperaban otra cosa que á mi ida, y que D. Sancho de Leyva decía que no era razón que yo por dejarme de embarcar pusiese en peligro que se perdiese aquella armada de S. M.; y acordándome yo que había dado mi palabra como caballero de no dejar en Berbería á los tudescos, y de ponerlos en tierra firme y de cristianos, envié á llamar al Coronel y á los otros oficiales y díjeles lo que me enviaban á decir de la mar y el término en que estaban las cosas, y que viesen lo que de mí querían, que el armada se podía ir muy bien sin mí, y no yo sin cumplir mi palabra. Ellos se resolvieron que querían los esquifes. Visto esto, me trujeron á puncto todos los que allí estaban, y pienso que D. Alvaro, que permitirían que yo fuese á pedir los esquifes á Juan Andrea con que yo diese mi palabra de volver con sí ó con no. Yo fuí, y así fué Guimarán conmigo, solos, y hallamos á Juan Andrea y á Plinio en la cámara de popa de su galera, que á mi parecer sería á hora y media ó dos de noche, y entrando que entramos en la cámara dijo Juan Andrea suso: «Leva, vamos.» Yo le dije: «Óigame V. S. primero, porque no vengo para poderme ir desta manera; y contéle lo que había pasado con los alemanes y lo que con ellos había tratado, y pedíle los esquifes. Respondióme muchas cortesías, diciendo que por mi persona aventuraría las galeras, y que no se iría sin mí. Yo le respondí otras semejantes, diciendo que así aventuraría yo y pondría por él todo lo que tenía, y que si lo decía por sus galeras, que yo aceptaría el ofrecimiento como entre amigos; pero que si lo decía por el armada de S. M. que tenía á su cargo, que en ninguna manera la aventurase por mí, sino que hiciese aquello que le paresciese mejor para su salvación, y que yo volvería á cumplir mi palabra con los tudescos, y que todavía me podían dar los esquifes con que traer los que estaban en la marina, que sería cumplir con todo. Ordenó que se diesen, y dijo que viniesen los tudescos presto porque le hallasen allí, y que él pensaba hacerse á la mar aquella noche; y si descubría á la mañana á la armada hacer su camino de Sicilia, y si no que volvería por los tudescos y la otra gente á recogerlos, si no hubiesen llegado antes que partiese, y que dejaría allí la galera Condesa, que era la mejor que él tenía, para que esperase todo lo posible para recogerme si quisiese irme; y con esto volví al fuerte y dí orden que se embarcase toda la gente que se pudiese en los esquifes, especialmente los alemanes, y fuímonos á la marina á embarcar D. Alvaro y Guimarán y D. Pedro Velázquez y yo, donde por ser bajamar y no poder llegar á la orilla una fragata en que habíamos de ir todos á las galeras, pasamos á ella D. Alvaro y yo en un barco muy chico con orden que volviese por el Conservador y por Guimarán, á los cuales, ó por no haberlos hallado allí, ó no haber vuelto á ella el barco, no vinieron á nosotros, y paresciéndonos gran vergüenza irnos sin ellos, los esperamos hartas horas; y en comenzando á crescer el agua, ya cerca del día, nos allegamos á tierra, y preguntando por ellos nos dijeron que había gran rato que eran idos, con lo cual nos fuimos, entendiendo que habían pasado de largo por no habernos hallado en la posta que estábamos, y así nos amanesció en el camino y reconoscimos que toda el armada era levada, y la víamos que iba lejos, y mucho más adelante otras velas que juzgamos ser nuestras naves, y parte eran algunas dellas y la mayor el armada del turco. Vimos en la posta de las galeras á la que nos había dejado Juan Andrea, y llegando casi cerca della nos salieron al encuentro Guimarán y el Conservador en un barquillo, y nos dijeron que las velas que juzgábamos ser nuestras naves era el armada enemiga, la cual revolvía sobre la nuestra, que iba bien descuidada, á lo que yo puedo juzgar de toparse con ella, pues si esto se pensara, se hubiera abrazado con las naves ó pasado por el Canal de los Querquenes, como dice un piloto maltés de la religión de San Juan, que se llama Tomé, que lo aconsejó; de manera que no reprobando ni loando el consejo que en la mar tuvieron, porque si se fundó en la relación del renegado, el suceso fué vario, con el cual el pueblo siempre tiene cuenta. Como quiera que sea, digo, que por suerte ó por cualquiera otra cosa que fuese, yo no me hallé en él, ni pasó más ni menos de lo que he dicho. Y tornó á decir que si por D. Alvaro no hubiesen pasado los trabajos que han pasado, que me maravillaría mucho de que no se le acordase cómo pasó este negocio, pues lo supo de muchos y de mí, y solía tener buena memoria. Es bien que se entienda que ni por partirse á la hora que vino Copones, ni mucho antes ni después, nuestras galeras dejaban de topar los enemigos, porque las llevaban por proa; y si habían de pasar sin ser vistas por aquel camino que determinaron y no por el Canal de los Querquenes, había de ser de noche, como partieron, y según paresce, por un griego levante que se levantó algo furioso, me paresce que dieron fondo aquella noche y estuvieron surtas dos ó tres horas entre el armada turquesca y tierra, de manera que no se excusaba la destinada pérdida, y fuera mayor, porque al amanescer se hallara más cerca de los enemigos, para no poderse escapar las que vinieron á Sicilia, y más lejos del fuerte, para salvarse por entonces las que vinieron á él. Por donde yo juzgo que no fué sin misterio las causas que hubo á no embarcarme, por lo que á mi persona toca, y querer nuestro Señor, por cumplir mi obligación, no sólo que no me perdiese, pero que no me mojase el pie, pues no se pudo juzgar entonces cuál fuese más segura, la mar ó la tierra; pues si lo era la tierra, no embarcara mi hijo, y si la mar, el quedarme en tierra fué por hacer lo que debía. Así que reconoscido muy bien la vuelta que habían tomado nuestras galeras y la caza que les daban los turcos, y que algunas venían á dar en tierra, recogimos los esquifes que tras mí iban con los tudescos y otras gentes á embarcarse, nos volvimos al fuerte.
14. D. Álvaro de Sande.—El Duque vino en tierra y despachó todo lo que tenía que tratar con el rey de Caruán, que era poco. Ordenó al gobernador del fuerte lo que con el jeque había de hacer, é todas las otras cosas convinientes á la guarda y conservación de la isla, y dos horas antes del día se embarcó en una fragata é yo con él, para ir en la galera que se había ordenado que quedase allí para tomarle, que estaba á cargo del Comendador Guimarán, el cual estuvo esperando casi hasta el día, y él había pasado á su galera sin haber visto al Duque por la escuridad de la noche. Con la claridad del día el Duque mandó que la fragata fuese la vuelta de la galera, é bien fuera de pensar que las demás estuviesen donde las halló, porque lo habían acordado, que como digo era salir de los Secos; y como el día fué claro, descubrimos el armada turquesca é volvimos al fuerte.
15. Visto que nuestra armada era rota y desbaratada y que toda la gente de las galeras que habían encallado, y las que habían venido á la vuelta del castillo, se echaban á la mar é venían nadando, quién con barril, quién con pavés y quién á fuerza de brazos, y que cada uno se daba priesa á tomar tierra á lo menos cerca, creyendo que los moros que parescían en la marina, que no eran pocos, eran amigos; pero como vieron el armada turquesca victoriosa, y que para disculparse de lo que habían jurado pocos días había, que era vasallaje y fedelidad á V. M., era bien poner las manos en los cristianos, lo comenzaron á hacer de manera que fué menester que el Duque me mandase que fuese con gente á socorrer á los que venían á salvarse á tierra. Fué gran número de gente la que se recogió y de diversas naciones y estados. Visto por el Duque una cosa tan impensada, como era ver perdida nuestra armada, envió á decir al jeque de la isla y al rey de Caruán el ruín suceso y á esforzarlos á estar de buen ánimo; pero como vieron ellos el armada desbaratada y conoscieron los ánimos de los moros, pusiéronse en salvo, é lo mismo hizo el tío del rey de Túnez, con quien el Duque les había enviado á hablar.
16. Juan Andrea, habiendo dado en los Secos con su galera, se recogió al fuerte y dijo al Duque que él se quería ir en una fragata á Sicilia á recoger las galeras que se habían salvado y á dar orden como se armasen otras tres que en Sicilia y Malta habían quedado, y asimismo dijo al Duque que él hiciese lo propio, porque pudiese poner recaudo en las plazas y fuerzas de Sicilia que quedaban tan sin gente y desproveídas. Mandónos el Duque á D. Pedro de Urríes y al Comendador Guimarán y á otros que nos juntásemos á tratar de lo que nos parescía que se debía hacer. El mío fué que el Duque había de hacer lo que Juan Andrea le aconsejaba, porque su persona no era tan necesaria en aquel fuerte cuanto en Sicilia. Dijo el Duque que no se le diese consejo teniendo respecto á su salud, sino á su honra y á lo que convenía al servicio de V. M.; y como todos fueron del propio parescer, se decidió á hacerlo, diciéndome á mí que me pusiese á puncto para irme con él, pues quedaba allí el Maestre de campo Barahona, que era soldado que daría en todo buen recaudo, y que quedaban otros que le ayudarían.
Respondí que no obstante que en Barahona había las partes que S. E. decía, y en mí no más obligación de quedar allí de la que tenían los que iban con él, que porque veía que para gobernar la gente que allí quedaba, por respecto de la mucha que se había salvado de las galeras, y ser de diferentes naciones y calidades, era menester persona de mayor cargo que el dicho Barahona, y que para ello yo ofrecía la mía é quería quedar en aquel fuerte, para que en los reinos de Sicilia y Nápoles se pudiesen proveer é reparar del peligro en que estaban, ansí por estar desproveídos de gente, como por lo que podía el armada hacer yendo tan victoriosa é poderosa, é que me parescía que ninguno podría hacer esto mejor que yo, é que así para ello hacía elección de mí propio y suplicaba á S. E. lo tuviese por bien, y también porque el agua y las demás vituallas eran pocas y era menester desde luego mandarlas dar con gran orden, especialmente el agua, que como digo era muy poca, y acabada, se acababa la empresa á los turcos, é que entendía bien cuán á peligro de perderme quedaba, é que para no serlo hallaba uno de tres remedios, y eran: ó que los turcos por abreviar su empresa diesen una gruesa batería y asalto, ó que nuestro Señor nos socorriese con unos turbiones de agua que en verano suele haber en Berbería, ó que V. M. nos mandase socorrer, que, cierto, sola la fama de que se juntaban galeras en Sicilia ó Malta bastara á hacer que los turcos se alargaran de la empresa, ó la abreviaran procurando tomarnos por fuerza y no por asedio, porque por tener la gente en tierra tenían las galeras desarmadas, y la parte donde ellos tenían su armada, eran secanos, y tan lejos de tierra, que con mucha dificultad un esquife de galera podía hacer más de dos viajes en un día; y si tuvieran nueva que se junctaban algunas galeras, les era fuerza, por guardar las suyas, embarcar la gente y tenerla en el armada, por la dificultad que, como digo, había de poderla embarcar brevemente y dejarnos á los del fuerte desembarazados, y para esto bastaban 30 ó 40 galeras, porque no embarcados, les podían tomar y quemar su armada, é queriéndola guardar nos dejaban en la isla libres, y siempre tuve esperanza que se haría, por no ser muy difícil, y que no embargante que entendía que me podían faltar cualquiera destas cosas, ó todas, yo quedaba allí por entretener aquel cuerpo muerto, que por tal se podía juzgar habiendo asedio, y que en esto quería hacer servicio á V. M., no poniéndoseme adelante ni mirando otro particular que éste, y también que no quisiese Dios que yo me salvase viendo quedar perdidos los que me habían sido compañeros en aquella jornada, y algunos dellos en otras muchas, y que S. E. fuese cierto que si los enemigos me quisiesen tomar por asedio, no podía dejar de perderme; pero que le prometía que cuando á estos términos llegase, y el agua me faltase, saldría á perderme dando la batalla, y que hasta esta extremidad yo procuraría entretener el fuerte é los turcos en aquella empresa, como después hice lo uno y lo otro. El Duque, oídas las razones que para quedar allí le había dado, túvolo por bien, y con la comodidad que tuvo, que fué harto peligrosa, se fué en Sicilia, donde nuestro Señor fué servido que llegase á salvamento.
16. El Duque.—D. Alvaro quiso quedar en el fuerte, como dice; pero no quedó tan desesperado de defenderse, y las vituallas y municiones fueron en demasiado número, y no siendo socorrido, de necesidad se había de perder por falta de agua, teniéndose dentro la gente que salió de las galeras, á lo menos la inútil; y esto se ve claro, pues nunca se perdió por fuerza, sino por desfallescer las fuerzas á la gente que estaba dentro, que, como demasiada, se bebió el agua antes de tiempo, y no tanto antes que no se tuviesen tres meses.
Sobre lo que después sucedió hasta la pérdida del fuerte, porque no sé cosa sino de oídas, no me paresce apunctar ni tractar aquí dello.
17. D. Álvaro de Sande.—Dicen algunos que la salida que hice la última noche fuera mejor hacerla cuando los turcos desembarcaron, que éramos más, y más enteros y fuertes podíamos pelear con ellos con 2 ó 3.000 hombres ó más: éstos hablan como mal pláticos ó mal informados, ó demasiadamente apasionados, porque allende de que mi intento principal fuese entretener allí el armada, y sólo este particular me había hecho quedar allí, por las causas dichas, no había de salir temerariamente á perder aquella gente y hacer á los enemigos breve su empresa, sin poderles hacer daño; porque ellos se desembarcaron y alojaron en el propio alojamiento é fuerte que nuestro campo tuvo después de ganada la batalla cuando en aquella isla saltamos con el ejército, que ultra de estar cuatro ó cinco millas del fuerte, estaban ellos no menos fuertes en él que nosotros en el nuestro, y no sé cómo paresciera ó con qué razón se podía hacer ir con 2 ó 3.000 hombres que entre buenos y malos podía sacar, dejando el fuerte desamparado, no solamente á combatir con 12.000 turcos que estaban tan lejos de donde me podía retirar, y en un alojamiento muy fuerte y atrincheado, con 20 piezas de artillería, pero con todos los moros, que siendo nosotros 7 ó 8.000 hombres cuando saltamos en aquella isla, sin ayuda ninguna de turcos nos acometieron á dar batalla é pelearon de manera que tuvimos la victoria dudosa, y se habían puesto y alojado á nuestra mano izquierda, y por las espaldas teníamos los árabes que habían entrado en la isla por orden del Dragut, que serían 1.500 caballos; é ultra de todas estas dificultades, había otra que no era menor, y era, para haber yo de acometer á los turcos en su alojamiento, me era fuerza ir de marina á marina, donde ellos con sus galeotas, fustas é bergantines me batían por costado; así que de salir á buscar los enemigos é irlos á combatir á su alojamiento, no podía suceder sino la pérdida de todos los que saliéramos y de los que quedaran en el fuerte. Dicen también que después que los turcos se me llegaron, salí menos veces de las que debiera, y éstos, si se hallaron allí, se acuerdan mal, ó si no lo estuvieron, están mal informados, porque ultra de lo que creo yo que ninguna tierra que haya asediada y combatida ha echado tantas veces gente fuera ni con mejor orden, no se deben acordar que siempre que la eché volvieron huyendo con pérdida, é de que una vez que entre las otras, estando los turcos combatiéndonos las galeras, por disturbarlas y parescerme que se les podía hacer algún daño en aquella conjunctura, mandé á dos capitanes que con 300 soldados españoles é italianos saliesen asaltar las trincheas de los enemigos por la parte del Poniente, é que no solamente lo hicieran, pero que después de salidos, sin pasar del foso ni hacer ningún efecto, se volvieron al fuerte huyendo, y de que muchos que la quise echar, teniéndola á puncto é para salir, se iban las propias centinelas á dar aviso á los turcos; y también se les debe de haber olvidado que se me fueron á los turcos más de 1.000 hombres, de su propia voluntad, así por la mucha sed como por flaqueza de ánimo, é que no había hora ninguna de las del día ó noche que los enemigos no supiesen ni fuesen avisados de los nuestros propios de lo que dentro del fuerte se hacía, sin haber bastado remedio ninguno á que pudiese dejar de ser, buscando los que fueron posibles, porque para este particular tuve guardia, y porque de la mesma que mandaba poner se me iban, hice echar un bando que cualquier soldado que matase ó prendiese al fugitivo se le darían seis escudos al que le trujese vivo y cuatro al que le matase, y esto se observó y cumplió; y mandé hacer justicia de muchos que se huían, sin haber perdonado á ninguno. Las necesidades que allí se pasaron fueron con extremo grandes, las cuales no quiero tractar aquí todas, porque sé que V. M. está informado dellas; pero diré algunas del agua salada dulce. Comiéronse los caballos y otros animales, repartiéndolos por raciones, y hubo algunos, y no es manera de decir, que comieron hígados de turcos; y se vió vender una gallina en 14 ducados, y muchas cabezas de cebollas, que llevó una fragata que fué con unos despachos de Sicilia, á ducado cada una, y cada cabeza de ajos un real, y á este respecto, y otras cosas que llevó. El pan se amasaba con agua salada; y como la munición era queso y tocino y otras cosas saladas que apetecían á beber y la ración de agua era limitadísima, se entretuvo la gente por temor de la sal muchos días con garbanzos y algún bizcocho que se les daba y dió, y muchos murieron de sola sed, y eran los caniculares y en Berbería: trabajaba la gente toda la noche y peleaba el día sin tener ningún reposo. En ninguna parte se peleó donde no me hallase: defendí por mi persona y con pocos amigos el bestión de Gonzaga, abandonado de los que lo guardaban, dándole el asalto por un fuego que tomó un barril de pólvora: fuí allí herido en una mano é matáronme delante de los ojos al Capitán D. Hierónimo de Sande, mi sobrino, é otros amigos é muchas personas.