—Buen oficio! Buen oficio! —prosiguió el Camastron volviéndo al asunto de que se habian apartado, al recuerdo de su profesion que influia en todas sus acciones —Eso no tiene nada que ver con el leofito (neofito.)

—Es verdad! —repuso Cárlos —Oliverio por que no sientas plaza bajo la bandera de Fagin?

—Harias fortuna de un golpe! —replicó el Camastron guiñando el ojo.

—Vivirias de tus rentas; y te hacias el señor como pienso yo hacerlo por Pascua ó por Navidad.

—No, no quiero! —contestó Oliverio —Prefiero que se me deje marchar! Qui... sie... ra mejor marcharme!

—Y Fagin prefiere que te quedes —objetó Cárlos.

Oliverio lo sabia demasiado; pero reflecsionando que tal vez seria peligroso el espresarse con demasiada franqueza, dió un suspiro y continuó limpiando las botas del Camastron.

—Vaya! —esclamó éste —¿Dónde está tu valor? Carece tu alma de orgullo? Acaso pretenderás vivir á espensas de tus amigos?

—Puha! —hizo maese Bates sacando dos ó tres pañuelos de la india y tirándolos revueltos en un armario —Qué vileza! Qué mezquindad!

—Jamás podria hacer tal cosa! —dijo el Camastron finguiendo la mayor repugnancia.