—Basta! —dijo Sikes, parándose en seco á una señal de cabeza de Nancy que le hacia notar la expresion del rostro del judío —No importa el sitio. Se bien que nada podeis hacer sin mi; pero vale mas ponerse en guardia cuando se trata con vos.

—Cómo querais querido, como querais! —repuso el judío mordiéndose los labios —¿Creeis que Tobias Crachit y vos podais lograr el fin sin el concurso de nadie?

—Ciertamente. No necesitamos mas que un berbiqui y un niño. El primero ya le tenemos; en cuanto al otro será preciso encontrarlo.

—Un niño! —esclamó el judío —Oh! entonces será para un postigo alto he?

—Nada os importa. Necesito un niño que no sea demasiado gordo. Ah! Si tuviera solamente el muchacho de Ned el limpia chimeneas me saldria con la mia! Le impedia el engordar espresamente para esto y cuando era ocasion lo alquilaba. Pero el padre se ha dejado pinchar y he aquí que metiéndose por medio la Sociedad de jóvenes delincuentes le dá la humorada de retirar al niño de un oficio en que ganaba tanto dinero, le hace aprender de leer y escribir y por añadidura lo pone de aprendiz! Así obra el mundo! —continuó con indignacion —Así obra el mundo! Y si tuvieran el dinero que les hace falta (á Dios gracias,) el año que viene, no quedarian en el comercio seis muchachos á nuestra disposicion.

—Esta es demasiada verdad! —replicó el judío que absorvido en sus profundas meditaciones no habia cojido mas que las últimas palabras de Sikes. —Guillermo!

—Qué quereis? —preguntó éste.

El judío señaló con su vista á la jóven que la tenia siempre fija en el fuego, para insinuar á Sikes cuan prudente seria que ella se marchára del aposento. Este se encojió de hombros con ademan impaciente, pensando que la precaucion era inútil y acabó por mandar á Nancy que fuera á buscarle una botella de cerveza.

—Tú no quieres cerveza! —esclamó esta cruzando los brazos y no moviéndose de su silla.

—Te digo que quiero! —replicó Sikes.