—Farza! —contestó Nancy friamente —Vaya soltad el pico Fagin! Se lo que vais á decir á Guillermo y yo no estorbo.
El judío insistió de nuevo y Sikes los miró á ambos con asombro.
—Acaso Nancy os dá miedo? —dijo al fin —La conoceis de bastante tiempo para que tengais confianza en ella, ó el Diablo se ha metido de por medio! No creo sea muchacha capaz de bachillerear. ¿No es cierto Nancy?
—Así me lo parece. —contestó la jóven acercándose á la mesa y poniendo sus dos codos sobre de ella.
—No, no querida mia! Estoy bien persuadido de que eres incapaz! —dijo el judío —pero... —y el viejo insistió de nuevo.
—Cómo quedamos? —preguntó Sikes.
—Es que ignoro si está en tan mala disposicion cómo la noche aquella que ya sabeis, Guillermo? —respondió el judío.
Nancy soltó una carcajada y tragándose un vaso de aguardiente meneó la cabeza como mofándose de Fagin. Luego se puso á talarear á toda voz: Seguid siempre vuestro camino buen hombrecillo! No hableis jamás de volveros! —y otras cosas semejantes que parecieron tranquilizar del todo á los dos hombres.
—Vaya Fagin! —dijo Nancy riendo —Dadnos cuenta de vuestras intenciones respecto á Oliverio.
—Ah querida! Eres una mosca muy fina! Eres la jóven mas ladina que conozco! —dijo el judío dándole golpecitos sobre la espalda. —En efecto de Oliverio es de quien quiero hablar! ah! ah! ah!