Habiendo acentuado estas últimas palabras con mucho énfasis, sonrió de una manera horrible, hizo un movimiento de cabeza y salió.
Oliverio al quedar solo repasó, en su imaginacion lo que acababa de oir. Despues de haber reflecsionado largo rato, pensó que el bandido le mandaba á buscar para utilizarle en su casa hasta haber encontrado otro muchacho mas conveniente á sus miras. A pesar de ello, estaba tan acostumbrado á los sufrimientos que cualquiera cambio lo era indiferente. Permaneció sumerjido en sus meditaciones; luego tomando el libro se puso á leerlo. Este libro llevaba por título: Vida, juicio, condena y ejecucion de los grandes criminales. Sus páginas estaban manchadas á fuerza de leidas. Todo eran crímenes, asesinatos horribles, cadáveres ocultos desde largo tiempo y que aparecian á sus asesinos y estos poseidos de espanto corriendo ellos mismos á reclamar el cadalso que debia acabar sus tormentos.
Habia tanta verdad en la descripcion de esos crímenes y el cuadro de ellos era tan fascinador que Oliverio creyó ver las páginas grasicntas del libro convertirse en sangre cuajada y á las palabras que leia, desprenderse en sordos gemidos de la boca propia de las víctimas inmoladas. En un esceso de terror cerró el libro, lo arrojó lejos de sí y cayendo de rodillas pidió á Dios que le evitára tales pensamientos, ó le llamará á él antes de permitir que se manchára jamás con un crímen tan horrible.
Habia concluido su oracion; pero estaba aun arrodillado con la cabeza apoyada entre sus manos cuando un ruido interrumpió su meditacion.
—Qué es esto! —esclamó levantándose y apercibiendo una forma humana en pié cerca la puerta —Quién está ahí? —prosiguió.
—Soy yo! Soy yo! —respondió una voz trémula.
—Oliverio levantó la vela, sobre su cabeza para ver mejor: era Nancy.
—Aparta esa vela! —dijo la jóven volviendo la cabeza —Me hace mal en los ojos.
Vió que estaba sumamente pálida y le preguntó cariñosamente si estaba enferma. Por toda respuesta ella le volvió la espalda y se desplomó sobre una silla retorciéndose las manos.
—Dios! Dios! —esclamó al fin —No pensé en todo esto!