—No os sentís bien? —preguntó Oliverio. —Puedo ser útil para socorreros? Hablad... Todo lo que pueda, lo haré con la mayor satisfaccion.

Nancy se agitó en su silla, llevó sus manos al cuello, exhaló un grito medio ahogado por el exterior y abrió toda la boca para respirar.

—Nancy! —esclamó el niño horrorizado —Que teneis; decidlo!

Esta golpeó con las manos sus rodillas y con los piés el suelo, luego deteniéndose de repente volvió á ajustar el chal sobre sus espaldas titiritando.

Oliverio atizó el fuego. La jóven acercó su silla al hogar y quedó inmóvil algun tiempo sin pronunciar una palabra. Luego levantando la cabeza echó una mirada vaga á su alrededor.

—No se lo que me coje algunas veces. —dijo procurando reparar el desórden, de su traje. —Creo es causa, este aposento súcio y húmedo. ¿Estás pronto Oliverio?

—Acaso voy con vos? —preguntó el niño.

—Si; vengo á buscarte de parte de Guillermo!

—Para qué? —dijo el retrocediendo dos ó tres pasos.

—Para qué? —repuso Nancy levantando sus ojos al techo y bajándolos al suelo al encontrarse su mirada con la del niño —Oh! Para nada malo.