Nancy subió ligeramente con su jóven protejido á un coche de alquiler que les aguardaba. Tiró cuidadosamente las cortinas y el cochero sin esperar que se le diera direccion alguna, acestó un latigazo al caballo, que le hizo correr al trote largo.

La jóven tenia las manos de Oliverio estrechadas entre las suyas y le repetia al oido las mismas seguridades y los mismos avisos que le diera antes. Todo eso fué cosa de tan poco tiempo, que apenas tuvo la satisfaccion de pensar donde estaba y como habia venido cuando el coche se paró ante la misma casa hácia la que el judío habia dirijido sus pasos la noche anterior.

Durante un segundo lo mas, Oliverio lanzó una mirada rápida á lo largo de la calle desierta, é iba á gritar socorro; pero la trémula voz de la jóven vibraba en su oido suplicándole con tanto ahinco tuviera piedad de ella que retuvo el grito que iba á escapársele. Mientras luchaba pasó la ocasion y se encontró dentro la casa despues de haberse cerrado la puerta trás él.

—Por aquí! —dijo al fin la jóven soltando la mano de Oliverio —Guillermo!

—Adelante! —contestó Sikes apareciendo en lo alto de la escalera —Bien venidos! Ea subid!

En un hombre del carácter de Sikes este recibimiento era muy lisonjero para los dos jóvenes. Nancy se lo agradeció sin duda, pues le saludó cordialmente.

—El perro ha salido con Tomás. —dijo Sikes adelantando la luz para alumbrarles —Nada importaba su presencia aquí para lo que tenemos que hablar.

—Está bien! —contestó Nancy.

—Con qué traes decididamente al lindo cabrito?

—Ya lo ves!