—Lo ves? —continuó el bandido apretando fuertemente el brazo de Oliverio y poniéndole la boca del cañon de la pistola tan cerca de la cien, que éste no pudo contener un grito agudo. —Si tienes la desgracia de pronunciar una sola espresion cuando estemos fuera á menos que yo no te dirija la palabra, te levanto la tapa de lo sesos sin prevenirte. Con que, dado caso que tengas la tentacion de hablar sin mi permiso, puedes antes rezar tu última plegaria.
Habiendo acompañado esta amenaza con un juramento horrible (sin duda para aumentar el efecto) añadió:
—Como segun tengo entendido nadie se inquietará por tí despues de tu muerte, no creo necesario romperme la cabeza esplicándote un monton de cosas,... que por otra parte nada importan para tu bien. Entiendes?
—Poco mas ó menos lo que tu quieres indicar (dijo Nancy con énfasis para llamar la atencion de Oliverio.) es, que si en el asunto que te ocupa actualmente, tuvieras un retardo ó contrariedad por causa de ese niño, le sabrás impedir que bachillerée en el porvenir, rompiéndole la cabeza y exponiendo de este modo la tuya como lo haces en cada dia de tu vida.
—Esto es. —dijo Sikes en señal de aprobacion —Las mugeres tienen un tacto magnífico para esplicar las cosas escepto cuando tienen la cabeza caliente... Entonces no acaban nunca... Ahora que ya sabe lo que quiere decir hablar; no seria malo que nos dieras algo con que cenar, para que tengamos tiempo de echar un sueño antes de partir.
En consecuencia de esta observacion, Nancy puso los manteles y habiéndose ausentado algunos momentos volvió á entrar con una botella de cerveza y un plato de cabeza de carnero, el cual dió pié á una serie de reflecsiones lisonjeras por parte de Sikes que estimulado sin duda por la seductora perspectiva de una nueva espedicion, se coló toda la cerveza de un solo trago y no juró mas que un centenar de veces mientras estuvieron en la mesa.
Concluida la cena (se comprenderá fácilmente que Oliverio no tenia gran apetito) Sikes despues de haberse bebido dos vasos de grog se tendió en su cama recomendando á Nancy que le dispertára á las cinco en punto, dado caso de que todavia durmiera. Oliverio en cumplimiento de una órden emanada del mismo jefe, se echó vestido sobre un jergon tendido en el suelo y la jóven, habiendo atizado el fuego se sentó ante la chimenea hasta que llegára la hora de dispertarles.
El niño permaneció largo tiempo con los ojos abiertos pensando no seria imposible que esta buscase ocasion para hablarle al oido; pero permaneció inmóvil en su silla y solo se volvió alguna vez para despavilar la vela. Al fin rendido de fatiga se durmió profundamente.
Al dispertar, la tetera y las tazas estaban sobre la mesa y Sikes se hallaba ocupado en meter diversos objetos en los bolsillos de su redingote colgado en el respaldo de una silla, mientras que Nancy preparaba el desayuno. No era dia, porque la vela aun estaba ardiendo. Una lluvia penetrante chocaba contra los vidrios y el cielo estaba cubierto de nubes negras y espesas.
—Vaya! —refunfuñó Sikes mientras Oliverio se levantaba —Ya son las cinco y media! Despacha pronto si quieres desayunarte! Aunque no lo parezca, nos hemos retardado!