Oliverio no estuvo mucho tiempo para arreglar su tocado y habiéndose desayunado un poco, dijo que estaba listo. Nancy sin mirarle apenas, le puso un pañuelo al rededor de su cuello y Sikes le dió una esclavina vieja para que tuviera las espaldas calientes.
El niño, al llegar al lindar de la puerta se volvió con la esperanza de encontrar la mirada de la jóven; pero esta habia vuelto á tomar su silla ante el fuego y estaba sentada en ella en un estado de inmovilidad completa.
CAPÍTULO XXI.
ESPEDICION.
SALIERON en una mañana sombria y glacial. La lluvia caía á torrentes y habia grandes charcos de agua en medio del camino. Nadie se habia levantado aun, las ventanas estaban cerradas y las calles continuaban tristes y silenciosas. De tanto en tanto se oia el ruido de algunas carretas que se dirijian á la ciudad. A medida que se acercaron á los arrabales el ruido aumentó y cuando llegaron á Smithfield, el era ya un tumulto aturrullador. Hacia entonces dia claro y la mitad de Lóndres estaba en pié. La plaza cubierta de barro por ser dia de mercado, estaba llena de animales, de cuyes cuerpos se elevaba un humo espeso que mezclándose con la niebla, permanecia suspendido pesadamente en la atmósfera. Menestrales, carniceros, vaqueros, niños, ladrones y vagos, confundidos en tropel presentaban una escena capaz de hacer perder la razon.
Sikes arrastraba Oliverio á su lado y se abria paso al través de la multitud sin parar casi la atencion á todo lo que asombraba tanto al niño. Solo respondia con un movimiento de cabeza amistoso á los que le dirijian la palabra, rehusó hacer trago cada vez que se le ofrecia y ando con celeridad hasta que estuvieron fuera del barullo y hubieron llegado á Holborn.
—Ea tu nene; son ya cerca las siete! —dijo con acento regañon, mirando el cuadrante de la iglesia de San Andrés —Es preciso alargar mas ese trote! No empieces por quedarte atrás mal potrillo!
Esto diciendo sacudia el brazo del niño que doblando el paso, arregló su marcha todo lo que pudo con las largas zancadas del bandido.
Asi andaron hasta que hubieron pasado Hyde-Park en la carretera de Kensington. Entonces Sikes aflojó el paso para dar tiempo que los alcanzara una carreta vacía que venia detrás de ellos y habiendo visto sobre la plancha Hownslow, pidió al carretero con toda la cortesia de que era capaz, que les dejára subir hasta Isleworth.
—Subid! —dijo el hombre —Este mozuelo es hijo vuestro?