—Si... es mi hijo! —respondió Sikes lanzando una mirada amenazadora al niño y metiendo la mano como por distraccion en la faltriquera que contenia la pistola.
—Tu padre anda demasiado aprisa para ti; no es verdad chicuelo? —dijo el carretero observando que Oliverio estaba sofocado.
—Os engañais! —replicó Sikes —Esta ya acostumbrado á ello! Vaya, dame la mano Eduardo... sube pronto!
Mientras decia esto ayudó al niño á subir y el carretero enseñandole un monton de sacos, le dijo se hechara encima de ellos para descansar.
Cada vez que pasaban por frente un mojon, Oliverio esperimentaba nuevo asombro, calculando donde se proponia llevarle su compañero. Kensington, Hammersmith, Chiswich Kewbridge, Brentfort, habian quedado ya muy lejos trás de ellos y marchaban siempre como si acabaran de ponerse en camino.
Al fin llegaron á una posada en cuya muestra se leia: «La diligencia y los caballos.» Mas allá de ella empezaba el empalme de otra carretera. Aqui la carreta se detuvo, Sikes bajó de ella precipitadamente teniendo á Oliverio cojido de la maño y habiéndole hecho bajar tambien á él, le lanzó una mirada furiosa, llevando la mano á su faltriquera de un modo muy espresivo.
—Hasta mas ver muchacho! —dijo el hombre.
—Está de mal humor! —contestó Sikes maltratando al niño. —Está de muy mal humor ese pequeño topo! No hagais caso... partid!
—Y porque, pobrecito! —dijo el otro subiendo á su carreta —El tiempo parece que se pone bueno. —añadió alejándose —Feliz viaje!
Sikes esperó que estuviera algo lejos y luego torcieron á la izquierda. Andaron largo tiempo pasando por delante un gran número de jardines, llegaron á Hampton y habiendo atravesado este pueblo, entraron en una taberna de ruin apariencia, donde se hicieron servir la comida en el hogar de la cocina.