—Vaya! eso no puede ir ¿entendeis? —prosiguió el menestral con una gravedad ridícula.

—Por qué? —repuso Sikes —Vos nos haceis un obsequio y no veo lo que pueda impedirme que os pague dos pintas de cerveza.

Aquel pareció reflecsionar profundamente y luego tomándole de la mano le declaró que era un buen muchacho, á lo que contestó Sikes, que sin duda se burlaba. (lo que cualquiera hubiera estado tentado de creer, por poco que el hombre hubiese conservado su sangre fria.)

Despues de algunas palabras corteses entre ambos, se despidieron de la compañia y la criada habiendo quitado los jarros y los vasos que estaban sobre la mesa, se vino con las manos llenas al lindar de la puerta para verlos partir.

El caballo, á la salud del cual se habia bebido poco antes esperaba con la mayor paciencia ante la dicha puerta. Oliverio y Sikes sin mas ceremonias subieron á la carreta en que estaba enganchado, y el hombre despues de haber arreglado los guiones y desafiado á los espectadores, á que encontraran en el mundo otra bestia semejante subió á su vez.

Habiendo conducido el mozo de la posada el caballo al medio de la carretera y soltando la brida, este empezó á hacer un pésimo uso de la libertad que se le habia dado, corriendo al través de la calle y danzando de lo lindo con los piés traseros... Al fin y al cabo partió al galope.

La noche estaba obscura; una niebla húmeda se elevaba de los pantanos que rodean el rio; hacia un frio glacial; todo estaba sombrio y silencioso. Oliverio acurrucado en un rincon, era taladrado por el miedo. Al fin dejaron la carreta y habiendo emprendido de nuevo la marcha al través de los campos se encontraron en la ribera del rio.

—El rio! (pensó Oliverio enfermo de espanto.) Sin duda me ha llevado á este lugar desierto para asesinarme!

Iba á echarse en tierra y hacer el último esfuerzo para defender su vida, cuando notó que estaban delante de una casa arruinada. A cada lado de la puerta habia una ventana y el edificio no tenia mas que un piso. Segun toda apariencia estaba inhabitada, porque no se veia luz.

Sikes teniendo siempre á Oliverio por la mano se adelantó con cautela hácia la casucha y puso la mano al pestillo que cedió con la presion. La puerta se abrió y ambos entraron.