Este fué á entreabrir la puerta y volvió diciendo que por afuera todo estaba tranquilo. Los dos bandidos salieron con Oliverio entre ellos y Barney habiendo cerrado otra vez la puerta con los cerrojos, se arropó y volvió pronto á dormirse.

La obscuridad era completa; la niebla mucho mas espesa que al empezar la noche. La atmósfera estaba tan húmeda, que si bien no llovia los cabellos y las cejas de Oliverio quedaron mojados en menos de un instante. Pasaron el puente y parecieron dirijirse hácia las luces que antes habia visto. No estaban ya lejos de ellas y como marchaban muy aprisa pronto llegaron á Chertsey.

—Atravesarémos la poblacion! —dijo Sikes en voz baja —A esta hora no hay nadie en las calles.

Tobias accedió en ello y enfilaron la calle mayor, que en hora tan adelantada de la noche estaba del todo desierta. Una luz debil aparecia acá y acullá en algunas ventanas y el ladrido de los perros interrumpió de vez en cuando el silencio de la noche. Cuando hubieron pasado las últimas casas sonaron las dos en el reló de la Iglesia. Entonces doblando el paso tomaron un camino á la derecha y despues de cerca cinco minutos de marcha se pararon frente de una casa aislada, rodeada de un muro, al que en un abrir y cerrar de ojos se encaramó Tobias.

—Pronto; el niño! —dijo —Hízamelo.. yo lo recibiré!

Antes que Oliverio tuviera el placer de dar un suspiro de desahogo, Sikes lo habia cojido por debajo el brazo y en el propio momento Tobias y él estaban sobre el prado del otro lado. Sikes no tardó en seguirles y se dirijieron hácia la casa.

Esta fué la primera vez que Oliverio casi loco de tristeza y de angustia, comprendió que el robo y la fractura (sino el asesinato) eran el objeto de su espedicion. Plegó las manos involuntariamente y lanzó un grito de terror; sus ojos se nublaron, un sudor frio corrió por todo su cuerpo, las piernas le flaquearon y cayó de rodillas.

—Levántate! —refunfuñó Sikes trémulo de cólera y sacando la pistola de su faltriquera —Levántate ó te hago saltar la tapa de los sesos!

—Oh! por el amor de Dios dejadme ir! —esclamó Oliverio —Dejadme marchar y morir en medio de los campos! Jamás me acercaré á Lóndres! jamás, jamás! Oh! os lo suplico! tened piedad de mi y no me obligueis á robar! Por el amor de todos los santos que están en el cielo; tened piedad de mi!

El hombre á quien fué dirijida esta súplica arrojó un juramento horrible, habia amartillado su pistola... cuando Tobias arrancándosela, puso su mano sobre la boca del niño y lo arrastró hácia la casa.