—Oh Señora! Son animales muy dulces y muy caseros.

—Es muy cierto! —prosiguió la señora con entusiásmo —Son tan amantes de la casa, que es una gloria el tenerlos.

—Señora Corney! —dijo Mr. Bumble con tono doctoral marcando el compás con su cuchara —Tened bien entendido que un animal cualquiera que el sea que viviera con vos y no fuera amante de la casa, seria necesariamente un asno.

—Oh! Señor Bumble! —hizo la matrona.

—Es imposible disfrazar la verdad! —continuó Mr. Bumble agitando su cuchara con una amorosa dignidad que daba mayor fuerza á sus palabras —Si pudiera, yo mismo la negaria con satisfaccion!

—Entonces sois un cruel! —repuso vivamente la matrona alargando el brazo para tomar la taza del pertiguero —Es necesario que tengais el corazon muy duro!

—El corazon duro! —replicó Bumble —El corazon duro! —Diciendo esto alargó su taza á la Señora Corney, oprimió su dedo meñique en el acto de tomarla y llevando su mano al chaleco galonado exhaló un profundo suspiro y retrocedió su silla.

Como la mesa era redonda y la matrona y el pertiguero estaban sentados ante la chimenea frente por frente, será fácil comprender que alejándose del fuego sin apartarse de la mesa, Mr. Bumble aumentaba la distancia entre la Señora Corney y él; comportamiento que no dejará de admirar el lector considerándolo como un acto de heroismo por parte de Mr. Bumble que hasta cierto punto era tentado por la hora, el sitio y la ocasion de recitar esas dulces insustancialidades, que aun que convenientes en los labios de un atolondrado, están muy lejos de la dignidad de un magistrado, de un miembro del parlamento, de un ministro de Estado de un Lord-corregidor, ó cualquiera otro funcionario público y con mayoria de razon, de un pertiguero, que como nadie ignora de todos los hombres constituidos en dignidad es el mas severo y el mas inflecsible.

Con todo fuera cual fuera la intencion del pertiguero (y no debe dudarse, que era de las mejores.) la desgracia hizo que siendo la mesa redonda cuanto mas se apartaba Mr. Bumble de la chimenea mas disminuia poco á poco la distancia que le separaba de la matrona de modo que á fuerza de viajar por este estilo al rededor de aquella, acabó por encontrarse pegado al lado de la Señora Corney. En efecto las dos sillas se tocaron y entonces Mr. Bumble se paró.

Si la Señora Corney se hubiese escurrido hácia la derecha, indudablemente hubiera caido en el fuego; por poco movimiento que hubiera hecho hácia la izquierda, se encontraba en los brazos del pertiguero: he aquí porque como muger sábia y prudente, que, prevé de ante mano los resultados, se mantuvo quieta en su sitio y ofreció una segunda taza de thé á Mr. Bumble.