—El corazon doro señora Corney! —prosiguió este sorbiendo su thé y mirando fijamente á la matrona. —¿Teneis vos el corazon duro señora Corney?

—Cielos! —esclamó esta. —Vaya una pícara pregunta por parte de un celibatario! ¿Qué me preguntais Señor Bumble?

El pertiguero bebió su thé hasta la última gota, concluyó su tostada, sacudió las migas que tenia sobre sus rodillas, enjugó sus labios y sin mas ceremonia abrazó á la matrona.

—Señor Bumble! —balbuceó esta en voz baja; pues fué tan grande su espanto que perdió enteramente el uso del habla. —Señor Bumble! voy... a... gri... tar!

El pertiguero, la dejó decir y sin pronunciar una sola palabra, pasó amorosamente su brazo al rededor de la cintura de la señora.

Despues de la amenaza que ésta hiciera de gritar, este nuevo acto de audácia del pertiguero, debia escitarla mas y probablemente, iba á efectuarlo cuando llamaron réciamente á la puerta del aposento.

Mr. Bumble, abalanzándose entonces hácia la cómoda con la rápidez del rayo se puso á arreglar las botellas con gran seriedad mientras que la matrona gritó vivamente.

—Quién va ahí?

Fué cosa digna de atencion, come prueba del poder físico de la sorepresa sobre el miedo que la voz de la Señora Corney recobró instantáneamente su aspereza ordinaria.

—Mil perdones Señora nuestra! —dijo una anciana pobre, entreabriendo la puerta y enseñando su fea cabeza. —La vieja Sally se muere.