—Y qué me importa á mi? —esclamó bruscamente la matrona. —Puedo yo algo en ello?
—Oh! no señora nuestra! Bien seguro que no! —replicó la pobre —Nadie puede nada... A mas que no queda esperanza! He visto morir tantas (grandes y pequeñas.) que conozco cuando no hay ya remedio! Pero tiene algo que la atormenta y en sus momentos lucidos que son muy raros (porque acaba como una vela.) dice que tiene alguna cosa que comunicaros y que es necesario sepais. Señora nuestra no morirá tranquila hasta que vengais...
A esta noticia la digna matrona murmuró una multitud de invectivas contra las viejas pobres que ni siquiera podian morir sin incomodar á propósito sus superiores y envolviéndose en un chal tupido que se echó de prisa sobre sus espaldas, suplicó á Monsieur Bumble que se esperára hasta su vuelta para el caso que sucediera algo estraordinario. En esto habiendo mandado á la vieja que fuera adelante y no le hiciera pasar la noche en la escalera, la siguió de mal talante; refunfuñando todo el trecho del camino.
Mr. Bumble solo y entregado á si mismo, emprendió una tarea estraña. Abrió la alacena, contó las cucharitas para el thé, probó el peso de las pinzas del azucarero, examinó un jarro pequeño para leche con el fin de asegurarse de que realmente eran de plata y cuando hubo satisfecho su curiosidad sobre este punto se puso el sombrero bastante ladeado por la parte derecha y dió cuatro veces la vuelta á la mesa bailando gravemente de puntillas.
Despues de haberse entregado á tan ridículo ejercicio, volvió el tricornio sobre la silla y pavoneándose ante la chimenea, la espalda vuelta al fuego pareció ocupado mentalmente en hacer el inventario de los muebles.
CAPÍTULO XXV.
DETALLES OBSCUROS EN APARIENCIA; PERO QUE NO DEJA DE SER DE ALGUNA IMPORTANCIA EN ESTA HISTORIA.
LA que habia venido á turbar la calma y la paz que reinaban en el aposento de la matrona, era realmente una mensagera de muerte; su cuerpo estaba encorvado por la edad, sus miembros paralíticos temblaban contínuamente, su marcha era lenta y la fijeza de sus ojos, la espresion horrible de su fisonomía y el movimiento convulsivo de sus labios, le daban mas bien la apariencia de un retrato grotesco que la de una obra de la creacion.
La vieja subió la escalera vacilando y frotó lo mejor que pudo por lo largo de los corredores barbullando algunas palabras ininteligibles en respuesta á las reprimendas de su compañera. Al fin obligada á detenerse para respirar entregó su luz á ésta y siguió aun cojeando mientras que la matrona, mas ágil se fué en derechura al aposento de la moribunda.
Era este una miserable guardilla iluminada por la pálida luz de una lámpara. Una vieja de la casa estaba sentada á la cabecera de la enferma y el aprendiz del farmacéutico de la parroquia en pié ante la chimenea, se entretenia en hacer un mondadientes de un cañon de pluma.