—El nombre del niño? —preguntó la comadre.
—Le llamaban Oliverio —respondió la moribunda con voz débil —El oro que he robado era...
—Oh! sí, sí... que era? —esclamó vivamente la matrona.
En el momento en que se encorvaba con ansiedad para recibir la respuesta de la agonizante, esta volvió lentamente y con tirantez á su primera posicion y empuñando con ambas manos el cobertor de la cama barbulló con voz gutural, algunas palabras ininteligibles y cayó sin vida sobre la almohada.
—Muerta ya! —dijo una de las dos viejas entrando precipitadamente luego que la puerta fué abierla...
—Y sin haberle sacado una palabra! —añadió la comadre yéndose.
CAPÍTULO XXVI.
AUN FAGIN Y COMPAÑIA.
MIENTRAS estos acontecimientos tenian lugar en la casa de Caridad, en cuestion. Mr. Fagin se hallaba en su vieja guarida (la misma que Oliverio habia dejado en compañia de Nancy.) sentado ante la chimenea y teniendo sobre sus rodillas un fuelle con el que sin duda habia procurado avivar el fuego, cuyo humo se esparcia por todo el aposento, con tufo sofocante. Sus codos sobre el fuelle y su cara apoyada sobre sus muñecas, miraba el hogar con aire distraido y parecia sumergido en profunda reflecsion.
En una mesa detrás de él, Cárlos Bates, Monsieur Chitling y el Camastron hacian una partida de wist, el último solo contra los otros dos. Su fisonomía expresiva siempre, se hizo todavia mas chocante por la seriedad con que estudiaba la partida y los vistazos que lanzaba de cuando en cuando, segun se presentaba la ocasion sobre las cartas de Monsieur Chitling, arreglando sábiamente su juego al tenor de las observaciones que habia hecho sobre el de este último. Como hacia frio, (segun su costumbre) tenia puesto su sombrero. Apretaba entre los dientes una pipa de barro que no dejaba sino cuando juzgaba necesario recurrir á una medida de cobre colocada sobre la mesa y que de ante mano habia sido llenada de grog para el bien de la compañia.