Maese Bates prestaba tambien mucha atencion á su juego; pero siendo de un carácter mucho mas jocoso que su incomparable amigo, recurrió mas á menudo á la medida de cobre y de consiguiente se permitió ciertas graciosidades y ciertas observaciones, del todo intempestivas, que de ningun modo convienen á un buen jugador, especialmente en el juego, de wist, que ecsije silencio y atencion. En vano el Camastron usando del derecho que le daba su intimidad para con él, le reprochó mas de una vez la inconveniencia de su conducta; Maese Bates se rió de él (y para servirme de su espresion) lo envió á paseo y por sus reincidencias tan vivas como espirituales, exitó en el mas alto grado la admiracion de Mr. Chitling.
Lo mas asombroso es que este último y su pareja perdian siempre y que esta circunstancia lejos de enfadar á maese Bates parecia divertirle infinito pues que reia á carcajadas al fin de cada partida asegurando que en su vida ni en sus dias, se habia divertido tanto.
Al diablo las cartas! —dijo Chitling, con acento irritado sacando del bolsillo de su chaleco una media corona —Vaya una suerte insolente la que tienes Jac. Nos ganarias hasta el último sueldo... Por bueno que tengamos el juego Cárlos y yo, siempre perdemos!
A tal observacion hecha con tono lamentable, Bates soltó una carcajada que sacó al judío de sus reflecsiones y preguntó que sucedia.
—Señor Fagin! —esclamó Cárlos —Quisiera, que hubiereis podido ver el juego... Tomás Chitling no ha hecho un solo punto y yo era su pareja contra el Camastron.
—Ah! ah! —dijo el judío sonriendo de un modo que daba á comprender que no ignoraba la causa —Toma tu revancha Tom.. toma tu revancha!
—No Fagin; gracias. No quiero mas juego... El Camastron tiene una ventaja que no se puede resistir.
—Ah! ah! querido! —repuso el judío... Es preciso levantarse muy de mañana para poder ganar al Camastron.
—Levantarse muy de mañana? —esclamó Cárlos Bates. —No basta el levantarse de mañana! Es preciso que os pongais las botas en la víspera, tener un doble telescopio y unos anteojos entre vuestras dos espaldas si quereis lograr tal cosa.
Mr. Dawkins recibió este elogio lisongero con la mayor modestia y prometió decir al primer venido por la sencilla retribucion de un Sheling cada vez, la carta que éste hubiere pensado. Como nadie aceptó el desafio y su pipa estaba ya apagada, se divirtió en trazar el plano de la prision de Newgate con el lapiz que le habia servido para apuntar el juego silvando entre tanto de una manera muy particular.