—Viene solo? —esclamó éste.
El Camastron hizo un movimiento de cabeza afirmativo y poniendo su mano ante la luz indicó á Cárlos que haria muy bien en detener su loca alegria por un cuarto de hora; luego fijó la vista en el judío como para esperar sus órdenes.
El viejo llevó sus dedos violados á la boca y reflecsionó un momento. Los músculos de su rostro parecian rudamente contraidos todo este tiempo como si sospechára alguna desgracia y temiera saberla. Al fin levantó la cabeza.
—Dónde se halla? —preguntó al Camastron.
—Este señaló con el dedo el piso superior y se disponia á dejar el aposento.
—Sí! —dijo el judío adivinando la pregunta —Díle que baje. Silencio! Cállete tu Cárlos! Poco á poco Tom! Amigos mios pasad á vuestro cuarto! Dejadnos solos!
Cárlos y Chitling se retiraron sin hacer el menor ruido. Un profundo silencio reinaba en el aposento cuando el Camastron bajó la escalera llevando la luz y seguido de un hombre vestido de blusa, quien despues de haber lanzado una rápida ojeada á su alrededor desató una red de lana que le envolvia toda la parte inferior del rostro y dejó ver la fisonomia del flamante Tobias Crachit pálido hosco y horriblemente fatigado.
—¿Cómo vamos Fagin? —dijo el jóven elegante, haciendo una señal de cabeza al judío. —Tu Camastron mete esta red dentro mi castor para que lo encuentre cuando me iré... Aquí... esto es! Serás algun dia un famoso hurraca y valdrás algo mas que los antiguos.
Esto diciendo levantó su blusa y la arrolló en su cintura; luego acercó una silla al fuego y puso sus piés sobre el guarda cenizas.
—Mirad Fagin! —dijo con tono lastimero, señalando con el dedo sus botas llenas de barro. Ni una sola gota de lustre desde que sabeis! Vaya no me mireis así! Cada cosa á su tiempo. Me es imposible hablar de negocios antes de comer un bocado. Con que poned el rancho sobre la mesa. —Van ya tres dias que no me ha pasado nada por el gaznate.