—No; hoy no traigo nada. —dijo el judío marchándose.

—Decid Fagin; os vais á la muestra de los tres cojos? —gritó el hombrecillo —No me dejaria tirar de la oreja para venir si estuvierais dispuesto á pagar algo.

Pero como el judío volviéndose le hizo con la mano señal de que queria estar solo en la posada de los tres cojos, se vió esta vez privada del honor de poseer á Mr. Sively.

La posada de los tres cojos, ó simplemente llamada de Los cojos, por sus parroquianos era cabalmente la misma en que Sikes y su perro han figurado ya. Fagin subió la escalera haciendo únicamente una seña al hombre que estaba sentado en el mostrador, abrió la puerta de un aposento se introdujo en él con cautela y miró con ademan inquieto á su alrededor, poniendo la mano frente sus ojos como si buscara á alguien.

Este aposento estaba alumbrado por dos mecheros de gas cuya luz resplandeciente era interceptada al exterior, por postigos, sujetos con una barra de hierro y por espesos cortinajes de un encarnado deslucido. El sitio estaba tan lleno de un humo espeso de tabaco, que casi nada se distinguia. Sin embargo habiéndose disipado poco á poco, al través de la puerta que habia quedado entreabierta, permitió ver una reunion de cabezas tan confusa como el ruido de las voces, y á medida que el ojo se acostumbraba á la escena, el espectador hubiera podido tambien descubrir una sociedad numerosa de hombres y mujeres sentados al rededor de una mesa larga, al estremo de la cual estaba el presidente, con su martillo de órden en la mano, mientras que un artista de nariz azulada y llevando el rostro envuelto en un pañuelo, por causa de un dolor de muelas, permanecia ante un mal piano colocado en el rincon mas retirado del aposento.

Fagin poco susceptible á las emociones fuertes, pasó revista uno despues de otro á todos aquellos rostros sin encontrar al que buscaba. Habiendo al fin logrado atraerse la mirada del hombre que ocupaba el estremo de la mesa le hizo una ligera señal de cabeza y se retiró con la misma cautela con que habia entrado.

—Señor Fagin en que podemos serviros? —preguntó el hombre que lo habia seguido hasta la meseta —No quereis ser de los nuestros? Estarán muy gozosos de veros.

El judío sacudió la cabeza con ademan de impaciencia y preguntó en voz baja: —Está aquí?

—No. —respondió el hombre.

—Y no teneis noticias de Barney.