La Señora Corney intentó por dos veces hablar y por dos veces la palabra espiró en sus lábios. Al fin armándose de valor arrojó sus brazos al rededor del cuello de Mr. Bumble y dijo que eso seria cuando él quisiera y que era un ser irresistible.
Asi arregladas las cosas amistosamente y con satisfaccion de ambas partes, el convento fué rectificado solemnemente, con otra taza de menta que la agitacion de la señora habia hecho necesaria. Durante este tiempo ésta participó á Mr. Bumble la muerte de la vieja.
—Muy bien! —dijo el pertiguero saboreando su licor. —Voy á pasar á mi regreso por casa Lowerberry y le diré que mañana por la mañana se llegue acá —Es esto lo que os ha espantado hermosa mia?
—Querido mio, en ello no ha habido nada de extraordinario! —dijo la señora con tono evasivo.
—Sin embargo es indispensable que haya habido algo —replicó el pertiguero. —No quereis decirlo á vuestro Bumble?
—Ahora no; —repuso la señora. —uno de estos dias... cuando estarémos casados.
—Cuando estarémos casados! —esclamó Mr. Bumble —Acaso seria una imprudencia de esos audaces pobres?
—No, no, querido mio! —contestó súbitamente la matrona.
—Si creyera tal! —prosiguió Mr. Bumble —si creyera que uno de esos atrevidos hubiese osado levantar sus ojos vulgares sobre este noble rostro.
—No se hubieran atrevido perrillo mio! —replicó la Señora.