—Obrarán santamente —dijo Mr. Bumble cerrando los puños. —Que vea yo á un hombre, cualquiera que el sea parroquial ó extra-parroquial, ser presuntuoso para ello y puedo muy bien asegurarle que no lo intentára por segunda vez.
Sin gesticulacion ni sin vehemencia, esta amenaza tal vez hubiera producido pésimo efecto en el ánimo de la señora Corney; pero, como las palabras del pertiguero fueron acompañadas de gestos guerreros esta Señora quedó profundamente afectada de tal prueba de afeccion y altamente admirada esclamó que era un verdadero tortolillo.
Entonces el tortolillo levantó el cuello de su leviton y habiendo enviado con su futura mitad, un robusto beso desafió de nuevo el viento y el frio, no sin, detenerse antes algunos instantes en el patio de los pobres (el de los hombres bien entendido.) para brutalizarles un poco con el solo fin, de ensayar si podria llenar con toda la severidad debida la plaza de director de la casa de la Caridad.
Adquirida la certidumbre de que poseia para ello todas las cualidades requeridas dejó el establecimiento con el corazon alegre y lleno de esperanza y la brillante perspectiva de su futuro ascenso ocupó su alma hasta que hubo llegado ante la tienda del empresario de los entierros.
Como el Señor y la Señora Sowerberry habian ido á pasar la velada en alguna parte, Noé Claypole que jamás se hallaba dispuesto para hacer mas ejercicio que el que se necesita para beber y comer, no habia aun cerrado la tienda á pesar de que la hora de cerrarla ordinariamente, hacia largo tiempo que habia sonado. Mr. Bumble golpeó con su baston sobre el mostrador repetidas veces; pero no obteniendo respuesta y viendo luz á través de la ventana de la trastienda, se tomó la libertad de mirar, para ver lo que aeontecia y cuando hubo visto lo que acontecía, no quedó poco sorprendido.
Los manteles estaban puestos para cenar y la mesa se hallaba cubierta de pan, manteca, platos, vasos, un jarro lleno de porten y una botella de vino. Al cabo de la mesa Noé Claypole se pavoneaba en un sillon. A su lado estaba Carlota tomando de un pequeño tonel, ostras que abria y que el susodicho jóven tragaba con una avidez notable. Un encarnado, algo mas subido que de lo ordinario en la punta de su nariz y cierto pestañeo en su ojo derecho anunciaban bastante claro, que estaba un si es ó no es calamucano.
—Hé ahí una de bien gorda y que parece muy deliciosa —dijo Carlota —Gustadla Noé! Vamos no mas que esta!
—Qué cosa tan deliciosa es una ostra! dijo maese Claypole despues de haberla engullido. —Lástima, que el comer demasiado de esto, pueda hacer daño! ¿no es cierto Carlota?
—Es una cosa inaudita! dijo esta.
—Sin duda; es una verdadera crueldad —repuso Claypole— No os gustan á vos las ostras Carlota?