—Silencio! —gritó el pertiguero con ademan severo —Señorita bajad á vuestra cocina! Vos Noé cerrad la tienda y no desplegueis el lábio hasta que regrese vuestro amo y cuando esté de vuelta le direis que mañana por la mañana envie un ataud para una vieja de la Casa de Caridad! Lo entendeis caballero! Abrazar! Qué horror! —esclamó levantando sus manos al cielo.
Esto diciendo el pertiguero salió gravemente de la tienda del empresario.
CAPÍTULO XXIX.
CARÁCTER DE LOS COMENSALES DE LA CASA EN QUE SE ENCUENTRA OLIVERIO. —LO QUE PIENSAN DE ÉL.
EN una sala bonita, cuyo mueblaje anunciaba mas la moda y el bienestar de los buenos tiempos de antaño que el lujo y la elegancia de nuestros dias, dos señoras sentadas á una mesa estaban almorzando. Mr. Giles en traje completamente negro, las servia y se habia colocado á una distancia cuasi igual de la mesa y del aparador; el cuerpo tieso, la cabeza alta y algo inclinada sobre una espalda con la pierna izquierda adelantada y la mano derecha en la faltriquera de su chaleco mientras que la izquierda sosteniendo un plato, pendia á su lado, tenia el talante de un hombre confiado en su propio mérito y convenido por el sentimiento interior de su importancia.
La una de las señoras era de edad y bastante adelantada, y con todo se mantenia tan erguida como el elevado respaldo de su sillon de encina. Reinaba en toda su persona un aspecto de benévola dignidad. Teniendo las manos plegadas y puestas sobre el borde de la mesa fijó en su jóven compañera unos ojos que conservaban aun toda la viveza de la juventud.
La otra (la mas jóven) estaba en la flor de la primavera de la vida; en esa edad dichosa en que si alguna vez para nuestro bien place á Dios enviar á la tierra ángeles bajo la figura de mortales sin duda los reviste de una forma como la suya. No tenia mas que diez y siete años.
Levantando casualmente la vista en el momento en que la Señora la contemplaba en silencio, arrojó á la espalda, sus cabellos que tenia sencillamente trenzados sobre su frente y habia en su mirada tanta dulzura y tanto candor que al verla era imposible no amarla.
La Señora sonrió; pero su corazon estaba lleno de amargura, y al propio tiempo enjugó una lágrima.
—Hace mas de una hora que Brittles ha partido ¿no es cierto? —preguntó despues de un momento de silencio.